El Cartero Capítulo 12. Hola, me llamo #4
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Capítulo 12. Hola, me llamo #4

—Vino unas cuantas veces. Desde el verano. Se sentaba con Abena. —Me miró por fin—. Y una vez habló.

—¿Habló?

—Compartió. Así lo llamamos. Se levantó y dijo su nombre, «Me llamo Tom», y contó su historia. Solo una vez, en septiembre, me acuerdo porque era el día que yo cumplía cinco años sin beber y me habían hecho un pastel. —Se le torció la boca—. Me fastidió el pastel.

Esperé. Un autobús pasó por Roundhay Road levantando una ola de agua sucia hasta la acera.

—Contó que empezó a beber a los veinte años —dijo Pauline—.

Una noche de otoño. Que había querido a una chica cuando era joven.

Mucho. Que llevaba un año entero queriéndola sin decírselo, escribiéndole, cuidándola, esperando el momento.

Y que ella se fue con otro. Con un chico que no la merecía, uno que apareció de la nada y se la quitó en dos meses.

—Pauline dio una calada larga—. Dijo eso: «se la quitó».

Como si fuera una cosa. Y que esa misma noche se compró la primera botella y no la soltó en veinte años.

Que el otro le había robado la vida que tenía que haber sido suya. Que lo había perdonado todo menos eso.

No me moví.

No noté el frío. No noté la lluvia que me salpicaba los zapatos. Noté solo una cosa muy pequeña y muy concreta: los dedos de la mano derecha, que se habían quedado quietos dentro del bolsillo, contra el muslo, de golpe, como se para un reloj.

—Lo contó llorando —dijo Pauline—. Nunca he visto llorar así a un hombre de su edad.

La sala entera se quedó tiesa. Al final la gente aplaudió y le dio abrazos.

Abena le dio un abrazo. Yo no. —Tiró el cigarrillo al charco, que lo apagó con un siseo—.

Llevo muchos años entrando y saliendo de estas salas, y he oído mil historias.

Las de verdad se cuentan mal, cariño. Se cuentan a trozos, desordenadas, con vergüenza, con cosas que no vienen a cuento.

Esa estaba demasiado bien contada. Parecía que la había ensayado delante del espejo.

—¿Dijo cómo se llamaba la chica? ¿Dónde fue? ¿Cuándo?

—No. Aquí no se dicen esas cosas. —Se subió la cremallera del anorak hasta la barbilla—. Solo dijo que era otoño. Y que el chico que se la quitó era un crío de dieciocho años.

Se metió las manos en los bolsillos, bajó los escalones bajo la lluvia, y se fue andando por Roundhay Road hacia el centro, con las zapatillas blancas chapoteando en los charcos, sin paraguas, sin volverse.

Yo me quedé en el porche.

No sé cuánto tiempo. Lo suficiente para que el salón se vaciara detrás de mí, y el antiguo conductor de ambulancias apilara las sillas en columnas de diez, y alguien vaciara el termo en el fregadero.

Lo suficiente para entender, del todo, sin poder apartarlo ya, lo que llevaba entendiendo a trozos desde la noche de la urraca.

No buscaba a la policía. Ni a la prensa. Ni a ningún dios del sol.

Me buscaba a mí.

⁂

Ruth salió la última, poniéndose los guantes.

—Nos vamos andando —dijo. No era una pregunta.

Bajamos por Roundhay Road hacia el centro, bajo la lluvia, sin paraguas, los dos con el cuello del abrigo subido.

Pasamos por delante de la tienda de kebab donde el dueño había visto a Abena por última vez, con la persiana a medio bajar y un cartel en el cristal con su foto.

Pasamos por delante de las calles Bayswater, una detrás de otra, iguales, con las farolas encendidas en fila como cirios.

Ruth no hablaba. Yo tampoco. Caminábamos al mismo paso sin habernos puesto de acuerdo.

En la esquina de Spencer Place resbaló con una alfombra de hojas mojadas y se agarró a mi brazo para no caerse.

No me soltó. Siguió andando así, con la mano enguantada metida en el pliegue de mi codo, como si fuera lo más normal del mundo, como si lo hubiera hecho siempre. No dije nada. Ella tampoco.

—Sol —dijo al fin, a la altura de Sheepscar, sin mirarme.

—¿Qué?

—Que te llamas Sol. En Otley dijiste Sol.

—Es un nombre como otro.

—No lo es. —Esquivó un charco sin soltarme—. Tenías preparado otro. Te lo vi en la cara. Ibas a decir otro y dijiste ese, y cuando te lo devolvieron todos a la vez pusiste la misma cara que pusiste en el sótano de la universidad cuando el viejo dijo septiembre de 1963.

No contesté. La lluvia nos golpeaba la cara de frente, fría, y Ruth bajó la cabeza contra ella.

—¿Quién te llamaba así?

—Mi padre.

—¿Solo tu padre?

No contesté. Pasó un taxi con el letrero encendido. No lo paré.

—¿Y tú, Grey? —dijo ella, al cabo de un rato, cambiando de voz, más ligera, como quien cambia de calle para no pasar por delante de una casa—. ¿Cuántos te bebes por la noche? En la reunión de Otley ponías cara de estar haciendo cuentas.

—Uno. A veces dos.

—Ajá.

—Desde que murió mi madre. Siete años. Me siento en su sillón, con un disco, y me bebo uno. Nunca me ha temblado el pulso.

—Eso decía mi padre. —Se le escapó una risa corta, sin alegría—. Exactamente con esas palabras.

Seguimos andando. La ciudad bajaba hacia nosotros con sus luces mojadas, la torre del Ayuntamiento al fondo, el reloj iluminado.

—Si un día me sirvo el tercero —dije—, te llamo.

Ruth se paró. Me soltó el brazo y se quedó delante de mí, en la acera, con la lluvia chorreándole por el pañuelo y la cara, con aquellos ojos grises que no se creían nada, mirándome desde muy cerca.

Un camión pasó por la calzada y el agua de un charco nos salpicó a los dos hasta las rodillas. No se movió.

—Me estás ocultando algo —dijo—. Desde el sótano de Penrose.

Desde antes, quizá. Lo llevas encima como se lleva una piedra en el bolsillo, y cada vez pesa más, y te inclina hacia un lado al andar.

—Le temblaba un poco la voz, de frío o de otra cosa—.

No te voy a preguntar qué es. Ya te lo pregunté una vez y me mentiste. No me gusta que me mientan dos veces.

—No te he mentido.

—Me dijiste que no tenía nada que ver con esto. —Se rozó el dedo donde ya no había anillo, con el guante puesto—. Ajá.

Levantó la mano y paró un taxi. El taxi se arrimó al bordillo con un chirrido de frenos mojados. Ruth abrió la puerta de atrás, se volvió hacia mí con la mano en la puerta, la lluvia cayéndole sobre la cabeza.

—Buenas noches, Sol.

Y se metió dentro, y el taxi se fue, y yo me quedé en la acera de Sheepscar, empapado, mirando cómo se alejaban las dos luces rojas hacia el centro, como se había alejado cuesta abajo el autobús número dos el día del Armisticio.

⁂

Aquella noche escribí el informe de la semana para Whitlock.

A mano, en el escritorio de mi madre, con el flexo verde, en folios rayados, con mi letra pequeña de escuela de Kingston.

Cuatro páginas. Las reuniones, las fechas, los nombres de pila.

Maggie y la silla vacía de Otley. Linton y su bastón.

Gaz y la tarjeta escrita a máquina. Harold, el cartero de Bramley, y su bicicleta roja.

Pauline, la enfermera, que había conocido a Abena en las reuniones.

Que Tom se sentaba con Abena. Que Tom había venido unas cuantas veces desde el verano.

No escribí lo que Tom había contado en septiembre, de pie, llorando, delante de una sala entera.

Lo pensé mucho rato con la pluma en la mano.

Lo empecé a escribir dos veces y las dos veces rompí el folio.

Al final dejé el informe así, con cuatro páginas y un agujero en medio que solo yo veía, lo metí en un sobre marrón de la comisaría y escribí encima, con buena letra: Insp. jefe G. Whitlock. Personal.

Fue lo primero que le oculté a Graham Whitlock.

A todos los demás llevaba treinta y dos años ocultándoselo todo.