Capítulo 12. Hola, me llamo #3
En Armley había un andamiador de veinticuatro años, Gaz, con las manos como palas y una cicatriz que le partía la ceja izquierda, que llevaba ocho meses sin beber y que había sido, me dijo, lo más parecido a un amigo que había tenido Joanne en aquellas sillas.
Hablamos fuera, en el porche de la iglesia, mientras él se fumaba un cigarrillo de liar detrás de otro, protegiéndolos de la lluvia con la mano ahuecada.
—El abuelo —dijo, cuando le pregunté—. Así le llamaba Joanne.
«Mi abuelo de los jueves». Venía algunos jueves, no todos.
Le traía el té a la silla, se sentaba a su lado y la escuchaba.
Ella le contaba lo del novio, lo de la madre, todo.
—Escupió una hebra de tabaco—. A mí no me gustaba.
Tenía algo… no sé. Como esos curas que te hablan muy bajito.
—¿Se llamaba Tom?
Gaz me miró de reojo.
—Tom, sí. —Dio una calada—. Le dio una tarjeta.
Una tarjetita pequeña, con un número de teléfono, para que lo llamara si le entraban ganas de beber a las tres de la mañana.
Se la enseñó a todo el mundo, como si fuera una medalla.
—Se rio, sin ganas—. Y me hizo gracia, me acuerdo, porque no estaba escrita a mano.
Estaba escrita a máquina. «Tom» y el número, a máquina, como las tarjetas de una oficina.
Le dije que su abuelo parecía un contable.
—¿Se acuerda del número?
—Ni de coña. —Tiró la colilla a un charco—. Lo llevaba en el monedero. Supongo que el monedero lo tiene él.
Íbamos a despedirnos cuando se abrió a nuestra espalda la puerta del salón y salió un hombre mayor, el último, abrochándose un chaquetón azul marino descolorido, con el ribete rojo gastado en los puños y un parche cosido en la manga donde todavía se leía, a medias, ROYAL MAIL.
Tendría sesenta años. Gorra de paño. Un bigote espeso, amarillo de nicotina en las puntas.
Unos ojos muy claros, casi sin color, como el agua de un cubo de fregar.
Se paró en el escalón, se encendió un pitillo sin filtro con una cerilla, protegiendo la llama con la mano, y nos miró a los dos por encima de ella. A mí más que a Gaz.
—Harold —dijo Gaz, sin ninguna gana.
—Gareth.
Bajó los escalones. Tenía apoyada en la verja de la iglesia una bicicleta roja, pesada, de las de reparto, con una cesta de hierro delante. Se puso las pinzas en los bajos del pantalón, despacio, agachándose con un gruñido. Desde abajo, sin levantar la cabeza, dijo:
—Usted es el negro de los periódicos. El que mira.
No contesté.
—Aquí no se viene a mirar, señor. —Se incorporó y me miró con aquellos ojos sin color—. Aquí se viene a contar. Las chicas que entran por esa puerta ya vienen medio muertas. Unas se salvan. Otras no. —Dio una calada—. Esa no se salvó.
Se subió a la bicicleta y se fue pedaleando calle abajo, despacio, bajo la lluvia, sin luces, con el pitillo en la boca, hasta que la oscuridad de Town Street se lo tragó.
—Harold el cartero —dijo Gaz, cuando ya no se le oía—.
De Bramley. Cartero toda la vida, ya jubilado.
Apadrina a tíos, nunca a chicas; dice que las chicas dan problemas.
Antes venía algún jueves. Ahora viene todos, desde lo de Joanne.
Dice que para ayudar. —Escupió—. A Joanne la ponía nerviosa.
Decía que la miraba como se mira un paquete que hay que entregar.
—¿Y Tom? ¿Coincidían?
Gaz se quedó pensando, con el cigarrillo a medio camino de la boca.
—Pues ahora que lo dice… no. Nunca. Los jueves que venía uno no venía el otro. —Se rio, incómodo—. Qué cosa, ¿no?
—¿Se parecen?
—¿Que si se parecen? —Encendió otro cigarrillo con la colilla del anterior—. Con la gorra puesta, tío, todos los viejos de Leeds son el mismo viejo.
Me quedé mirando la calle por donde se había ido la bicicleta. Tenía la sensación de haber visto antes aquel chaquetón azul con el ribete gastado. No supe dónde. Tardé en acordarme.
El viernes por la mañana, en la sala de incidentes, Owen pegó en el corcho, al lado del retrato robot que habíamos hecho con la señora Moxon, un folio con todo lo que habíamos reunido en cuatro días: Otley, Chapeltown, Armley, Halifax, Keighley, donde había ido Ruth sola el miércoles a la hora de comer.
Un señor mayor. Sesenta o así. Gorra de paño.
Barba gris, arreglada. Gafas. Abrigo oscuro.
Muy bien hablado. Se sentaba junto a la puerta.
No cogía galletas. Llamaba por teléfono a las chicas a casas de amigas.
Una tarjeta a máquina. Once años sin beber. Tom.
Era el mismo hombre del puesto de flores de Kirkgate. El mismo que había descrito Hyacinth Campbell en su cuarto de delante. El mismo abuelo de todos los abuelos de West Yorkshire.
Whitlock lo leyó de pie, con las manos en los bolsillos, moviendo un poco los labios. Cuando terminó, se volvió hacia nosotros.
—Tom no es un nombre —dijo—. Es una puerta.
Es el que entra, el que escoge, el que se gana la confianza.
El reclutador. —Se metió un caramelo en la boca—.
Nadie lleva su nombre de verdad a una reunión de esas, Hartley, no pierdas el tiempo buscando Thomases en el censo.
Quiero gente de paisano en todas las reuniones de la lista, rotando, todas las semanas.
Quiero que, si ese hombre vuelve a sentarse junto a una puerta en West Yorkshire, lo tengamos sentado al lado.
—Nos miró uno por uno—. Y ni una palabra a la prensa.
Si el Courier publica el nombre de Tom, Tom se cambia de nombre y lo hemos perdido para siempre.
—¿Y el cartero, jefe? —dijo Owen—. Harold Beck, el de Bramley. Lo tuvimos en octubre en la lista de Malcolm. Lo descarté yo, por la coartada de la hermana. Y ahora resulta que va a la reunión de Joanne. Y que nunca coincide con Tom.
Whitlock se volvió hacia el folio. Leyó la última línea, la que había añadido yo a mano. Se encogió de hombros.
—Un cartero jubilado que va a reuniones de borrachos. En West Yorkshire habrá cien, Hartley. —Se metió las manos en los bolsillos—. Que lo mire alguien cuando tengas gente. Sin asustarlo. Ahora, los grupos.
Owen no contestó. Pero cuando Whitlock volvió a su despacho, le vi apuntar el nombre en su libreta, dos veces, y subrayarlo con tanta fuerza que rompió el papel.
Aquella semana nadie publicó nada.
Y Tom no volvió a sentarse junto a ninguna puerta de ningún salón parroquial de West Yorkshire. Ni aquella semana ni nunca. Como el hombre de la gorra no había vuelto al puesto de la señora Moxon.
Como si se lo hubiera tragado el páramo.
⁂
El lunes 4 de diciembre volví a St Aidan.
Era el mismo salón donde diez días antes había abrazado a Toby en dos sillas plegables abiertas en medio de la nada, y ahora estaba lleno.
Treinta y tantas personas. El termo de té echaba vapor, las galletas se acababan, los radiadores silbaban, y la gente hablaba en voz baja en corrillos antes de empezar, con el abrigo puesto.
Había más que nunca, me dijo después el secretario de la reunión, un antiguo conductor de ambulancias con bigote gris de sargento y un pin de la Legión Británica en la solapa.
Desde lo de Abena venía más gente. No menos.
Más. Nadie sabía explicar por qué. Yo sí lo sabía, o creía saberlo: cuando alguien de tu sala se muere, te das cuenta de que te puede pasar a ti, y vienes.
Es lo mismo que pasa en las iglesias después de un entierro.
La silla de Abena estaba vacía. Encima del asiento, alguien había dejado una de aquellas cuentas de colores que llevaba en las trenzas, una amarilla, pequeña, redonda. No sé de dónde la sacaron. No pregunté.
Ruth se sentó enfrente, como siempre. No dijo su nombre aquella noche. Yo tampoco.
Habló un hombre que había perdido el carné de taxista.
Habló una chica de veintidós años que llevaba tres días sin beber y que lloró desde la primera palabra hasta la última, y a la que una mujer mayor le pasó un pañuelo de papel sin mirarla, como se pasa la sal en la mesa.
Habló un hombre que había sido profesor de química en un instituto de Roundhay y que ahora dormía en un albergue de Holbeck.
Nadie habló de Abena. Pero todos, mientras hablaban, miraban de vez en cuando la cuenta amarilla de la silla vacía.
Cuando terminó la reunión salí al porche, a respirar.
Llovía con ganas, una lluvia gorda, vertical, que rebotaba en los escalones de piedra y hacía espuma en el desagüe.
Me quedé debajo del tejadillo, con las manos en los bolsillos de la gabardina, mirando Roundhay Road, los faros de los coches deshaciéndose en el asfalto mojado. Los dedos me golpeaban el muslo.
A mi lado, una mujer encendió un cigarrillo.
Tendría cuarenta y cinco años. Pelo rizado, teñido de un caoba que se le estaba yendo, un anorak morado y unas zapatillas de deporte blancas empapadas. Tenía las manos rojas, agrietadas, de lavárselas mucho. Me ofreció el paquete sin mirarme. Negué con la cabeza.
—Haces bien —dijo—. Primero lo uno y luego lo otro, decía mi madre. Que no se puede dejar todo a la vez, que te mueres de aburrimiento. —Dio una calada—. Pauline.
—Sol.
—Ya. —Me miró de arriba abajo—. Tú preguntas cosas. El sacristán dice que estuviste aquí hace unos días, de noche, con el salón vacío, con un chaval de orejas grandes. Y Maggie, la de Otley, me ha llamado por teléfono. Nos conocemos todos, cariño. Esto es más pequeño de lo que parece.
No contesté. Ella siguió fumando, mirando la lluvia.
—Fui enfermera en el St James veintidós años —dijo—.
Hasta que me echaron por llegar a un turno de noche oliendo a ginebra y darle a una señora de ochenta años la dosis de otra.
No se murió, gracias a Dios. Pero me echaron igual.
Hacían bien. —Se encogió de hombros—. Abena estaba en segundo de enfermería, en el mismo hospital.
La conocí aquí. Le daba consejos sobre las supervisoras. Cuáles eran unas brujas y cuáles no.
—¿Conocía a Tom?
Pauline tardó en contestar. Tiró la ceniza al charco del escalón.