El Cartero Capítulo 12. Hola, me llamo #2
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Capítulo 12. Hola, me llamo #2

Hablaron otros. Una mujer, Janet, la del uniforme del supermercado, contó que durante cuatro años se había bebido una botella de vodka cada mañana en el coche, en el aparcamiento del colegio de sus hijos, después de dejarlos en la puerta, y que nadie, ni su marido, ni las otras madres, ni la directora, se había dado cuenta nunca, porque llevaba en el bolso caramelos de menta y un perfume que olía a limón.

Que lo peor no era haberlo hecho. Que lo peor era lo fácil que había sido.

Un chico de diecinueve años con un chándal del Leeds contó que había dejado de beber hacía sesenta y dos días y que la noche anterior había estado dos horas de pie en la puerta de un pub de la plaza, bajo la lluvia, mirando la luz de dentro, y no había entrado.

Lo dijo como se dice que se ha subido el Everest. La sala aplaudió, dos o tres palmadas, y él se puso colorado y se miró las zapatillas.

Yo escuchaba. Y mientras escuchaba, me acordé de la botella de bourbon de mi estantería. De que llevaba siete años sirviéndome uno cada noche, a veces dos, desde que murió mi madre y me quedé con su escritorio y con el silencio. De que no me temblaba el pulso. De que era el mejor.

Ruth me miraba desde el otro lado del círculo. No sé cuánto tiempo llevaba mirándome.

Al final, Derek levantó la vista de la carpeta y recorrió el círculo con los ojos, despacio, deteniéndose en las caras que no conocía. En la de Ruth. En la mía.

—Hoy hay gente nueva —dijo—. Si queréis decir vuestro nombre, sois bienvenidos. Si no queréis, también.

Ruth dijo el suyo sin dudar. Con naturalidad, con voz clara, como quien lo ha dicho otras veces en otro sótano.

—Me llamo Ruth.

—Hola, Ruth.

Y luego todos me miraron a mí.

Tenía preparado otro nombre. Whitlock tenía razón: mi cara había salido en el Courier , y un nombre como Solomon no se olvida en un pueblo como Otley. Había pensado en George, que era el nombre de mi abuelo. En Peter. En cualquier cosa. Abrí la boca.

—Me llamo Sol.

No sé por qué lo dije. No lo había decidido. Salió solo, como salen las cosas que llevan mucho tiempo esperando detrás de los dientes.

Esperaron el resto. La frase que todos decían después del nombre. Derek me miraba con paciencia, sin prisa. La chica maquillada levantó un poco la cabeza. Yo no la dije. Me quedé callado, con la taza de té frío entre las manos, y el silencio duró dos segundos, tres.

—Bienvenido, Sol —dijo Derek, con suavidad—. Aquí no hace falta decir nada más.

—Hola, Sol —dijo la sala.

Veinticinco desconocidos en un salón parroquial de Otley, con las manos frías y el pelo mojado, dijeron mi nombre a la vez. El nombre que me había puesto mi padre y que me había devuelto una chica en una biblioteca, y que nadie había pronunciado en voz alta en treinta y dos años.

Al otro lado del círculo, Ruth Kavanagh no apartó los ojos de mí. No dijo nada. No hacía falta.

⁂

Después, con el té, como había dicho Whitlock, como quien no quiere la cosa.

La que habló fue una mujer de unos sesenta años, con el pelo corto, blanco, muy bien cortado, y un jersey de lana gorda con ochos.

Se llamaba Maggie. Llevaba veinte años sin beber; lo dijo enseguida, sin que se lo preguntara, como se dice la edad.

Se acercó a mí mientras yo removía el té, con su taza en la mano, y se quedó mirándome con unos ojos azules, pequeños, muy listos.

—Tú no eres de aquí, Sol.

—De Leeds.

—Ya. —Miró a Ruth, que estaba al otro lado de la sala hablando con Janet junto al termo—.

Y ella tampoco. Y los dos habéis venido el mismo martes, y os habéis sentado uno enfrente del otro sin miraros.

—Bebió un sorbo de té—. Llevo veinte años en estas salas, cariño.

Sé distinguir a un borracho de un policía.

Tú no eres ninguna de las dos cosas del todo.

No contesté. Ella tampoco esperaba que contestara.

—Es por Emma, ¿verdad? —dijo, más bajo.

—Sí.

Maggie miró la silla vacía. Nadie la había movido. Seguía en el círculo, con el asiento de plástico gris un poco inclinado, como si alguien acabara de levantarse.

—Llegó en septiembre —dijo—. Un martes. Se sentó ahí, en esa misma silla, con el abrigo puesto y la cara del color de la ceniza.

No dijo nada en tres semanas. La cuarta dijo su nombre y se echó a llorar y no paró en toda la reunión.

—Sonrió un poco—. Después de eso no había manera de callarla.

Contaba los días como los cuentan los niños antes de Navidad.

Diecinueve. Veinte. Veinticinco. Se los decía a todo el mundo. A mí la primera.

—¿Usted la apadrinaba?

—Iba a hacerlo. Se lo ofrecí la segunda semana. —Maggie dejó la taza en la mesa—. Pero ya tenía a alguien.

No me moví.

—Tom —dijo Maggie.

Lo dijo así, sin más, con la misma voz con la que había dicho su propio nombre al llegar.

—¿Tom qué?

—Aquí no hay apellidos, cariño. Ya lo has visto.

—Se encogió de hombros—. Tom. Venía de vez en cuando, desde agosto o así.

No era de los de aquí. Decía que era de Leeds, y que iba a reuniones por todas partes porque le gustaba oír gente distinta.

Un señor mayor, de sesenta o así, muy bien hablado.

Como un locutor de la BBC. Gorra de paño, de las de antes.

Barba gris, muy arreglada. Gafas. Un abrigo oscuro, bueno.

Se sentaba siempre en la silla de al lado de la puerta, en la tuya, y nunca cogía galletas.

—Me miró—. Decía que llevaba once años sin beber.

—¿Y usted le creía?

Maggie se lo pensó. Era una pregunta que, por la cara que puso, no se había hecho nunca.

—Aquí uno se cree lo que le cuentan, Sol.

Si no, esto no funciona. —Se rascó la muñeca—.

Pero no me gustaba. Y se lo dije a Emma.

Aquí decimos que los hombres apadrinan a hombres y las mujeres a mujeres, y hay buenas razones para eso, las ha habido siempre, y todo el mundo las conoce.

Tom no hacía caso. Buscaba a las chicas jóvenes, a las nuevas, a las que llegaban con la cara de ceniza.

Se sentaba a su lado con el té y las escuchaba.

Nada más. Escuchaba. —Hizo una mueca—. Emma se rio cuando se lo dije.

Me dijo que Tom era como un abuelo. Que la escuchaba como no la había escuchado nadie en su vida.

Que la llamaba por teléfono a casa de una amiga para ver cómo estaba.

Miré la silla vacía. El plástico gris, un poco inclinado. Y sin quererlo, la vi.

Es martes. Es septiembre. Es tu segundo martes y todavía no te has quitado el abrigo ni una vez, porque quitártelo sería quedarte.

Tienes las manos metidas en las mangas. Te tiemblan.

Hace cinco días que no bebes y el cuerpo te lo cobra en sudor frío, en un zumbido en los oídos, en unas ganas de llorar que no sabes de dónde salen.

Nadie se sienta a tu lado. Todos te dejan sitio, por respeto, y el respeto se parece mucho a la soledad.

Y entonces alguien se sienta. Un señor mayor, con gorra, que huele a jabón.

Te pone una taza de té en las manos, despacio, cerrándote los dedos alrededor de la loza caliente con los suyos, que están secos y fríos.

No te dice nada. Espera. Y cuando por fin levantas la vista, te sonríe como no te ha sonreído nadie en años y te dice, muy bajito, para que no lo oiga nadie más:

—La primera vez es la peor. Luego ya no estás sola.

Y le crees.

Aparté la vista de la silla. Maggie me estaba mirando.

—¿Algo más? Cualquier cosa. Cómo se movía. Cómo hablaba. Si tosía, si cojeaba, si…

—Siempre tenía algo en la boca. Un caramelo.

—Maggie sonrió sin ganas—. Pero eso no te va a servir de nada, cariño.

Aquí todos chupamos caramelos. Mírame a mí.

—Sacó del bolsillo del jersey un puñado de caramelos de limón envueltos en celofán—.

Es el azúcar. Cuando dejas la bebida, el cuerpo te lo pide a gritos.

Mira la mesa. —Señaló con la barbilla el plato de galletas, vacío ya, y un bote de cristal lleno de caramelos de colores que yo no había visto—.

Si buscas a un hombre que chupa caramelos en una reunión de Alcohólicos Anónimos, vas a tener que detener a todo West Yorkshire.

—¿Cuándo le vio por última vez?

—El martes antes de que Emma desapareciera. El tres de octubre. —No tuvo que pensarlo—. Salieron juntos. Él la acompañó hasta la parada del autobús de la plaza, con el paraguas. Los vi desde la puerta. —Maggie miró la silla vacía otra vez—. No ha vuelto.

Aquella noche, en casa, me serví un bourbon.

Me senté en el sillón con el vaso en la mano y lo miré mucho rato, el líquido quieto, la luz de la farola de la calle temblando dentro.

Pensé en Derek y su postal de Navidad. En Janet y sus caramelos de menta en el aparcamiento del colegio.

En el chico del chándal del Leeds, de pie dos horas bajo la lluvia en la puerta de un pub.

Me lo bebí. Despacio. Y no me serví el segundo.

⁂

El miércoles fui a St Martin, en Chapeltown, la de Marcia.

Dos años después nadie se acordaba bien de ella, salvo un viejo jamaicano llamado Linton, con un sombrero de fieltro y un bastón con empuñadura de plata, que había llegado en el Windrush y llevaba diecinueve años sin beber ron.

Se acordaba de Marcia. Se acordaba de que cantaba muy bajito cuando hacían la oración del final. Y se acordaba del blanco de la barba.

—Se sentaba a su lado —me dijo, en la puerta, mientras se ponía el sombrero—.

Le traía el té. Le dije a Marcia que tuviera cuidado con los blancos que te sonríen en una iglesia, hijo.

Que en mi experiencia, cuando un blanco te sonríe en una iglesia, o te quiere vender algo o te quiere quitar algo.

—Se apoyó en el bastón—. Se rio de mí. Tenía una risa muy bonita, esa niña.

El jueves fui a St Bartholomew, en Armley, la de Joanne. Ruth fue a Halifax.