El Cartero Capítulo 12. Hola, me llamo
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Capítulo 12. Hola, me llamo

En Inglaterra hay dos sitios donde nadie te pregunta el apellido. Uno es el pub. El otro es el salón parroquial donde se reúnen, una vez por semana, los que ya no pueden entrar en un pub.

Dos folios a máquina, sin una sola tachadura, grapados en la esquina superior izquierda con la grapa perfectamente paralela al borde.

Treinta y una reuniones de Alcohólicos Anónimos a la semana en West Yorkshire, ordenadas por días: lunes, martes, miércoles.

Hora. Dirección. Nombre de la iglesia, de la capilla, del centro cívico.

Una línea en blanco entre cada día. Al pie de la segunda hoja, su firma, que era poco más que una raya.

—¿Tú cuándo duermes, Graham? —le pregunté.

—Cuando me dejáis. —Se metió un caramelo en la boca—. Es decir, nunca.

Pasé las hojas. Leeds, Bradford, Wakefield, Huddersfield, Halifax, Keighley, Dewsbury. Todos los nombres de las chinchetas rojas del mapa estaban allí, y muchos más.

—¿Y Harrogate? —dije—. ¿York? ¿Skipton?

—Skipton es North Yorkshire. Harrogate y York también.

—Las chicas no saben de condados, Graham. Una chica de Leeds que no quiere que la vea nadie conocido no va a la reunión de su barrio. Coge un autobús y se va a una donde no la conozca nadie. Y si tiene coche…

—North Yorkshire es otra policía, Grey. —Lo dijo sin levantar la voz, con la paciencia con que se le explica algo a un niño que no quiere entender—.

Otro jefe, otro presupuesto, otra gente a la que no conozco y que no me debe nada.

Bastante trabajo me cuesta convencer a los míos.

—Cogió los folios de mi mano, los cuadró golpeándolos de canto contra la mesa, y me los devolvió—. Céntrate en lo nuestro.

Ruth entró sin llamar, con el pelo recogido otra vez con el lápiz y una taza de la máquina en la mano. Whitlock le dio una copia igual. Ella la miró por encima, sin interés, como se mira la carta de un restaurante que ya conoces.

—Iréis por separado —dijo Whitlock—. No os sentéis juntos.

No preguntéis nada durante la reunión: después, con el té, como quien no quiere la cosa.

Nada de libretas. Nada de placas. Nada de nombres verdaderos, si podéis evitarlo.

—Me miró—. Tu cara la ha visto todo Leeds en el Courier , Grey. Ponte otra.

—Ajá —dijo Ruth.

Whitlock levantó la vista hacia ella, despacio.

—Doctora, ¿eso es un sí?

—Es un ajá, inspector jefe.

Whitlock la miró un momento más. Luego volvió a su máquina de escribir, le quitó la funda gris, la dobló en cuatro y la dejó a un lado, alineada con el tubo de caramelos.

—Cerrad la puerta al salir.

⁂

Lo preparamos en The Kettle, a la una, en la mesa de la ventana, con la lista de Whitlock entre los dos encima de la formica roja, debajo de un bote de kétchup con forma de tomate.

Yo nunca había estado en una reunión de esas. Lo dije. Ruth removía el té sin mirarme.

—Yo sí.

La miré. Siguió removiendo. La cucharilla daba vueltas en la taza gruesa de loza, despacio, tocando el borde, tin, tin, tin.

—No de esas —dijo al fin—. De las otras.

Las de familiares. Al-Anon, se llaman. Desde los quince años hasta los dieciocho, los jueves por la tarde, en el sótano de la iglesia de los capuchinos, en Cork.

Con mi madre. —Dejó la cucharilla en el plato—.

Mi padre bebía. Bebió en Inglaterra, cuando trabajó aquí de joven, y siguió bebiendo cuando volvió a Cork y abrió la carnicería.

Nunca levantaba la voz. Nunca pegaba a nadie.

Deshuesaba un cordero entero en veinte minutos con media botella de whiskey dentro y no se cortaba nunca.

Solo se iba apagando. Cada año un poco más, como una bombilla vieja.

—Se encogió de hombros—. Así que sé cómo va.

—¿Y cómo va?

—Te sientas en una silla de plástico. Hay té en un termo y galletas en un plato.

Alguien lee unos papeles al principio, siempre los mismos.

Luego la gente habla, uno detrás de otro, el que quiere.

Dicen su nombre, solo el nombre, y los demás contestan «Hola, fulano», todos a la vez, como en misa.

Y hablan. Nadie les interrumpe. Nadie les da consejos.

Nadie les dice que lo que cuentan está bien o está mal.

—Me miró por encima de la taza—. Lo que se dice allí se queda allí.

Eso es lo único sagrado que tienen. Así que más vale que no lo olvidemos ni tú ni yo, Grey.

Vamos a entrar en un sitio sagrado a buscar a alguien que lo ha usado para cazar.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Lo sabrás el martes.

Doreen se acercó con la cafetera y me rellenó el café sin preguntar. Miró los folios de la mesa del revés, con las gafas colgando de la cadenita, y leyó el encabezamiento antes de que me diera tiempo a taparlo.

—Alcohólicos Anónimos. —No preguntó nada.

Se quedó un momento con la cafetera en la mano—.

Mi Kevin fue a una de esas, una vez. De las de drogas, no de las de bebida, pero es lo mismo, ¿no?

En una iglesia de Seacroft. Volvió a casa y me dijo que aquello estaba lleno de gente triste.

—Se le movió algo en la cara, por debajo del maquillaje—.

Como si él no lo fuera, cariño. Como si él no lo fuera.

Se fue hacia el mostrador. Ruth la siguió con la mirada.

—¿Y si me preguntan si soy alcohólico? —le dije, más bajo.

Ruth volvió a mirarme. Se rozó con el pulgar la base del anular.

—No te lo va a preguntar nadie —dijo—. Te lo vas a preguntar tú.

⁂

El martes 28, a las siete y veinticinco de la tarde, crucé el cementerio de la iglesia de All Saints de Otley bajo una llovizna fina, entre lápidas negras inclinadas como dientes, y empujé la puerta del salón parroquial.

Era una sala alargada de techo bajo, con las paredes pintadas de un verde de hospital hasta media altura y de crema hasta el techo, y un radiador de hierro bajo cada ventana que no conseguía calentar más que el aire de alrededor.

Habían puesto las sillas plegables en círculo, unas veinticinco, y en una mesa junto a la puerta estaban el termo de té, las tazas de loza desparejadas, un plato de galletas de jengibre y una lata de las de galletas danesas, de las azules, llena de monedas sueltas, con un papel pegado con celo que decía: Nos mantenemos con nuestras propias contribuciones .

En la pared del fondo, el cartel de los Doce Pasos.

El mismo que en St Aidan, con las mismas esquinas abarquilladas, como si los imprimieran ya viejos.

Me serví un té. Tenía las manos frías. Me senté en una silla cerca de la puerta, con la gabardina puesta.

Ruth llegó dos minutos después, sola, con el abrigo largo y un pañuelo en la cabeza, y se sentó al otro lado del círculo, enfrente de mí, sin mirarme. Se quitó los guantes. Se miró las manos.

La sala se fue llenando. Despacio, de uno en uno, sin hablar mucho.

Un hombre de setenta años con traje y corbata, como si fuera a misa.

Dos chicos con chándal. Una mujer de cuarenta con el uniforme de una cadena de supermercados debajo del abrigo, que venía directamente del trabajo.

Un granjero con las botas de agua manchadas de barro y de algo peor.

Una chica muy joven, muy maquillada, que se sentó en la silla más alejada de todas y no se quitó el abrigo.

Un hombre con un traje caro y un reloj caro que no miró a nadie.

Gente. Gente con la que te cruzas en el autobús, en la cola del banco, en el pasillo de la carnicería, y en la que no te fijas nunca.

Y una silla vacía.

Estaba en el círculo, entre la chica maquillada y un hombre mayor con gorra, y nadie se sentó en ella.

Los que llegaron tarde pasaron por delante, miraron alrededor buscando sitio, y fueron a buscar otra silla a la pila de la pared antes que sentarse en esa.

Nadie dijo nada. No hacía falta. Supe de quién era sin preguntarlo.

A las siete y media en punto, un hombre de unos sesenta y cinco años con un jersey de pico granate y las manos manchadas de tinta hasta los nudillos, como las de los impresores viejos, abrió una carpeta de plástico y leyó unos papeles.

Siempre los mismos, había dicho Ruth. Leía con voz monótona, sin levantar la vista, como se lee algo que uno se sabe de memoria: que aquello era una comunidad de hombres y mujeres que compartían su experiencia para resolver su problema común, que el único requisito para entrar era el deseo de dejar de beber, que no tenía nada que ver con ninguna iglesia ni con ningún partido.

Luego pidieron un minuto de silencio. Luego rezaron una oración corta, todos a la vez, de pie, en voz baja, una que pedía serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar.

Yo no recé. Me quedé de pie con los demás, con las manos juntas delante, mirando la silla vacía.

—Me llamo Derek —dijo el hombre del jersey granate, cuando se sentaron—, y soy alcohólico.

—Hola, Derek —contestó la sala, todos a la vez.

—Llevo catorce años sin beber. Antes de eso trabajé treinta en la imprenta de Wharfeside, poniendo tinta a las máquinas que hacían las máquinas que imprimían los periódicos de medio mundo.

Me bebía una botella de whisky al día y no me temblaba el pulso.

Era el mejor. —Se miró las manos—. El día que me temblaron, mi mujer ya se había ido con los niños a casa de su hermana, en Ilkley, y no volvió.

Mi hijo mayor tiene treinta y cuatro años.

Me escribe una postal por Navidad. Una. Firmada con su nombre y su apellido, como si yo no supiera cómo se llama.

Nadie dijo nada. Derek cerró la carpeta.