El Cartero Interludio III
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Interludio III

Interludio III

Señor Mensah:

He empezado esta carta tres veces hablándole de Dios, y las tres veces he roto el papel.

No voy a hablarle de Él. Usted ya le ha hablado bastante: desde el púlpito, en la mesa, a la cabecera de la cama de su hija, todos los domingos y todas las noches de sus veinte años.

Él no le ha contestado nunca. Le contesto yo.

No he podido esperar siete días. Ni cinco.

Su hija tenía prisa. Las dos cosas que más le gustaban en el mundo eran correr escaleras abajo y llegar la primera a todas partes, ¿lo sabía?

Me lo contó la segunda vez que hablamos, riéndose, con la mano delante de la boca, porque le daba vergüenza que se le vieran las encías al reírse.

A usted no se lo contó nunca. A usted no le contaba nada. Usted no escuchaba: usted predicaba.

Los lunes no iba a estudiar, señor Mensah. Pregúntele a su hija pequeña adónde iba. Ella lo sabe. Lo sabe desde octubre.

La noche que llegó conmigo, el sol la tocó cuatro veces en el pecho, como a todas. No gritó. Rezó. Primero en twi, que yo no entiendo, y luego en inglés, que sí. Le pidió a su Dios que viniera a buscarla. Le esperamos juntos toda la noche, ella y yo, a oscuras, escuchando. No vino. Vine yo.

La desnudé con mis manos. Usted la vio desnuda por última vez cuando tenía tres años y la bañaba en un barreño de zinc, en el patio de su madre, en Kumasi; ella se acordaba del barreño y del sol en el agua.

Yo la he visto entera. Tiene un lunar en la cadera izquierda, del tamaño de una lenteja, que usted no conoce.

Una cicatriz blanca en la rodilla derecha, de una bicicleta, a los ocho años.

Los pies largos, de bailarina, con el segundo dedo más largo que el primero, y las plantas muy claras, casi rosas, como el interior de una concha.

La piel del vientre le temblaba cuando la tocaba el aire frío.

Se le erizaba entera, desde la nuca hasta los tobillos, como se eriza el agua de un estanque cuando empieza a llover.

Me quedé mirándola mucho rato. Ella me dejó mirar.

Ya no le quedaba nada que esconder, y lo sabía.

El miércoles la acosté en la tierra. La tapé despacio, como a todas, empezando por los pies.

Tenía la boca llena de oraciones y se la llené de tierra, y siguió rezando debajo, sin voz, con los labios, lo vi en la arcilla, que se movía.

Cuando la saqué estaba fría y sucia y nueva. Me miró. No le pidió nada a nadie más.

Un corte solo. Le escribo con ella.

La lavé entera, despacio, con agua templada y jabón de pastilla, cada pliegue, cada dedo, detrás de las orejas, entre los muslos, como se lava a un recién nacido.

Le quité las trenzas una por una; tardé una noche entera.

Las cuentas de colores las tengo aquí, en un tarro de cristal, encima de la mesa.

Suenan cuando paso. Le alisé el pelo con unas tenacillas, como se hacía antes, y se me escaparon una vez, en la nuca.

Le pedí perdón, aunque ya no podía oírme.

Le pinté las uñas. Le puse la diadema. Le puse un vestido gris, con cuello blanco, como el de una chica buena de las que ya no quedan.

Estaba preciosa. Más que en ninguna de las fotos que tienen ustedes encima del aparador.

No llore por el infierno, señor Mensah. Abena no está en ningún infierno. Ni en ningún cielo. Está donde la dejé, mirando hacia arriba, esperando la luz, que es lo único que no miente.

Ahora descansa.

La encontrará en Midgley Moor, encima de Hebden Bridge, bajo el espino que se ha quedado solo, junto a la piedra grande. Vaya usted. No mande a nadie. Por una vez en su vida, vaya usted a buscarla.

El Cartero