Capítulo 11. Paso doce #4
Los leí de arriba abajo. Sin gafas, con los ojos entornados, acercándome. Admitir que uno ha perdido el control. Creer en un poder superior. Entregar la voluntad. Hacer inventario. Confesar. Reparar el daño. Uno detrás de otro, como los peldaños de una escalera.
Y el último.
El paso doce decía, más o menos, que quien ha despertado gracias a los pasos anteriores debe llevar el mensaje a otros alcohólicos.
Llevar el mensaje.
Lo leí otra vez. Y otra. Y de pronto no estaba en el salón de St Aidan, sino en mi casa, en el suelo del salón, de rodillas, con la camisa empapada de bourbon y la carpeta de Owen desparramada alrededor, leyendo la primera carta que leí aquella noche, la de Kelly Ainsworth, a su padre, camionero de Wakefield, en 1992.
No soy más que el que lleva el mensaje. Y la de Emma, en la cocina quemada de Otley. No soy más que el que lleva el mensaje.
El que lleva el mensaje.
El cartero.
No se lo habíamos puesto nosotros. No se lo había puesto nadie en la sala de incidentes, ni Shaw en la portada del Courier .
Se lo había puesto él antes que nadie, en sus cartas, desde el principio, mucho antes de firmarlas.
Llevaba cuatro años diciéndonos su nombre, y su nombre estaba colgado con chinchetas en la pared de cien salones parroquiales de West Yorkshire, entre los mercadillos de Navidad y los grupos de madres con bebés.
Doce pasos.
No me volví. No quería que Toby me viera la cara. Me quedé allí, delante del cartel, con el índice y el pulgar en el entrecejo, hasta que oí detrás de mí un ruido pequeño, ahogado, como el de alguien que intenta no hacer ruido.
Toby estaba sentado en una de las sillas plegables.
La había bajado de la pila y la había abierto, solo una, en mitad del salón vacío, y se había sentado en ella con la libreta en las rodillas, y lloraba.
Sin ruido, con la cara en las manos, con los hombros subiendo y bajando dentro de la chaqueta de su padre.
Me acerqué. Cogí otra silla de la pila, la abrí, la puse a su lado, y me senté.
No le pregunté nada.
—Mi padre —dijo al cabo de un rato, sin levantar la cara de las manos—.
Mi padre iba a una de estas. Los martes, en Morley, en el salón de la capilla metodista.
Yo tenía nueve años. En la cocina, en el calendario de la carnicería, apuntaba los días a lápiz en la esquina de cada casilla.
Uno, dos, tres. Y rodeaba los martes. —Se limpió la cara con la manga—.
Llegó a mil ciento tres. Me acuerdo del número porque me dejaba a mí apuntarlo, por la mañana, antes de ir al colegio.
Mil ciento tres. Y los viernes, al salir de la fábrica, le traía flores a mi madre, porque decía que le debía tres años de viernes.
No dije nada. Las sillas apiladas brillaban bajo los fluorescentes.
—Un sábado de enero no volvió a casa. Lo sacaron del canal el lunes, en Armley, debajo de un puente.
Llevaba una botella de whisky en el bolsillo del abrigo, sin abrir.
Sin abrir, señor Grey. —Levantó la cara.
Tenía los ojos rojos, la nariz roja, las orejas rojas—.
Yo vi el calendario de Emma en la carpeta el primer día.
El primer día. Lo reconocí enseguida, los números en la esquina, los martes.
Lo supe. Y no dije nada, porque… porque me daba vergüenza.
Porque pensé que si lo decía, me iban a preguntar cómo lo sabía.
Y Joanne… y Abena… Si yo lo hubiera dicho en octubre…
No terminó la frase. No hizo falta.
No lo decidí. Igual que no decidí quitarme las gafas la noche que Owen me preguntó en el aula si se podía matar por amor.
Mis brazos lo hicieron por su cuenta. Le pasé un brazo por los hombros y lo atraje hacia mí, y Toby Fenn, agente en prácticas, veintiún años, apoyó la frente en mi hombro y lloró contra mi gabardina como lloran los niños, con todo el cuerpo, sin vergüenza ya, y yo le puse la otra mano en la nuca, en el pelo rubio cortado a máquina, y lo sujeté así, sin decir nada, mucho rato.
Treinta y uno, pensé. Habría tenido treinta y uno.
—No es culpa suya, Toby —dije al fin—. Óigame bien. No es culpa suya.
No sé si me creyó. No sé si me creí yo. Pero dejó de temblar.
El sacristán carraspeó desde la puerta, con las llaves en la mano. Tenía que cerrar. Toby se levantó, se secó la cara con las dos manos, se colocó la corbata torcida, y me pidió perdón. Esta vez no le dije que no hacía falta.
Al salir, me volví a mirar el salón vacío desde la puerta, con la luz todavía encendida: las sillas apiladas contra la pared, el termo de té, el cartel amarillento de los Doce Pasos, y en el centro, solas, las dos sillas que habíamos abierto Toby y yo, una al lado de la otra.
En una de esas sillas, algún lunes de octubre, se había sentado él. Había esperado su turno. Se había puesto de pie, delante de una chica de veinte años que llevaba cuentas de colores en el pelo, y había dicho con su voz educada lo que se dice en esos salones antes de empezar a hablar:
Hola, me llamo…
Y un nombre. Solo un nombre. Sin apellido.
El sacristán apagó la luz.