Capítulo 11. Paso doce #3
—Le dije que preguntara por mí —dijo, muy bajo—. A la hermana. El martes. Que si quería hablar con alguien, preguntara por mí. —Tragó saliva—. Mañana voy a ir a verla, señor. Si a usted le parece bien.
⁂
Fuimos el viernes por la tarde, a la salida del instituto.
Toby y yo, en el Escort de la brigada, que olía a tabaco viejo y a bocadillo de huevo.
Aparcamos al final de la calle de los Mensah, junto a una cabina, con el motor apagado y la calefacción también, porque la calefacción del Escort olía a goma quemada.
—Vaya usted solo —le dije.
Toby se volvió hacia mí. Se le pusieron rojas las orejas antes que la cara.
—¿Yo solo, señor?
—A mí me tiene miedo. Soy un hombre mayor que sale en los periódicos y que sabe mirar.
A usted no le tiene miedo. Usted le dijo en una escalera que preguntara por usted.
—Miré la calle mojada, las cortinas de encaje blancas de la casa de los Mensah—.
No le pregunte nada. Siéntese y espere. Si quiere hablar, hablará.
Si no quiere, se toma el té que le pongan y se viene.
—¿Y si habla?
—Entonces no la interrumpa. Ni para pedirle perdón.
Toby tragó saliva. Se secó las manos en el pantalón. Se bajó del coche, se colocó la corbata, que le quedaba torcida, y echó a andar calle abajo con aquel traje de su padre que le sobraba de hombros, y le vi llamar a la puerta, y le vi esperar, y le vi entrar.
Tardó cincuenta y tres minutos. Los conté.
Cuando volvió, se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta despacio, sin hacer ruido, como se cierra la puerta de un cuarto donde duerme un enfermo. Tenía la cara gris. La libreta en la mano, cerrada. No la abrió.
—Bebía —dijo—. Abena. Desde primero de enfermería.
Vodka, porque no huele. Lo metía en una botella de agua mineral y se lo bebía en el autobús, a la vuelta de las guardias de noche del hospital, para poder dormir de día.
—Miraba al frente, al parabrisas empañado—.
Efua la encontró una mañana de agosto en el baño, en el suelo, con la cabeza al lado del váter.
Le limpió el vómito. No se lo contó a nadie.
Ni a sus padres. Su padre… —Se detuvo—. Su padre es predicador.
Dice desde el púlpito que la bebida es la puerta del diablo.
No dije nada. Esperé.
—En octubre empezó a ir a reuniones. Los lunes.
A las siete y media, en el salón de la iglesia de St Aidan, en Roundhay Road.
—Toby tragó saliva—. Alcohólicos Anónimos, señor.
Se lo dijo a Efua y la hizo jurar sobre la Biblia de su padre que no se lo diría a nadie.
Que era anónimo. Que si se enteraba su padre se moría.
Efua cumplió. Hasta hoy. —Se le quebró la voz, un poco—.
Me ha preguntado si la van a mandar al infierno por haber roto el juramento.
—¿Y qué le ha dicho usted?
—Que no. —Se secó la nariz con el dorso de la mano—. Que si alguien va a ir al infierno no va a ser ella. Perdón. No sé si podía decirle eso.
—Podía.
Se quedó callado. Fuera, empezó a llover otra vez, fino, y las gotas se fueron juntando en el parabrisas y bajando en hilos.
—Hay otra cosa —dijo—. Efua dice que Abena estaba mejor.
Mucho mejor. Que en noviembre llevaba ya cuarenta y tantos días sin beber y los contaba.
Que tenía a alguien que la ayudaba. Un padrino, lo llamaba.
Así lo dicen ellos, en las reuniones. Un padrino.
—Me miró, por fin—. No le dijo cómo se llamaba.
Le dijo que era un señor mayor, muy amable, que la llamaba por teléfono a casa de una amiga para ver cómo estaba. Que la escuchaba.
Que la escuchaba.
Toby abrió la libreta, por fin, sobre las rodillas. Pasó las hojas hacia atrás, muy deprisa, hojas y hojas con su letra pequeña de colegio, hasta llegar a una que tenía la esquina doblada.
—Los martes de Emma —dijo—. Los círculos del calendario. Y los números del uno al treinta y uno. —Pasó otra hoja—. Los jueves de Joanne. —Otra—. Los miércoles de Marcia, en St Martin. —Me miró—. Y los lunes de Abena.
—Agente Fenn…
—No eran días buenos, señor. —Le temblaba la voz y no paraba de hablar, como Owen cuando se ponía nervioso, como si se le fuera a escapar algo si se detenía—.
Eran días sin beber. Emma llevaba treinta y uno el día que desapareció.
Lo apuntaba a lápiz en la esquina de cada día, como…
—Se calló. Bajó la vista a la libreta—. Como se hace. Ellos los cuentan así. Los días.
No le pregunté cómo lo sabía. Lo supe un rato después.
⁂
A las seis de la tarde, Toby lo contó delante de toda la brigada, de pie junto al corcho, con la libreta en una mano y la otra metida en el bolsillo para que no se le viera temblar.
Antes había hecho una llamada. Una sola, desde el teléfono de su mesa, de espaldas a la sala, en voz baja: a la oficina central de Alcohólicos Anónimos, en York.
No le dieron ni un nombre. No le dijeron quién iba ni quién había ido; no lo dicen nunca, a nadie, ni a la policía, y se lo dijeron con mucha educación y muy claro.
Pero le dieron lo que es público, lo que viene en un folleto que se puede coger en cualquier consulta de médico: la lista de reuniones de West Yorkshire. Días, horas, direcciones.
Otley, martes, siete y media, salón parroquial de la iglesia de All Saints. Armley, jueves, ocho de la tarde, salón parroquial de la iglesia de St Bartholomew. Chapeltown, miércoles, siete y media, salón de la parroquia de St Martin. Harehills, lunes, siete y media, salón de la iglesia de St Aidan.
Toby leyó las cuatro líneas sin levantar la vista de la libreta.
Cuando terminó, la sala se quedó en silencio.
Un silencio completo, de los que solo se oyen en las salas grandes llenas de gente: el zumbido de los fluorescentes, el radiador, el tráfico lejano de la calle.
Alguien dejó una taza encima de una mesa, muy despacio, para no hacer ruido.
—Joder —dijo Owen. Tenía la cara roja—. Joder. Lo tenía apuntado. Los martes, los jueves, los miércoles. Lo tenía apuntado y no…
—Lo teníamos todos apuntado, Hartley —dijo Malcolm desde su terminal, sin volverse. Tecleaba—. Y no solo eso.
Había estado buscando mientras Toby hablaba. Las letras verdes se ordenaban en la pantalla. Leyó en voz alta, con aquella voz plana suya, sin entonación, como quien lee los resultados del fútbol.
—Kelly Ainsworth, Wakefield, 1992: multa por conducir con exceso de alcohol seis meses antes de desaparecer.
Tracey Nolan, Huddersfield, 1993: una noche en el calabozo de Halifax por escándalo en estado de embriaguez.
Natalie Brook, Keighley, enero de este año: la madre declaró que «había tenido problemas con la bebida, pero que estaba mucho mejor».
Lorraine Hebden, Bradford, 1991: dos visitas a urgencias por intoxicación etílica el verano antes.
—Se quitó las gafas—. Estaba todo en la máquina.
En declaraciones distintas, de años distintos, tecleado por gente distinta.
Nadie lo subrayó. La máquina no subraya.
—Ni desconfía —dije.
—Ni desconfía.
Whitlock había escuchado todo desde la puerta de su despacho, con los brazos cruzados. Cuando Malcolm terminó, descruzó los brazos. Se acercó a Toby despacio, entre las mesas, y le puso una mano en el hombro. Toby dio un respingo.
—Bien hecho, Fenn —dijo. Lo dijo con su voz de siempre, correcta, un poco fría, pero le dejó la mano en el hombro un segundo más de lo necesario—. Muy bien hecho.
Toby se puso colorado hasta el cuello. No dijo «perdón». Fue la primera vez que no lo dijo.
Whitlock se volvió hacia la sala.
—Alcohólicos Anónimos —dijo—. Gente rota.
Gente sola, avergonzada, que lo ha perdido todo y que necesita desesperadamente creer en algo, en alguien, en un poder superior, lo llaman ellos.
Que se sienta en una silla plegable y le cuenta su vida a desconocidos.
—Se metió las manos en los bolsillos—. Si yo fuera una secta y quisiera escoger a mis vírgenes, es exactamente ahí donde iría a pescar.
Hubo un murmullo. Owen asentía. Malcolm volvió a ponerse las gafas.
Lo vi pasar por las caras igual que la noche de Bonfire: la idea vieja comiéndose a la nueva, digiriéndola, haciéndola suya.
AA no era la respuesta. AA era el sitio donde la secta encontraba a sus chicas. Todo seguía teniendo sentido.
—Ni una palabra a la prensa —dijo—. Ni una.
Si esto sale en el Courier , mañana no va a ir ni una chica a una reunión en todo West Yorkshire, y van a morirse igual, de otra cosa y más despacio.
Quiero la lista completa de reuniones del condado.
Y quiero gente dentro. Discreta. —Me miró—.
Grey. Tú y la doctora. Sois los únicos de esta sala a los que no conoce ningún borracho de Leeds.
⁂
A las nueve de la noche, Toby y yo estábamos en el salón de la iglesia de St Aidan, en Roundhay Road, con la luz encendida y nadie más.
Nos abrió el sacristán, un hombre pequeño con un cárdigan y unas zapatillas de cuadros, que nos dejó pasar sin hacer preguntas, con las llaves en la mano, y se quedó esperando en la puerta.
El salón era una nave de ladrillo detrás de la iglesia, con el techo de vigas y un suelo de parqué rayado por cincuenta años de sillas.
Olía a polvo, a té frío y a radiador. Las sillas plegables estaban apiladas contra la pared del fondo, en columnas de diez, metálicas, grises.
Encima de una mesa con mantel de hule, un termo grande de té, de los de las parroquias, con su grifo, y un plato con galletas de mantequilla envueltas en film.
Y en la pared, sujeto con chinchetas a un tablón de corcho, entre un cartel de un mercadillo navideño y el horario de un grupo de madres con bebés, un cartel amarillento, con las esquinas abarquilladas.
Los Doce Pasos.
Me acerqué. Toby se quedó atrás, junto a la mesa del té, mirando las sillas apiladas.