El Cartero Capítulo 11. Paso doce #2
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Capítulo 11. Paso doce #2

Esta vez no la abrió nadie de la familia.

Desde lo de Armley, Whitlock había puesto una agente de uniforme en la puerta de cada casa donde faltaba una chica, y fue ella quien le cogió el correo de la mano al cartero, un chaval de veinte años con un anorak rojo de Royal Mail que se quedó en la acera, blanco, con la saca abierta, cuando vio la cara que ponía ella al leer el sobre.

Una factura del gas. Un folleto de una pizzería. Y un sobre de color hueso.

Mr K. Mensah. La letra inclinada. Matasellos de Hebden Bridge, del miércoles.

Tres días.

Cuando Owen colgó el teléfono de la sala de incidentes, se quedó un momento mirando el auricular, como si pudiera volver a sonar y decirle otra cosa. Luego me miró a mí. Ruth me miró a mí. Toby me miró a mí. Malcolm se quitó las gafas.

Yo no me sorprendí. Y eso, aquella mañana, fue lo que más me asustó: no sorprenderme.

Owen escuchó solo el final, por teléfono, con los ojos cerrados, mientras la agente se lo leía desde el recibidor de los Mensah. Mi método. Ya no tenía que pedírselo.

—Midgley Moor —repitió, apuntándolo—. Por encima de Hebden Bridge. «Bajo el espino que se ha quedado solo, junto a la piedra grande».

⁂

Midgley Moor es un páramo alto, al oeste, en el borde del valle del Calder, donde West Yorkshire empieza a parecerse a otra cosa: más negro, más vacío, más viejo.

Brezo pelado por el invierno, turba, montones de piedras que alguien apiló hace cuatro mil años para enterrar a sus muertos y que todavía están allí.

Desde arriba, en un día claro, se ven abajo las chimeneas de las viejas fábricas de Hebden Bridge, metidas en el fondo del valle como dedos en un guante.

Aquel día no se veía nada. Caía aguanieve.

No nieve, no lluvia: aguanieve, esa cosa intermedia, sucia, que no termina de decidirse y que se te mete en los ojos de lado, empujada por un viento que en aquel páramo no ha parado desde que se retiró el hielo.

Tardamos cuarenta minutos en llegar desde el último camino.

El espino estaba solo, como decía la carta, al pie de una roca enorme de arenisca negra, redondeada por el viento, del tamaño de un coche.

El árbol estaba torcido hacia el este, desnudo, con las ramas llenas de espinas negras y unas pocas bayas rojas que nadie se había comido, como gotas.

Y debajo, ella.

La misma postura. La cabeza al norte, los pies al sur, hacia el valle.

Los brazos cruzados sobre el pecho. El girasol, empapado, con los pétalos aplastados por el aguanieve y pegados a las manos.

Un vestido de lana gris perla con botones forrados y cuello blanco.

Medias. Zapatos negros. Las uñas pintadas de rosa pálido.

Los labios, del mismo rosa. La Polaroid, junto a la cadera, dentro de una funda de plástico transparente —eso era nuevo— para que no se mojara.

Y el pelo.

En todas las fotos que nos había dado su familia, Abena Mensah llevaba trenzas.

Trenzas finas, largas, decenas de ellas, recogidas a veces en una cola, a veces sueltas sobre los hombros, con unas cuentas de colores en las puntas que sonaban cuando giraba la cabeza.

En la de la graduación, con el birrete torcido, se le veían las cuentas brillar.

No tenía trenzas.

Alguien se las había deshecho. Una por una.

Y después le había alisado el pelo, con calor, hasta dejarlo liso, brillante, rígido, con la raya a la izquierda y las puntas vueltas hacia fuera a la altura de los hombros.

Y le había puesto encima, sujetándolo hacia atrás, la diadema ancha de terciopelo negro.

Ruth se arrodilló junto a la cabeza. Le apartó el pelo de la nuca con un dedo enguantado, con muchísimo cuidado, como se aparta la hoja de un libro antiguo.

Debajo, en la piel, justo en el nacimiento del pelo, había una quemadura. Pequeña, en forma de media luna, de un color amarillento, seca y dura como el pergamino, sin un solo borde rojo alrededor.

—Tenacillas —dijo Ruth, muy bajo—. Ya estaba muerta: no hay reacción, la piel no se defendió. Se le escaparon. Una vez. —Miró alrededor de la nuca, detrás de las orejas—. Solo una. Con todo ese pelo, solo una. Tardó horas, Grey. Horas.

Me levanté.

No dije nada. Me di la vuelta y caminé hasta la roca de arenisca, cinco pasos, seis, y apoyé la mano abierta en la piedra, que estaba helada y mojada y áspera como la lengua de un gato, y me quedé allí, de espaldas a ella, de cara al viento, con el aguanieve metiéndoseme en los ojos.

Me llevé el índice y el pulgar al entrecejo.

Despacio. Primero mira. Primero mira.

Había mirado. Eso era lo malo. Había mirado y había visto a una chica de veinte años, negra, de Harehills, que cantaba en el coro de su iglesia y llevaba cuentas de colores en el pelo, peinada y vestida como una estudiante blanca de la Universidad de Leeds en el invierno de 1963.

Le había quitado las trenzas para que se pareciera.

Le había planchado el pelo hasta quemarle la nuca para que se pareciera.

Le había quitado todo lo que era suyo, como a Joanne le había quitado las uñas de plástico, para que se pareciera.

A ella.

Y entonces me pasó lo que más miedo me daba en el mundo. Lo que ya me había pasado en el depósito, delante de las pecas de Emma, cuando pensé con mis palabras lo que él había escrito con las suyas.

No la vi a ella.

Lo vi desde él.

Es de noche. Hay una lámpara, una sola, baja, de luz amarilla.

Ella está tumbada boca arriba encima de una sábana limpia, extendida en el suelo, lavada ya, todavía tibia.

Tú te sientas detrás de su cabeza, en un taburete, y le subes la cabeza a tu regazo, con cuidado, como se sube la cabeza de un niño dormido.

Tienes al lado un cuenco de agua templada y un peine de púas finas.

Deshaces la primera trenza. Despacio. Las cuentas de colores se te resbalan entre los dedos y caen en el cuenco, una a una, clic, clic, y se quedan en el fondo, brillando.

Deshaces la segunda. No tienes prisa. Tienes toda la noche, y la noche es tuya, y ella también.

Cuando todo el pelo está suelto, enchufas las tenacillas.

Esperas a que se calienten. Huele a metal caliente y luego a pelo, a pelo quemándose un poco, un olor dulce y sucio que se queda en la habitación.

Le pasas las tenacillas mechón a mechón, de la raíz a las puntas, estirando, como has visto hacer a alguien hace mucho tiempo, y el pelo se va volviendo liso, brillante, obediente, otro. Y en la nuca, una vez, se te escapan.

Le pides perdón. En voz alta.

Y ella no te contesta. Y eso también te gusta.

Abrí los ojos. Tenía la mano abierta contra la roca helada y el aguanieve resbalándome por la cara, y el corazón golpeándome tan fuerte que lo notaba en los dientes.

Él y yo miramos igual. Lo había pensado en el pasillo del depósito, en octubre, con la carta de Emma en la mano.

Ahora era peor. Ahora sabía hacerlo. Sabía meterme dentro de él como me metía dentro de ellas, sin querer, sin poder evitarlo, y lo que encontraba allí dentro no me resultaba del todo desconocido.

Oí pasos detrás de mí, en el brezo. Ruth se paró a mi lado. No me tocó.

—¿Por qué? —dijo.

—Para que se parezca.

—¿A quién?

El viento silbaba en las espinas del árbol. Abajo, en el valle, invisible, sonó la sirena de una fábrica, o de una ambulancia, larga, y se apagó.

—A lo que él quiere ver —dije.

Ruth se quedó callada un momento. Luego sacó la petaca del bolsillo del abrigo, intentó liarse un cigarrillo con los guantes puestos y con aquel viento, no pudo, y la volvió a guardar.

—Eso no es una respuesta, Grey.

—No.

No me preguntó nada más. Volvió junto al cuerpo, se arrodilló otra vez en el brezo mojado y siguió trabajando, y yo me quedé junto a la roca hasta que dejaron de temblarme las manos.

Toby estaba en el sitio donde le había dicho que se quedara, con la libreta protegida de la lluvia dentro de una bolsa de plástico.

No vomitó. Escribió todo el rato, sin parar, con la cara mojada y la boca apretada.

Cuando pasé a su lado, de vuelta, vi lo que estaba escribiendo.

Era una lista de las cuentas de colores que había en la foto de la graduación de Abena: rojas, amarillas, verdes, otra vez rojas. Las estaba contando.

⁂

Leí la carta aquella noche, a las once, en mi mesa de la sala de incidentes, con el flexo y con Abena Mensah ya vista, ya medida, ya fotografiada con su vestido gris y su nuca quemada. Primero el muerto.

Era distinta.

Las de antes hablaban de Dios. La de Emma terminaba con Que Dios la guarde .

La de Joanne decía que no sabía si había Dios, pero que había sol.

Esta, escrita a un hombre que no soltaba la Biblia ni para dormir, no hablaba de Dios más que para escupirle.

Era más larga. Era más íntima, de una intimidad que daba asco: hablaba del cuerpo de Abena como un hombre habla del cuerpo de una mujer a la que ha visto desnuda muchas veces, con detalle, con calma, sin vergüenza.

No había nada que no fuéramos a ver en el depósito.

Pero no era lo mismo verlo que leer cómo lo había mirado él.

Y había una frase, casi al final, que leí tres veces.

Los lunes no iba a estudiar, señor Mensah. Pregúntele a su hija pequeña adónde iba. Ella lo sabe. Lo sabe desde octubre.

Dejé la carta encima de la mesa. Miré el reloj. Las once y veinte.

Al otro lado de la sala, Toby seguía en su mesa, con la libreta abierta y la cabeza entre las manos.

Llevaba allí desde las seis. No se había ido a casa.

No había cenado. Cuando levanté la vista, él también la levantó, y nos miramos por encima de las mesas vacías, de los ceniceros llenos, de las diez, once Polaroids del corcho.

No hizo falta que le enseñara la frase. La había leído antes que yo, por encima del hombro de Owen, a las cinco de la tarde, cuando llegó la fotocopia.