El Cartero Capítulo 11. Paso doce
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Capítulo 11. Paso doce

En homicidios, las malas noticias tienen horario.

Llegan cuando estás dormido, o a punto de estarlo, o cuando por fin, después de tres semanas, te has servido el segundo bourbon y has puesto un disco.

Llegan por teléfono. Y el teléfono, a esas horas, suena distinto: más alto, más largo, como si supiera lo que lleva dentro y tuviera prisa por soltarlo.

—Harehills —dijo Owen, sin saludar. Hablaba deprisa, muy deprisa—.

Una estudiante de enfermería. Veinte años.

Salió de casa a las siete menos diez para ir a un grupo de estudio y no ha vuelto.

El padre llamó a las once. La compañera del grupo de estudio dice que no hay ningún grupo de estudio desde septiembre.

—¿Cómo se llama?

—Abena. Abena Mensah.

Me levanté. Levanté la aguja del disco. Miles Davis se calló a mitad de una nota, y el silencio que dejó en el salón fue peor que la nota.

—Voy para allá.

⁂

A la una menos veinte, la sala de incidentes tenía las luces encendidas y olía a café recalentado y a sueño.

Malcolm había venido con un jersey de punto encima del pijama, se le veía el cuello de rayas azules por debajo, y tecleaba con los ojos hinchados.

Toby estaba de pie junto al corcho, con la libreta abierta y el pelo aplastado de un lado, como si hubiera salido de la cama corriendo y no se hubiera mirado en ningún espejo.

Ruth llegó cinco minutos después que yo, con el abrigo encima de un jersey de cuello alto y el pelo suelto, y se lio un cigarrillo nada más cruzar la puerta, sin quitarse los guantes.

Whitlock llegó a la una y diez.

Venía afeitado. Con el traje gris, la camisa blanca y la corbata anudada hasta arriba, el pelo peinado con la raya en su sitio, como si en lugar de sacarle de la cama le hubieran sacado de una cena de gala. Se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero, alisó las mangas.

—¿Usted no se acuesta nunca, jefe? —dijo Owen.

—A mi edad, Hartley, uno duerme poco y mal. —Se metió un caramelo en la boca—. Cuéntame.

Owen se lo contó, de pie delante del mapa, deprisa, con el capuchón del bolígrafo entre los dientes.

Abena Mensah, veinte años, segundo curso de enfermería.

Vivía con sus padres y con una hermana pequeña en Harehills, en una de las calles Bayswater, junto a Roundhay Road.

Los lunes por la noche iba a estudiar a casa de una compañera, una tal Grace, en Roundhay.

Eso decía en casa. Grace decía que el grupo de estudio se había acabado en septiembre, cuando empezaron las prácticas en el hospital, y que llevaba dos meses sin ver a Abena fuera de clase.

El dueño de una tienda de kebab de Roundhay Road, que estaba bajando la persiana, la había visto pasar a las nueve y cinco, sola, andando hacia su casa, con una carpeta apretada contra el pecho. Diez minutos de su casa. Nunca llegó.

—Sin novio —terminó Owen—. Familia muy religiosa. El padre es predicador laico en una iglesia metodista de ghaneses, en Roundhay Road. La madre es comadrona en el St James. La hermana tiene diecisiete años.

Whitlock escuchó con las manos en los bolsillos, mirando el mapa, la chincheta roja nueva que Malcolm acababa de clavar en Harehills, casi pegada a la de Chapeltown, como dos gotas de sangre que se han caído una al lado de otra.

—Lunes por la noche —dijo—. Una chica religiosa que miente a sus padres sobre dónde va los lunes por la noche. —Se volvió hacia nosotros—. Quiero saber dónde estaba entre las siete y las nueve. Mañana a primera hora, puerta por puerta, desde la casa de esa Grace hasta la tienda de kebab.

Malcolm se levantó de la terminal, cogió el rotulador rojo de la repisa de la pizarra nueva, la que habían puesto el lunes en lugar de la que yo había rajado con la silla, y se quedó delante de ella con el capuchón quitado.

Le vi dudar. Luego volvió a ponerle el capuchón al rotulador, lo dejó en la repisa y se sentó otra vez delante de la pantalla.

No escribió ninguna fecha. Nadie se lo pidió.

⁂

La casa de los Mensah estaba en una de esas calles de Harehills que bajan en fila hacia Roundhay Road, todas iguales, de ladrillo rojo, con la puerta pegada a la acera y un número pintado en el cristal de encima.

La de los Mensah tenía las cortinas de encaje más blancas de toda la calle y una pegatina pequeña en la ventana de la puerta: Dios es amor .

Fuimos el martes a las diez, Owen, Toby y yo.

Nos abrió una agente de enlace con las familias, la misma chica de uniforme que había estado en casa de Patricia Lister, con la misma cara de no haber dormido, y nos hizo pasar a un salón pequeño, limpísimo, que olía a cera, a especias y a algo dulce, como a pan de plátano.

En las paredes había versículos de la Biblia enmarcados, bordados a punto de cruz.

Encima del aparador, extendida como un mantel, una tela de colores vivos, amarillo, verde y naranja, tejida en tiras.

Fotos: Abena con el uniforme del colegio, Abena en una graduación con un birrete torcido, Abena de niña en una playa con palmeras, riéndose con los ojos cerrados.

Kofi Mensah estaba de pie en el centro del salón.

Era un hombre alto, de cincuenta y tantos años, con las sienes grises, el traje oscuro de los domingos y una Biblia en la mano derecha, cerrada, que no abrió en toda la mañana pero que tampoco soltó.

Su mujer, Ama, estaba sentada en el sofá con el uniforme azul de comadrona todavía puesto; había venido directamente del turno de noche del St James y nadie le había dicho que se cambiara, o nadie se había atrevido.

Tenía las manos juntas en el regazo, muy quietas, unas manos grandes, firmes, de las que sacan niños al mundo.

Y en la escalera, sentada en lo alto de la escalera con las rodillas juntas, había una chica de diecisiete años con el uniforme del instituto, el pelo recogido en un moño apretado y la vista clavada en sus zapatos.

Se estaba arrancando el esmalte de las uñas con la uña del pulgar, uña por uña, en silencio.

No levantó la cabeza en todo el tiempo que estuvimos allí.

—Mi hija no bebe —dijo Kofi Mensah antes de que nadie le preguntara nada.

Tenía una voz grave, de púlpito, con un acento suave de Ghana que convertía las erres en algo parecido a una caricia—.

No fuma. No tiene novio. No va a discotecas.

Mi hija va a la iglesia dos veces cada domingo, canta en el coro y estudia los lunes por la noche con su amiga Grace, en Roundhay.

—Su amiga Grace dice que no, señor Mensah —dijo Owen, con mucho cuidado.

—Entonces su amiga Grace miente.

Lo dijo sin levantar la voz, con una certeza tranquila, absoluta, como se dice que el sol sale por el este. Owen me miró. Yo no dije nada.

Ama Mensah levantó la vista hacia mí. Tenía los ojos secos, enrojecidos, con los párpados hinchados de no haber llorado.

—Usted es el de los periódicos —dijo—. El que mira.

—Solomon Grey, señora Mensah.

—¿Cuántos días, señor Grey? —No le tembló la voz—. En los periódicos dicen que siete. A la chica de Armley la encontraron a los cinco.

La sala se quedó en silencio. Kofi Mensah apretó la Biblia contra el muslo. En la escalera, la chica dejó de arrancarse el esmalte.

Podría haberle dicho que no lo sabíamos. Que cada caso es distinto. Que no había que perder la esperanza. Tenía todas esas frases en la boca, gastadas de tanto usarlas, como monedas viejas.

—Menos —dije.

Ama Mensah asintió despacio. No apartó los ojos de los míos.

—He traído al mundo a más de cuatrocientos niños, señor Grey —dijo—.

He visto morir a algunos. Sé cuánto tarda la gente en irse cuando ya no hay nada que hacer.

—Se alisó la falda del uniforme sobre las rodillas, con las dos manos—.

Gracias por no mentirme. Mi marido se lo agradecerá también. Más adelante.

Kofi Mensah no dijo nada. Se dio la vuelta y se quedó mirando por la ventana, a través de las cortinas de encaje, con la Biblia en la mano, la calle mojada donde no pasaba nadie.

Al salir, Toby se quedó un momento parado en el recibidor, junto a la escalera.

La chica seguía sentada en lo alto de la escalera.

Toby subió tres peldaños, despacio, y se sentó uno por debajo de ella, lo justo para que sus caras quedaran a la misma altura, y le dijo algo en voz muy baja que no oí.

Ella no levantó la vista. Pero dejó de arrancarse el esmalte.

—¿Qué le ha dicho? —le pregunté en la calle.

Toby se puso colorado. Primero una oreja y luego la otra.

—Que si quería hablar con alguien, preguntara por mí. —Se secó las manos en el pantalón—. Perdón. No sé por qué lo he hecho. Me ha parecido que…

—Le ha parecido bien, agente Fenn. Ha hecho bien.

El Courier de la tarde llevaba en portada una foto de Abena con el uniforme de enfermera, sonriendo, con un titular de cinco centímetros: EL CARTERO SE LLEVA A UNA ENFERMERA.

Debajo, firmado por Vincent Shaw, dos columnas sobre las sectas solares, los druidas y las vírgenes del sol.

Nadie dijo nada en la sala de incidentes.

Nadie tiró el periódico contra la pared. Ya ni siquiera eso.

El miércoles se buscó en los parques de Roundhay, en el lago, en los solares de Harehills, en los garajes abandonados detrás de las tiendas.

Se llamó a todas las puertas de Roundhay Road.

Nadie había visto nada. Una chica negra, sola, con una carpeta contra el pecho, a las nueve de la noche de un lunes de noviembre en Harehills, no es algo que nadie se quede mirando.

Aquella noche no dormí. Me senté al escritorio de mi madre con el flexo verde encendido y la ventana abierta, a pesar del frío, como si así fuera a oír algo.

No oí nada. Solo el radiador, y la lluvia, y la señora Pryce, que a las dos de la mañana se puso a cantar un himno en el piso de abajo, con la voz rota, sin saber la letra.

⁂

La carta llegó el jueves 23 de noviembre a las ocho y veinte de la mañana, con el primer reparto.