Capítulo 10. Chapeltown #5
Y luego me enseñó en el segundo tomo de la conquista del Perú un grabado de un templo con un sol de oro en la pared, enorme, con cara, con rayos, y me dijo que los incas creían que eran hijos del sol, y que había leído en un libro viejo que las sacerdotisas del sol llevaban girasoles de oro prendidos en el pecho.
—El profesor Penrose dice que es mentira —susurró—. Que en el Perú ni siquiera crecían girasoles. Pero a mí me gusta más la mentira. Son mis flores preferidas, ¿sabes? Los girasoles. No les da vergüenza mirar.
Me lo dijo riéndose. No volví a pensar en ello en treinta y dos años.
Hasta octubre.
⁂
Hablamos cinco o seis veces aquel invierno y aquella primavera.
Siempre en la biblioteca, siempre los sábados, siempre en susurros, en la punta de la mesa de roble, junto al radiador que silbaba, con el bibliotecario chistándonos desde el mostrador.
Nunca fuera. Fuera había nieve, y luego barro, y luego una ciudad donde un chico negro de Chapeltown y una chica blanca de la universidad no podían ir juntos por la calle sin que alguien se volviera a mirarlos, o algo peor.
Ella me hablaba de los incas y de su cartero.
Yo la escuchaba. Y la miraba. La miraba demasiado.
No voy a contar todavía lo que pasó en mayo. Ni en julio. Ni lo que nos prometimos.
El 21 de septiembre de 1963, un sábado, mataron a Clara Whitfield.
La encontraron tumbada boca arriba, con las manos juntas sobre el pecho y un girasol entre ellas.
Me lo dijo un policía con la cara a un palmo de la mía, en una sala sin ventanas, a las tres de la madrugada, con el aliento oliendo a whisky y a tabaco, preguntándome una y otra vez por qué se lo había puesto yo.
Nunca encontraron a quien lo hizo. Nunca supe quién era su cartero.
Nunca se lo pregunté a nadie, porque cuando se lo dije a aquel policía, a las tres de la madrugada, se rio en mi cara.
⁂
Owen paró el Cavalier delante de mi portal a las cuatro y media. Ya era casi de noche. Las farolas de Burley se habían encendido y la de enfrente de mi ventana zumbaba, naranja, con un halo de humedad alrededor.
No apagó el motor. No me preguntó nada. Se quedó mirando al frente, con las manos en el volante, esperando a que me bajara, con aquella paciencia que no sé dónde había aprendido.
Y yo me quedé sentado, con la mano en la manija de la puerta, sin bajarme, pensando en un sobre.
El domingo de Bonfire, en el recibidor de Dean Fairclough, cuando incliné hacia la bombilla el sobre color hueso y vi el sello limpio, intacto, sin matasellos, dije: «Hoy es domingo».
Era verdad. Era domingo, y los domingos no hay correo, y era lo único que podía decir en voz alta en aquel recibidor.
Pero no era lo que estaba pensando.
Lo que estaba pensando era que treinta y dos años después, el cartero de Clara Whitfield había vuelto a repartir. Y que esta vez, aunque cada carta llevara el nombre de una madre, de un novio, de un padre, yo sabía muy bien a quién se las estaba escribiendo.
Abrí la puerta del coche. El frío entró de golpe.
—Gracias, Owen —dije.
Se volvió hacia mí. Tardó un momento en darse cuenta.
—Me ha llamado Owen.
—Es su nombre, ¿no?
No contestó. Pero cuando cerré la puerta y el coche arrancó, le vi por la ventanilla, a la luz naranja de la farola, sonriendo solo, con la amapola torcida en la solapa, como sonríe alguien a quien le acaban de dar algo que todavía no se atreve a mirar delante de nadie.
Subí los veintiocho peldaños despacio, con la llave en la mano y el olor de Mama Joy’s todavía en la gabardina.
Desde el último rellano, antes de meter la llave, vi la raya de luz por debajo de mi puerta.
Me quedé quieto. Verde. La luz verde del flexo del escritorio de mi madre, la única lámpara de la casa con la pantalla de ese color. Por la mañana no la había encendido; había salido a las nueve y media, con luz de día, con Owen tocando el timbre. Estaba seguro. Estaba casi seguro.
La dejaste anoche. Te dormiste en la silla con la carpeta abierta y la dejaste encendida.
Abrí.
El piso estaba como lo había dejado. Las tazas en el fregadero. Los discos de mi padre en su caja. Los papeles en sus dos montones, uno boca arriba y otro boca abajo, bajo el flexo encendido. Nada fuera de su sitio. Nada.
Salvo la silla.
La silla de mi madre estaba separada del escritorio, a un metro, girada hacia la puerta. Hacia mí. Como si alguien se hubiera sentado en ella, con las manos en las rodillas, a esperar mirando la puerta por la que yo iba a entrar.
Revisé el piso entero. El dormitorio, el baño, detrás de la cortina de la bañera, dentro del armario, debajo de la cama, como un crío.
El cajón de la derecha seguía atascado; tuve que tirar hacia arriba y hacia fuera, con el golpe seco.
La foto estaba dentro, debajo de las gafas, donde la había dejado el miércoles. No faltaba nada. No sobraba nada.
Volví a poner la silla en su sitio y me senté en ella. Estaba fría. Me dije que la había girado yo, anoche, al levantarme. Que había dejado yo el flexo encendido. Me lo dije muchas veces, hasta que se hizo de día.
No conseguí acordarme de ninguna de las dos cosas.