El Cartero Capítulo 10. Chapeltown #4
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Capítulo 10. Chapeltown #4

La vi por primera vez el primer sábado de enero.

Una chica de mi edad, o algo mayor, con un abrigo de paño azul, una bufanda de la universidad dada dos vueltas al cuello y una diadema ancha de terciopelo negro que le sujetaba el pelo hacia atrás, un pelo castaño claro, liso, con las puntas vueltas hacia fuera a la altura de los hombros.

Llegaba a las dos y cuarto, siempre a las dos y cuarto, porque la biblioteca de la universidad cerraba los sábados a mediodía.

Se quitaba los guantes con los dientes. Sacaba de la bolsa un cuaderno de tapas rojas, dos lápices y una goma, y los colocaba en fila delante de ella, y pedía en el mostrador siempre los mismos libros: libros de viajes de ingleses del siglo pasado por los Andes, con grabados de montañas y de templos y de hombres con plumas, y una historia de la conquista del Perú en dos tomos que pesaban como ladrillos.

Leía moviendo los labios cuando una palabra le costaba.

Se apoyaba el lápiz en el labio de abajo cuando pensaba.

Se colocaba la diadema con un dedo cada vez que pasaba una página, aunque no se le hubiera movido.

Tenía las uñas mordidas. No se pintaba. Una vez, en febrero, se quedó dormida sobre el segundo tomo de la conquista del Perú, con la mejilla encima de un grabado de Atahualpa, y se despertó con la marca de la página en la cara, y miró alrededor muerta de vergüenza, y yo bajé la vista a mi libro justo a tiempo.

Yo me fijaba en todo eso. Ya entonces me fijaba en todo.

Y me fijé en los sobres.

Cada dos sábados, más o menos, sacaba de la bolsa un sobre de color hueso, ya abierto, y lo metía dentro del libro, y leía la carta escondida entre las páginas, como leen los niños en misa los tebeos.

Y se reía. O se ponía colorada hasta el cuello y se reía después.

Desde mi punta de la mesa, a tres metros, al revés, se veía la letra: inclinada, ordenada, antigua, de tinta muy oscura, una letra de las que ya no se enseñaban ni entonces.

Seis sábados estuve mirándola sin decirle una palabra.

El séptimo, el 16 de febrero, levantó la vista de la carta y me pilló.

No la bajó. Se quedó mirándome por encima del libro, con la carta todavía dentro, con los ojos muy abiertos, divertidos, castaños, con unas motas verdes cerca de la pupila que no le había visto hasta entonces porque nunca había estado tan cerca.

Luego cogió sus cosas, se levantó, recorrió los tres metros de mesa con el abrigo azul debajo del brazo y se sentó en la silla de enfrente de la mía. El bibliotecario levantó la cabeza.

—¿Siempre mira así a la gente? —me dijo, en un susurro.

Yo tenía diecisiete años y no había hablado nunca con una chica blanca de la universidad. Se me secó la boca.

—Solo a la que se ríe sola en las bibliotecas.

Se tapó la boca con la mano para no reírse otra vez. El bibliotecario chistó. Ella se inclinó sobre la mesa, hacia mí, bajando todavía más la voz.

—Llevas seis sábados mirándome. Los he contado.

—Yo también.

—Me miras demasiado, ¿sabes?

—Lo sé. Lo siento.

—No he dicho que me moleste. —Sacó el sobre de dentro del libro y lo dejó encima de la mesa, entre los dos, con la mano encima—. ¿Sabes qué es esto?

—Una carta.

—Es de mi cartero.

No entendí. Se lo vio en la cara y se rio otra vez, sin ruido, con la cabeza echada hacia atrás, sujetándose la diadema con un dedo para que no se le cayera. Fue la primera vez que la vi reírse así. La he visto reírse así, desde entonces, cada noche de mi vida.

—No sé quién es —dijo—. Me escribe desde septiembre.

Una carta cada semana o cada dos. No firma nunca.

Me escribe cosas preciosas: lo que llevaba puesto el martes, lo que estaba leyendo en el autobús, cómo me queda la diadema, cosas que no sé cómo sabe.

—Bajó todavía más la voz, como quien cuenta un secreto de colegio—.

Y llegan a la residencia con el correo de la mañana, con su sello y todo, pero sin matasellos.

Ni uno. Como si no hubieran pasado por ninguna oficina de correos.

Como si me las trajera alguien en persona, de madrugada, y las metiera con las demás. Por eso le llamo mi cartero.

Giró el sobre hacia mí. La letra inclinada. La tinta oscura. Mi nombre no estaba, claro; estaba el suyo. Miss C. Whitfield.

—¿Y no te da miedo? —pregunté.

—¿Miedo? —Me miró como si hubiera dicho una tontería—. Es lo más bonito que me ha pasado en la vida. Alguien me mira tanto que me escribe lo que ve. —Se guardó el sobre en el libro—. Como tú. Pero tú no escribes.

Se llamaba Clara. Clara Whitfield. Tenía diecinueve años, era hija de un farmacéutico de Ilkley, la habían educado las monjas de Notre Dame y estudiaba religiones antiguas en la universidad porque le habían dicho que era lo que menos le serviría para casarse.

Me lo contó todo aquel primer sábado, en susurros, a toda velocidad, como hablan las personas que llevan mucho tiempo sin tener con quién hablar de verdad, mientras el bibliotecario nos chistaba cada diez minutos desde el mostrador.

—¿Y tú?

—Solomon.

—¿Solomon? —Abrió mucho los ojos—. ¿Como el rey sabio?

—Mi madre tenía esperanzas.

—¿Y cómo te llama la gente que te quiere?

Nadie me había preguntado eso nunca. Tardé en contestar.

—Mi padre me llama Sol.

—Sol. —Lo probó en la boca, despacio, como se prueba algo de comer que no se conoce—. Como el sol. Me gusta. Te voy a llamar Sol.