Capítulo 10. Chapeltown #3
Owen me miró. No sabía que yo sabía eso. Yo tampoco sabía muy bien cuándo lo había sabido; una noche, junto a la máquina del café, entre una patada y otra.
—¿Y su madre?
Me quedé mirando el mirador. La cortina naranja se movió, un poco, como si alguien hubiera pasado por detrás.
—Mi madre era maestra en Kingston. Aquí limpiaba casas.
Casas grandes, en Roundhay, de las de jardín con cedro y criada fija, para señoras que la llamaban por el nombre de pila y le hablaban muy despacio, como se le habla a un niño o a un extranjero.
Ella les contestaba con un inglés mejor que el suyo y seguía fregando.
—Mastiqué el chicle—. Y les cogía los libros.
—¿Les robaba?
—Les pedía prestados. Sin pedirlos, casi siempre.
Las casas de Roundhay tenían bibliotecas enteras, paredes de libros encuadernados en piel que nadie había abierto nunca, que estaban allí porque quedaban bien con las cortinas.
Mi madre se llevaba uno el viernes, metido en la bolsa de la compra, debajo de las patatas, y lo devolvía el lunes envuelto en papel de estraza, sin una mancha, sin una esquina doblada, a su sitio exacto en la estantería.
En treinta años nadie se dio cuenta. —Sonreí, sin querer—.
Por las noches los leíamos juntos en la mesa de la cocina, con una lámpara de queroseno porque la luz era cara.
Dickens. Las Brontë, que eran de aquí, de Haworth, a veinte millas, y que a mi madre le parecían unas pobres chicas que necesitaban un marido y un buen médico.
Conan Doyle. Y un domingo, cuando yo tenía catorce años, Crimen y castigo .
—Eso no lo he leído.
—Un estudiante mata a una vieja con un hacha porque se cree superior a ella.
Y después se pasa seiscientas páginas sin poder vivir consigo mismo.
—Me encogí de hombros—. Cuando lo terminé, le dije a mi madre que a ese hombre había que colgarlo, y que yo, si fuera policía, lo colgaría con mis propias manos.
Ella cerró el libro. Me miró por encima de las gafas, con la cara que ponía en la escuela de Kingston cuando un niño decía una tontería, y me dijo: «Antes de juzgar a alguien, Solomon, entiende qué le pasó».
Owen tardó un segundo.
—La pizarra —dijo—. La noche que fui a verle. Lo escribió en la pizarra.
—Era de ella.
—No lo dijo.
—No lo digo nunca.
Nos quedamos callados. Pasó un autobús por la calle de atrás; lo oímos frenar, resoplar, arrancar.
—Así que por eso se hizo policía —dijo Owen—. Por su madre y por su padre. Uno para entender y el otro para joder a los hijos de puta.
Lo miré. Tenía la cara mojada, el pelo pegado a la frente, las pecas oscurecidas por el frío.
Había juntado las dos piezas él solo, sin que yo se las diera, y me lo devolvía con la sencillez con que se le devuelve a alguien una cartera que se le ha caído.
Era más listo de lo que todos pensaban en aquella brigada. Más listo de lo que pensaba él.
También estaba equivocado. Le faltaba una pieza. La más importante.
—Algo así —dije.
⁂
Comimos en un sitio de Chapeltown Road que se llamaba Mama Joy’s, aunque Mama Joy había muerto en 1987 y ahora lo llevaba su yerno, un hombre enorme y callado de Montego Bay con un delantal blanco que le llegaba a medio muslo.
Seis mesas de formica, una nevera de refrescos con la puerta de cristal, un cartel escrito a mano con los platos del día y un olor a pimienta de Jamaica, a tomillo, a cebolla y a aceite de coco que se me metió en la nariz nada más abrir la puerta y me devolvió de golpe a la cocina de mi madre, a la lámpara de queroseno, a los libros robados.
Pedí cabra al curry con arroz y guisantes, plátano frito y una cerveza de jengibre. Owen pidió lo mismo, porque no sabía qué pedir. El yerno de Mama Joy nos dejó en la mesa un bote de salsa naranja, sin etiqueta.
—Yo de usted no —le dije a Owen.
—¿Por qué?
—Porque es pimiento scotch bonnet, sargento, y usted es de Castleford.
No me hizo caso. Echó un buen chorro por encima del arroz con la seguridad de los hombres de veintinueve años, y se metió una cucharada en la boca, y durante unos segundos no pasó nada.
Después se puso rojo. Después se puso morado.
Después empezó a sudar por la frente, por el cuello, por las orejas, con los ojos llenos de lágrimas, y se bebió la cerveza de jengibre de un trago, y luego la mía, mientras el yerno de Mama Joy lo miraba desde detrás del mostrador con una satisfacción profunda y silenciosa, como se mira un trabajo bien hecho.
—Hijo de puta —consiguió decir Owen, con la voz rota—. Hijo de la grandísima puta.
Me reí. No me había reído así desde hacía años: de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, hasta que me dolió el pecho. Dos viejos que jugaban al dominó en la mesa del fondo se rieron también, sin saber de qué, y uno de ellos le dijo a Owen algo en patois que no voy a traducir.
Cuando se le pasó, Owen se quedó un rato mirando el plato, con la cara todavía roja, respirando por la boca.
—Mi padre casi no me habla desde el ochenta y cuatro —dijo, de pronto, sin levantar la vista—.
Ya se lo conté. Lo que no le conté es por qué entré yo.
—Movió el arroz con el tenedor—. En junio del ochenta y cuatro, en el piquete de la puerta del pozo, vi a un policía de Londres, uno de esos de la Met con el casco sin número, pegarle a mi padre en la cabeza con la porra.
Tres veces. Mi padre estaba en el suelo.
Yo tenía dieciocho años y estaba detrás de una valla, y no hice nada.
—Dejó el tenedor—. Entré en la academia dos años después.
Mi padre dice que me pasé al otro lado. Yo no me pasé a ningún lado.
Pensé que alguien tenía que ser policía y no ser como ese. Nada más. Una tontería.
—No es ninguna tontería, sargento.
—Ya. —Se rio, sin ganas—. Usted dice eso de todo.
—Solo de las tonterías que lo son.
Pagué yo. Owen protestó, y le dije que era mi barrio, y que en mi barrio pagaba el que tenía más canas.
Al salir, el yerno de Mama Joy me dio la mano por encima del mostrador y me dijo, sin sonreír, que su suegra hablaba de mi madre.
Que decía que Esther Grey era la única mujer de Chapeltown que leía en el autobús.
Fuera había dejado de llover. El cielo estaba blanco y bajo, como un techo recién encalado, y la calle brillaba.
Caminamos hacia el coche sin prisa. En la esquina de Chapeltown Road había una parada, con una marquesina de cristal y un banco, y cuando llegamos a su altura bajaba la cuesta un autobús crema y verde, de dos pisos, con el letrero luminoso encendido.
El número dos. Ciudad. Estación.
Me paré. Owen siguió andando dos pasos antes de darse cuenta, y se volvió.
El autobús frenó en la parada, abrió las puertas con un bufido, se tragó a una señora con un carrito de la compra, y volvió a arrancar. Lo vi alejarse cuesta abajo, hacia el centro, haciéndose pequeño, como se había hecho pequeño Owen en la marquesina la primera noche.
—¿Señor Grey?
—Mi padre conducía ese autobús —dije—. Y yo lo cogía todos los sábados del invierno del sesenta y tres para ir a la biblioteca.
No dije nada más. Owen tampoco. Abrió el coche, me esperó, y cuando me senté, puso la radio muy bajo y condujo despacio todo el camino de vuelta, sin hablar, como se lleva en un coche a alguien que viene de un entierro.
⁂
El invierno de 1963 fue el más frío que se recuerda en Inglaterra.
Empezó a nevar el día después de Navidad y no paró hasta marzo.
Se helaron los ríos. Se helaron las tuberías dentro de las paredes y reventaron, y en Chapeltown las familias bajaban con cubos a una fuente de la calle que alguien mantenía abierta con un brasero.
Se helaba el agua en el cubo antes de llegar a casa.
Faltaba carbón. En nuestra cocina, de noche, mi madre leía con el abrigo puesto y los guantes de lana sin dedos, y el aliento le salía en nubecitas sobre las páginas de los libros robados.
Mi padre acababa de empezar en los autobuses, después de lo de la mano, y volvía cada noche con la cara gris y las cejas blancas de escarcha, como un viejo, aunque no tenía ni cuarenta y cinco años.
Yo tenía diecisiete. Trabajaba de mozo en el almacén de la fábrica de Burton, en Hudson Road, la fábrica de trajes más grande del mundo, según decía un cartel en la puerta: cargaba rollos de tela de lunes a viernes y el sábado hasta la una.
Por las noches iba a una escuela nocturna a preparar unos exámenes que mi madre decía que me abrirían puertas y que mi padre decía que me abrirían las mismas puertas que a él, pero con más educación.
Y los sábados por la tarde cogía el número dos.
A veces lo conducía mi padre. Me cobraba el billete.
Decía que el autobús no era suyo y que no iba a robarle a la corporación ni un penique, ni por su propio hijo, y me miraba por el espejo, muy serio, mientras yo me sentaba en el piso de arriba, y yo sabía que estaba orgulloso de algo, aunque nunca supe de qué.
La biblioteca central estaba en el centro, en un palacio victoriano de piedra negra pegado al Ayuntamiento, con escalinatas, columnas, suelos de mármol y un vestíbulo forrado de azulejos de colores como el interior de una bombonera.
La sala de lectura estaba en el primer piso.
Era alta, con ventanales, con mesas de roble largas como bancos de iglesia y lámparas de pantalla verde, y tenía unos radiadores de hierro que silbaban y que, aquel invierno, eran el sitio más caliente de Leeds.
Iban a calentarse los viejos, los peones de las obras paradas por la nieve, los borrachos que el bibliotecario echaba a las cuatro.
Iba yo. Me sentaba al fondo, junto al radiador, con un libro abierto, y leía hasta que cerraban, y al salir la noche me cortaba la cara como una cuchilla.
Ella se sentaba en la otra punta de mi mesa.