Capítulo 10. Chapeltown #2
No sé si alguna vez han estado ustedes dos minutos de pie en silencio en el cuarto de delante de una madre a la que le mataron a la hija, delante de la foto de esa hija y de la foto del padre de esa madre, que fue a defender un país que después le pidió el pasaporte.
Son más largos que dos minutos. Owen tenía la cabeza baja y movía los labios; creo que rezaba, o contaba.
Yo miraba el diente torcido de Marcia Campbell en la foto, el mismo que el de su abuelo, y pensaba que en algún sitio de West Yorkshire, en aquel mismo momento, un hombre educado, con las manos muy limpias, también estaba de pie, en silencio, guardando sus dos minutos con todo el respeto del mundo.
El reloj siguió andando. Fuera, el hombre del abrigo se puso la gorra y siguió caminando.
Nos sentamos.
—Tu madre me enseñó a leer —repitió Hyacinth Campbell, como si no hubiera pasado nada, como si los dos minutos fueran una cosa más de la casa, como el tapete de la televisión—.
Llegué en el cincuenta y seis, con trece años.
En Kingston había ido a la escuela, pero aquí me pusieron en la clase de los tontos, porque hablaba raro y porque era lo que hacían con nosotros.
Tu madre lo supo, no sé cómo. Me cogió del brazo un domingo a la salida de la iglesia y me dijo: «Tú vienes a mi cocina los domingos por la tarde».
Y fui. Éramos seis o siete. Nos sentaba a la mesa de la cocina, en vuestro piso de arriba, con una lámpara, y nos hacía leer en voz alta libros que no eran suyos.
Libros de casas buenas, con el nombre de otro en la primera página.
—Me miró—. Tú estabas en el cuarto de al lado, haciendo como que no escuchabas. Eras un niño muy raro.
—Lo sigo siendo, señora Campbell.
No sonrió. Pero algo se le aflojó en los hombros, un poco, lo justo.
—Pregunta lo que hayas venido a preguntar, Solomon.
Me incliné hacia delante. El plástico crujió.
—En los meses antes de desaparecer, ¿había alguien nuevo en la vida de Marcia? No un novio. Alguien que la escuchara. Alguien a quien le contara cosas.
Hyacinth Campbell se quedó muy quieta.
—Nadie me ha preguntado eso nunca.
—Lo sé. Se lo pregunto yo.
Miró la foto de su hija durante un rato largo. Cuando habló, lo hizo más bajo, y con un acento que se le había ido acercando a Kingston a medida que hablaba, como si la voz se fuera volviendo a casa sola.
—Marcia bebía. —Lo dijo como se confiesa un pecado ajeno—.
Como su padre. Desde los diecisiete. Ron, vodka, lo que hubiera.
Lo escondía en el armario, en botellas de champú.
Yo lo sabía. Rezaba. El pastor rezaba. No sirvió de nada.
—Se alisó la falda sobre las rodillas—. Y el último otoño cambió.
Dejó de beber. Así, de golpe. Empezó a ir a reuniones los miércoles por la noche, en el salón de la parroquia de St Martin, la iglesia de los ingleses.
Yo creí que había vuelto a Dios. No era nuestra iglesia, pero era una iglesia.
Le di gracias al Señor de rodillas, ahí, en esa alfombra.
Owen escribía. Le oía el bolígrafo rascar el papel.
—Y me habló de un hombre. Una vez. Una sola.
—Hyacinth Campbell frunció el ceño—. Me dijo que había conocido a alguien que la estaba ayudando a ponerse derecha.
Un señor mayor. Blanco. Muy educado. Que la escuchaba como nadie la había escuchado nunca.
Le pregunté cómo se llamaba y se rio y me dijo que no podía decírmelo, que era una cosa de ellos, que lo había prometido.
—Levantó los ojos hacia mí—. Pensé que era un predicador.
Uno de esos ingleses de la iglesia de St Martin.
Me alegré, Dios me perdone. Me alegré de que un hombre blanco y educado se hubiera fijado en mi niña.
Nadie dijo nada. La lluvia golpeaba el cristal del mirador. En la vitrina, la vajilla buena brillaba, intacta.
—La carta —dije—. La que recibió usted. ¿Había algo en ella que solo pudiera saber Marcia?
Hyacinth Campbell cerró los ojos.
—Decía que cantó. —Abrió los ojos—. Que cuando tuvo miedo, cantó.
Amazing Grace . Que la cantó entera, todas las estrofas, y que tenía una voz preciosa, y que al final la cantaba muy bajito, para ella sola.
—Se le quebró la voz por primera vez en toda la mañana, y la recompuso enseguida, como se recoge del suelo una taza que no ha llegado a romperse—.
Marcia cantaba en el coro de pequeña. Cuando tenía miedo de noche, de las tormentas, de su padre cuando volvía borracho, se metía debajo de las mantas y cantaba Amazing Grace bajito para que yo no la oyera.
Yo la oía siempre. Desde el pasillo. Nunca se lo dije.
Se levantó. Fue hasta la radiogramola, cogió el marco de plata con la foto de su hija y lo puso derecho, aunque ya estaba derecho.
—Ese hombre la oyó cantar, Solomon —dijo, de espaldas a nosotros—. La última vez que mi niña cantó en este mundo, la oyó él. Y no yo.
⁂
En la puerta, mientras Owen bajaba los escalones hacia el coche, Hyacinth Campbell me cogió del brazo. Exactamente igual que Penrose en la escalera del sótano, tres días antes, con la misma fuerza inesperada en los dedos.
—Tu madre estaría orgullosa de ti —dijo—. Y avergonzada de que no hayas venido nunca a verla al cementerio.
—Lo sé.
—Está al lado de tu padre. En Harehills. Hay una piedra con los dos nombres y siempre hay malas hierbas. —Me soltó el brazo—. Coge al que lo hizo. Y después ve a arrancarlas.
Cerró la puerta azul. La mano de latón de la aldaba se quedó temblando un momento contra la madera.
⁂
Owen me esperaba apoyado en el Cavalier, fumando de espaldas a la casa, con la mano ahuecada. Al verme bajar tiró el cigarrillo a la alcantarilla y se metió un caramelo en la boca, como si yo no supiera nada.
—«Un señor mayor» —dijo—. «Blanco. Muy educado».
—Lo he oído.
—La florista dijo mayor. Y ahora esta señora. Y el perfil dice de veinte a treinta y cinco. —Se pasó la mano por el pelo mojado—. Y los miércoles. Reuniones los miércoles, en una parroquia. Emma tenía los martes rodeados en el calendario. Joanne mentía con los jueves.
—Apúntelo todo, sargento. Tal cual. Sin sacar conclusiones.
—Ya está apuntado. —Me miró—. ¿Y usted? ¿Saca conclusiones?
—Yo saco conclusiones desde 1964. Por eso no me fío de ninguna.
No arrancó el coche. Se quedó mirando la calle, las puertas de colores, la lluvia en los charcos, los críos que jugaban al fútbol al final de la acera con un balón que había perdido el aire.
—¿Me la enseña? —dijo.
—¿El qué?
—Su casa. Donde vivía. —Se encogió de hombros, sin mirarme—. Si no le molesta.
Me molestaba. Iba a decirle que no. Tenía la frase preparada, educada, vacía, de las de siempre. Y entonces pensé en Hyacinth Campbell diciéndome que siempre había malas hierbas en la piedra de mis padres, y no la dije.
—Está a cuatro manzanas —dije—. Vamos andando.
⁂
La casa seguía allí. Las casas siguen siempre, es lo que tienen; somos nosotros los que nos vamos.
Era una de aquellas villas de lana, de tres plantas, con un porche de dos columnas y una escalinata de seis peldaños desgastados en el centro como el escalón de una iglesia.
Alguien había pintado la puerta de rojo, hacía mucho, y la pintura se había ido levantando en escamas.
En el jardín delantero, donde mi madre intentó durante tres veranos que crecieran tomates, había un colchón empapado y una bicicleta sin ruedas.
Tenía seis timbres junto a la puerta, seis nombres escritos a mano en trozos de cinta adhesiva.
En el tejado, una antena parabólica gris, nueva, apuntando al sur, como un girasol de chapa.
—El segundo —dije—. El del mirador de arriba.
Owen levantó la vista. La ventana del mirador tenía una cortina de flores naranjas y una pegatina del Leeds United en una esquina del cristal, por dentro.
—Desde ahí me gritaba mi madre que frenara con los pies.
Yo aprendí a montar en bici en esta acera, con una bici de segunda mano que mi padre compró por cinco chelines a un hombre de Harehills.
Tenía el sillín demasiado alto y no llegaba al suelo.
Me caí delante de esa farola once veces.
—Señalé la farola. Era otra; la de entonces era de gas—. Las conté.
—Claro que las contó.
No sé por qué empecé a hablar. Quizá porque Owen no me preguntó nada. Se quedó a mi lado en la acera, con las manos en los bolsillos del anorak y la amapola chorreando, mirando la ventana, y esperó, como se espera a que un animal salga de la madriguera.
—Llegamos en marzo de 1954 —dije—. El día que cumplí nueve años.
Mi madre y yo, en barco hasta Southampton y en tren hasta Leeds.
Mi padre había venido dos años antes, a preparar la casa.
Nos esperaba en el andén de la estación con un abrigo que le habían prestado y un ramo de narcisos que había comprado en el mercado y que se le habían helado por el camino.
Mi madre se echó a llorar. Yo pensé que era por los narcisos.
Tardé años en entender que lloraba por todo lo demás.
»Mi padre trabajaba entonces en una fundición de Hunslet.
Volvía a casa negro, con los ojos rojos, oliendo a hierro quemado, y se lavaba en la pila de la cocina con una pastilla de jabón de sosa que le dejaba la piel como papel de lija.
Por la noche hablaba de política. Por la mañana no hablaba.
—Me metí un chicle en la boca—. Aquella casa era de un señor judío que se había ido a vivir a Moortown.
Nos alquilaba el segundo piso, dos habitaciones y una cocina, por tres libras a la semana.
Era un buen hombre. Los otros caseros, los ingleses, ponían carteles en las ventanas.
No se admiten negros, ni irlandeses, ni perros.
—No le diga eso a la doctora Kavanagh —dijo Owen—. Que nos tira la casa abajo.
—La doctora Kavanagh lo sabe mejor que usted, sargento. Su padre trabajó en Inglaterra antes de abrir la carnicería en Cork. Se lo pregunta un día.