El Cartero Capítulo 10. Chapeltown
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Capítulo 10. Chapeltown

Durante veintiséis años de policía me las arreglé para pisar Chapeltown lo menos posible.

No era fácil. Chapeltown está a dos kilómetros del centro, colina arriba, y en los setenta y los ochenta media comisaría acababa allí cada fin de semana: peleas a la salida de los blues, redadas en casas donde se vendía ron sin licencia, coches ardiendo en el verano del ochenta y uno, chicas de catorce años haciendo la calle en Spencer Place mientras los clientes daban vueltas a la manzana con los faros apagados.

Cuando me tocaba, mandaba a otro. Cuando no podía mandar a otro, iba, hacía lo que tenía que hacer sin levantar la vista y me volvía con las ventanillas subidas.

Nadie me preguntó nunca por qué. Supongo que todos daban por hecho que a un inspector negro no le apetecía detener a los suyos. Era más cómodo dejar que lo pensaran.

—Para usted —dijo, tendiéndomela—. Hoy es once.

Me la puse. Se quedó mirando cómo me la prendía en la solapa de la gabardina, con el alfiler, torcida, y no dijo nada, pero se le notaba en la cara que la habría puesto él mejor.

La idea había sido mía, y Whitlock la había aprobado el jueves con un gesto de la mano, sin levantar la vista de los papeles, como se aprueba una petición de vacaciones.

Si a Emma Lister la escuchaba alguien, y a Joanne Pickering también, había que volver a todas las familias, a las diez, y preguntarles lo que nadie les había preguntado.

No dónde estaba el novio aquella noche. No si su hija tomaba drogas.

Si había alguien nuevo en su vida. Alguien que la escuchara.

Que lo hagan los que sobren , había dicho Whitlock, la prioridad son los grupos .

Y Owen había cogido la lista y se había quedado una sin preguntar a nadie.

—Marcia Campbell —dijo en el coche, mientras bajábamos por Burley Road hacia el centro con los limpiaparabrisas a medio gas—. Me la he pedido yo.

—¿Por qué?

—Porque es su barrio.

—¿Y quién le ha dicho a usted cuál es mi barrio, sargento?

—Bill Royce. —Tamborileó con los dedos en el volante—. Y su expediente de personal. Lo he mirado. Perdone.

—No se disculpe. Es usted policía. Lo raro sería que no lo hubiera mirado. —Miré por la ventanilla las casas adosadas pasando, una detrás de otra, iguales, con la lluvia resbalando por la pizarra de los tejados—. ¿Y qué más dice mi expediente?

—Nacido en Kingston, Jamaica. Marzo del cuarenta y cinco.

Domicilio a los dieciocho años: Chapeltown.

Ingreso en el cuerpo: septiembre del sesenta y cuatro.

—Se lo sabía de memoria. Me miró de reojo—.

Y una nota a mano de un sargento de la academia, de hace treinta años, que dice: «Inteligente. Callado. Demasiado callado».

—Un hombre con buen ojo, ese sargento.

—Está muerto.

—Casi todos los hombres con buen ojo lo están, sargento. Es lo que tiene mirar mucho.

Owen se rio por la nariz y no dijo nada más hasta Sheepscar.

⁂

Chapeltown empieza donde se acaba el centro y la carretera empieza a subir, y se nota enseguida, aunque nadie te avise.

Las calles se ensanchan. Las casas crecen.

Son villas victorianas de tres y cuatro plantas, de ladrillo rojo ennegrecido, con escalinatas, miradores, columnas en el porche y jardines delanteros que fueron de rosas, construidas hace cien años por los comerciantes de lana y los médicos de Leeds para vivir lejos del humo.

Cuando el humo llegó también hasta allí, se fueron más arriba, a Roundhay, a Moortown, y dejaron las casas a los judíos que venían del East End y de Polonia.

Cuando los judíos prosperaron, se fueron también.

Y entonces llegamos nosotros. Las villas se partieron en pisos, los pisos en habitaciones, las habitaciones en camas, y en cada ventana de cada mirador se puso un hornillo, una cortina de colores y una familia.

Aquel sábado el barrio tenía su cara de siempre por la mañana: una panadería con los cristales empañados y una cola de señoras con gorro de lana esperando el pan dulce, un puesto de discos con el reggae a todo volumen bajo un toldo goteando, dos viejos con gorra jugando al dominó en una mesa plegable dentro de un portal, golpeando las fichas contra la madera con un ruido de disparos.

Una iglesia pentecostal instalada en una antigua capilla metodista, con el nombre nuevo pintado a mano encima del viejo, que todavía se leía debajo.

Solares vacíos donde había habido casas, con hierba y somieres.

Y la lluvia, que en Chapeltown es la misma que en el resto de Leeds, aunque en 1954, la primera vez que la vi, me pareció que caía solo allí.

La calle de los Campbell era corta, de casas adosadas más pequeñas, de dos plantas, con la puerta pintada de un color distinto cada una. La de los Campbell era azul turquesa, recién pintada, y tenía una aldaba de latón en forma de mano a la que alguien sacaba brillo cada mañana.

Nos abrió una mujer de cincuenta y pocos años, alta, muy derecha, con el pelo recogido en un pañuelo de seda morado y unas gafas de montura dorada colgadas de una cadena. Llevaba un vestido negro, de domingo, aunque era sábado. Miró a Owen. Luego me miró a mí, y no dejó de mirarme.

—Señora Campbell —dijo Owen—. Soy el sargento Hartley, de la policía de West Yorkshire. Este es el señor Grey, que colabora con…

—Ya sé quién es. —No apartó los ojos de mí—. Tú eres el hijo de Esther Grey.

No lo preguntaba.

—Sí, señora.

—Solomon. —Lo dijo despacio, saboreando las tres sílabas, como se dice el nombre de alguien a quien se ha conocido en pantalón corto—. Solomon Grey. Tu madre me enseñó a leer.

Owen me miró. Yo no supe qué cara poner.

—Pasad —dijo Hyacinth Campbell—. Y limpiaos los pies, que acabo de fregar.

⁂

Nos hizo pasar al cuarto de delante.

En todas las casas jamaicanas de Inglaterra que yo conocí de niño había un cuarto de delante, y era siempre el mismo, como si lo hubieran traído todos en el mismo barco.

El sofá y los dos sillones con fundas de plástico transparente que crujían cuando te sentabas.

La vitrina con la vajilla buena, la que no se usaba nunca, ni en Navidad, por si acaso.

Los tapetes de ganchillo en los brazos de los sillones, en la mesita, encima de la televisión.

Las flores de plástico. El tocadiscos de mueble, una radiogramola de madera brillante con el tapete encima y un jarrón encima del tapete.

La Última Cena, en un cuadro con el marco dorado.

Y fotos, muchas, en todas las superficies: bodas, bautizos, graduaciones, una abuela muy seria en un porche de madera en algún sitio con palmeras.

Olía a cera de muebles y a ambientador de lavanda.

Hacía frío; aquel cuarto no se calentaba más que para las visitas importantes, y no habían tenido tiempo.

Me senté en el sofá y el plástico crujió debajo de mí exactamente igual que en 1954, en casa de los Bennett, la primera Navidad que pasamos en Inglaterra.

Encima de la radiogramola, en el centro, en un marco de plata, había una foto de Marcia.

La misma de la carpeta: las trenzas, la sonrisa enorme, el diente un poco torcido.

Y a su lado, más pequeña, en blanco y negro, la foto de un hombre joven, negro, muy delgado, con un uniforme de la Real Fuerza Aérea y la gorra ladeada, sonriendo a la cámara con la misma sonrisa y el mismo diente.

—Mi padre —dijo Hyacinth Campbell al ver que la miraba—.

Vino de Kingston en el cuarenta y cuatro, voluntario, a defender a la madre patria.

Mecánico de Lancaster en Lincolnshire. Cuando acabó la guerra le dieron una medalla y un billete de vuelta.

Volvió en el cuarenta y ocho con el Windrush , y esta vez la madre patria le miró en el muelle como se mira a un extranjero que trae barro en los zapatos.

—Se sentó en el sillón de enfrente, muy derecha, con las manos juntas sobre las rodillas—.

Marcia tenía su sonrisa. Y su diente. Él no se lo arregló nunca. Ella tampoco quiso.

Owen había sacado la libreta. La sostuvo sobre la rodilla sin escribir nada.

—Señora Campbell —empezó—, sé que ya habló con nosotros hace dos años y que…

—Hablé con vosotros, sí. —Le cortó sin levantar la voz—.

Vinieron dos. Un sargento con bigote y uno más joven, como tú.

Se sentaron ahí mismo, donde estáis sentados.

Me preguntaron si mi hija tenía novio. Les dije que no.

Me preguntaron si tomaba drogas. Les dije que no.

Me preguntaron si tenía amigos en Spencer Place.

—Hizo una pausa. Se le endureció la boca—.

¿Sabes lo que me estaban preguntando, sargento?

Owen se puso colorado. Primero el cuello, luego las orejas.

—Sí, señora.

—Porque era negra y era de Chapeltown, me preguntaron si mi niña era una puta. —Lo dijo despacio, con todas las letras, mirando a Owen a los ojos, y luego me miró a mí—. A ti también te preguntarían cosas así, cuando eras joven. Seguro.

No contesté. No hacía falta.

Un reloj de pared, encima de la puerta, dio las once.

Hyacinth Campbell se levantó. No dijo nada; no hizo falta.

Se puso de pie con las manos juntas delante del vestido negro, mirando la foto del aviador, y Owen y yo nos levantamos también, y el plástico del sofá crujió al soltarnos.

Fuera, en la calle, alguien apagó una radio.

Un coche se paró. Por la ventana vi a un hombre con un abrigo de lana quedarse quieto en mitad de la acera, con la gorra en la mano, bajo la lluvia.

Dos minutos.