El Cartero Capítulo 9. El champi #3
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Capítulo 9. El champi #3

—Pero, jefe —dijo Owen, con el capuchón entre los dientes—, si el que lo robó en el sesenta y tres es el mismo… ahora tendrá cincuenta y tantos. Por lo menos. —Me miró—. Es lo que decía el señor Grey desde el principio. Que era mayor.

—O lo heredó —dijo Whitlock—. Las reliquias pasan de mano en mano, Hartley. Es lo que hacen las sectas. Por eso duran.

Owen asintió despacio. Tenía sentido. Todo lo que decía Whitlock tenía sentido.

Yo estaba sentado en mi mesa, con las manos quietas encima de las fotos de los hematomas, sin moverme.

No había abierto la boca desde que había bajado la escalera del sótano.

Toby se acercó al cabo de un rato con un vaso de té de la máquina y me lo dejó delante sin decir nada, con un azucarillo al lado, aunque yo no tomaba azúcar.

—¿Grey? —Whitlock me miraba desde la puerta de su despacho—. ¿Estás bien? Tienes mala cara.

—Cansado.

—Vete a casa temprano. —Volvió a meterse dentro—. Mañana te necesito despierto.

⁂

Ruth me alcanzó en el pasillo, junto a la máquina del café, cuando ya me estaba poniendo la gabardina.

No dijo nada al principio. Le dio una patada a la máquina en el costado, en el sitio de siempre, y la máquina soltó un vaso vacío y un chorro de café que cayó fuera, en la rejilla. Se quedó mirándolo.

—¿Qué pasó en septiembre de 1963, Grey?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque cuando el viejo ha dicho la fecha se te ha ido toda la sangre de la cara. —Me miró, por fin—. Y yo de sangre sé un poco.

Me abroché la gabardina. Botón por botón, de abajo arriba, sin prisa, mirando los botones.

—Nada que tenga que ver con esto.

Ruth Kavanagh se quedó un momento callada, con aquellos ojos grises fijos en los míos. Luego sacó la petaca de tabaco del bolsillo y empezó a liarse un cigarrillo, sin dejar de mirarme.

—Ajá —dijo.

⁂

No me fui a casa. Me fui al Black Swan.

Eran las cinco de la tarde y ya era de noche.

El pub estaba casi vacío: dos viejos jugando al dominó junto a la chimenea apagada, un chaval con mono de pintor metiendo monedas en la tragaperras, que parpadeaba y pitaba como una ambulancia en miniatura.

La moqueta se me pegaba a las suelas. Frank estaba detrás de la barra secando vasos con un trapo que había sido blanco en otra década, y cuando me vio entrar cogió la botella de bourbon de la estantería sin decir nada y me sirvió uno, sin hielo, y lo empujó hacia mí sobre la madera.

Me senté en el taburete de siempre, al final de la barra, debajo de la radio.

En la radio, después del parte del tráfico, una voz de mujer dijo que la policía de West Yorkshire no descartaba la implicación de un grupo organizado en los asesinatos del llamado Cartero, y que el inspector jefe Graham Whitlock había pedido a la población que comunicara cualquier actividad sospechosa de carácter esotérico o ritual. Luego pusieron una canción de Oasis.

Frank me miró por encima del vaso que estaba secando. En cinco años no le había oído decir más de veinte palabras seguidas.

—Sectas —dijo.

—Sectas —dije.

Negó despacio con la cabeza, una vez, y siguió secando.

Me bebí el bourbon en dos tragos. Frank me sirvió otro sin preguntar. No me lo bebí. Me quedé mirándolo, el líquido ámbar quieto en el vaso, con la luz de la tragaperras temblando dentro, roja, verde, roja, como los cohetes del domingo en la cara de Joanne Pickering.

Septiembre de 1963.

Pagué y me fui.

⁂

Encendí el flexo. No me quité la gabardina.

Tiré del cajón hacia arriba y hacia fuera, con el golpe seco, y se abrió con su quejido de siempre.

Las gafas estaban donde las había dejado el domingo, encima de la foto, con las patillas plegadas, mirando hacia arriba, como un animalito dormido.

Las aparté. No me las puse. No me hacían falta para lo que tenía que ver.

Saqué la fotografía.

El dorso me lo sabía de memoria. Lo había visto mil veces en treinta y dos años, en el fondo de todos los cajones donde había estado guardada, cada vez que buscaba un sello, una factura, las llaves del trastero: un rectángulo amarillento, con los bordes dentados, y en el centro, a lápiz, con una letra redonda, de colegio de monjas, que el tiempo había ido borrando como borra la lluvia una pintada:

Para S., que me mira demasiado. Agosto de 1963.

Le di la vuelta.

Era una foto pequeña, en blanco y negro, un poco desenfocada por un lado, como todas las fotos que hace alguien que no sabe hacer fotos.

Una escalinata de piedra, ancha, delante de una puerta con columnas.

Sol de verano, de tarde, que caía de lado y dejaba una mitad de los escalones en sombra y la otra mitad blanca.

Y sentada en el escalón de en medio, en la mitad del sol, una chica de diecinueve años, con una rebeca clara abrochada hasta arriba, una falda por debajo de la rodilla y un libro apretado contra el pecho con los dos brazos, como se aprieta algo que alguien te quiere quitar.

Se reía. Con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Se reía de algo que yo le había dicho y que no recuerdo, y que daría lo que me queda por recordar. Y con un dedo de la mano derecha, sin soltar el libro, se sujetaba la diadema para que no se le cayera.

Una diadema ancha. De terciopelo negro.

La foto se la hice yo.