El Cartero Capítulo 9. El champi #2
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Capítulo 9. El champi #2

Ruth se puso los guantes, cogió la última hoja de acetato y la apoyó con cuidado sobre la cabeza de bronce de la primera, haciendo coincidir el agujero central con la cruz que había marcado en el calco.

Las puntas coincidían.

No más o menos. Coincidían, una a una, como coincide una llave con su cerradura. Ruth no dijo nada. Se quedó mirando la hoja con la boca un poco abierta. Luego me miró a mí.

Penrose me tendió unos guantes de algodón blancos.

Cogí el champi por el mango. Pesaba más de lo que parecía, un kilo, quizá algo más, todo concentrado en la cabeza, de modo que al levantarlo la maza tiraba hacia abajo sola, como si quisiera caer.

No hacía falta fuerza. Eso fue lo primero que pensé.

Bastaba con levantarla y dejarla caer. El bronce haría el resto.

Pensé en el esternón de Emma Lister. En la piel, que no es papel, que se hincha, se mueve y se defiende.

En Joanne Pickering contando los golpes en voz alta, uno, dos, tres, cuatro, como quien cuenta los peldaños de una escalera a oscuras.

Lo dejé en la bandeja.

—¿Hacían sacrificios? —preguntó Owen. Hablaba más deprisa que de costumbre—. Los incas. Con esto.

—Con esto mataban enemigos, sargento. —Penrose cerró la vitrina con mucho cuidado—.

Para los sacrificios había otras cosas. La capacocha, la llamaban.

Escogían a niños, los más hermosos, los más perfectos, sin una marca en la piel.

Los vestían con ropa nueva, los peinaban, los llevaban en procesión desde todos los rincones del imperio hasta Cuzco, y desde allí, a las cumbres de las montañas más altas.

A algunos los mataban de un golpe. Otros, dicen las crónicas, eran enterrados vivos.

Owen dejó de morder el bolígrafo.

—¿Por qué?

—Eran mensajeros. —El audífono silbó—. Los enviaban a hablar con los dioses en nombre del pueblo. Iban a llevar un mensaje.

La bombilla del fondo zumbaba. Ruth se había quitado un guante y se frotaba con el pulgar el dedo donde ya no había anillo.

—¿Y mujeres? —pregunté—. ¿Chicas?

—Las acllas. Las escogidas. —Penrose me miró otra vez de aquella manera, un momento más de lo normal—. Muchachas apartadas de sus familias para servir al sol. Tejían su ropa, cocinaban su comida, cuidaban de su fuego. Las llamaban las vírgenes del sol. Algunas acababan también en la montaña.

—Las entierra vivas —dijo Owen, muy bajo, como si acabara de entenderlo todo de golpe—. Joder. Las entierra vivas y luego…

—Y luego las desentierra —dijo Ruth.

Penrose se quitó las gafas y las limpió con el borde de la rebeca.

—Eso no lo hacían los incas, doctora —dijo—. Eso lo hace su hombre.

⁂

Ruth había vuelto a mirar la bandeja de terciopelo. Señaló un sitio, a la derecha de las dos mazas, donde el verde del terciopelo era un poco más oscuro que el resto. Una sombra alargada, con una mancha redonda en un extremo, como la silueta que queda en la pared cuando quitas un reloj.

—Ahí había otra —dijo.

Penrose tardó en contestar. Se volvió a poner las gafas, despacio, encajándoselas en las orejas con las dos manos.

—Había tres —dijo—. Hasta 1963.

No sé qué cara puse. No me la vi. Pero noté cómo me bajaba la sangre de la cabeza, de golpe, como cuando te levantas demasiado deprisa de una silla, y tuve que apoyar una mano en el canto de la vitrina.

—Lo echaron en falta un lunes por la mañana —siguió Penrose, mirando el hueco del terciopelo—.

El 23 de septiembre. Me acuerdo porque era mi cumpleaños.

Cumplía cuarenta y seis. La vitrina estaba cerrada con llave, y la llave estaba en su sitio, en mi cajón.

No habían forzado nada. Vino la policía, un sargento muy amable y muy aburrido, tomó notas, dijo que sería una broma de estudiantes, que aparecería en el jardín de alguna residencia el día menos pensado, con un gorro de lana puesto.

—Se encogió de hombros—. No apareció nunca. Treinta y dos años.

Se quedó callado. El audífono silbó, muy fino.

—Fue un otoño muy malo para este departamento —dijo, más bajo.

Y no dijo nada más. Cerró la vitrina, giró la llave, comprobó dos veces que estaba cerrada tirando de la puerta de cristal, y apagó las bombillas una por una, empezando por el fondo, mientras nosotros esperábamos en el pasillo.

Yo fui el último. Me quedé en el umbral, de espaldas a la colección, mientras las bombillas se iban apagando detrás de mí, una tras otra, clic, clic, cada vez más cerca, y la oscuridad avanzaba por la sala como agua que sube por un sótano. La última se apagó a medio metro de mi nuca.

Durante un segundo no se vio nada. Nada en absoluto. Oscuridad de cosa enterrada, con el olor a alcanfor y a polvo metiéndoseme en la garganta. Y en esa oscuridad, muy cerca, justo detrás de mi oreja, oí el silbido del audífono de Penrose. Fino. Agudo. Mucho más cerca de lo que esperaba.

No me moví. No respiré.

Luego, desde la escalera, bajó por los peldaños la luz gris de Lyddon Terrace, y vi al profesor a mi lado, pequeño, encorvado, cerrando con llave la puerta de la colección, como si no hubiera pasado nada.

Ruth no me miraba a mí. Miraba mi mano, la que había apoyado en la vitrina. Me la metí en el bolsillo.

⁂

En la escalera del sótano, mientras Owen y Ruth subían delante hacia la calle, Penrose me cogió de la manga de la gabardina. Tenía los dedos finos y fríos, y más fuerza de la que parecía.

—Le conozco —dijo.

—Doy clase aquí, profesor. Los martes y los jueves por la noche. Habrá coincidido conmigo en el aparcamiento.

—No. —Me miraba desde abajo, dos escalones más abajo, con aquellos ojos azules que no habían envejecido—. De antes. De mucho antes.

—Se confunde.

—Puede ser. —Me soltó la manga—. A mi edad uno confunde los nombres, inspector. Las caras, no. Las caras se quedan.

Subí la escalera sin volverme. Arriba, en la calle, había empezado a llover.

⁂

A las doce y media, Whitlock nos escuchó con la puerta del despacho abierta y media brigada apiñada en el umbral.

Owen se lo contó, deprisa, con las manos, mordiendo el capuchón entre frase y frase: el champi, el bronce, Inti, el jardín de oro, la capacocha, los niños enterrados vivos en las montañas, los mensajeros, las vírgenes del sol. Y el robo. Septiembre de 1963. Treinta y dos años.

Whitlock no se movió mientras le escuchaba. Tenía las manos juntas encima de la mesa. Cuando Owen terminó, se quedó callado unos segundos. Luego se levantó, salió del despacho y se paró delante del corcho, delante de las diez Polaroids, de espaldas a nosotros.

—Una reliquia —dijo—. Un objeto sagrado robado hace treinta y dos años. Y alguien que lo ha guardado durante todo ese tiempo, como se guarda una cosa santa, esperando el momento. —Se volvió—. Eso no es un loco solo, señores. Eso es una tradición. Eso es un grupo.

—Una secta —dijo alguien desde el fondo.

—Las vírgenes del sol. —Whitlock señaló la última Polaroid, la de Joanne, con la diadema—.

Chicas escogidas, apartadas de su familia, peinadas, vestidas de nuevo.

Una corona. Os lo dije el domingo. —Se metió un caramelo en la boca—.

Quiero todo lo que tengamos sobre grupos esotéricos en West Yorkshire desde los años sesenta.

Sociedades ocultistas, logias, librerías de esoterismo, cualquier cosa con la palabra «sol» o la palabra «inca».

Quiero saber quién entraba en esa universidad en 1963 con una capa negra.

Hubo risas, cansadas, agradecidas. La sala se encendió otra vez, como el domingo. Teléfonos. Carpetas. Owen ya estaba repartiendo tareas antes de que nadie se las diera.

Malcolm levantó una mano desde su terminal.

—Jefe. Lo lógico sería empezar por los estudiantes de ese departamento en el sesenta y tres. Y los profesores. Y los conserjes. Quien tuviera acceso a la llave.

Whitlock se volvió hacia él.

—Treinta y dos años, Malcolm. La mitad estarán muertos y la otra mitad en Australia.

En 1963 no había ordenadores, y los archivos de la universidad de esa época se los habrá comido la humedad.

No tengo gente para buscar fantasmas. —Puso derecho un montón de carpetas sobre la mesa más cercana—.

Primero, los grupos. Los que existen hoy.

Malcolm se encogió de hombros y se volvió hacia la pantalla.