El Cartero Capítulo 9. El champi
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Capítulo 9. El champi

A las ocho y media de la mañana empujamos el carrito del retroproyector hasta el despacho de Whitlock, por el pasillo, entre las mesas, Ruth delante y yo detrás, como dos camilleros.

Bajamos las persianas. Ruth apiló las treinta y una hojas de acetato y encendió la lámpara.

La estrella apareció en la pared, encima de las menciones enmarcadas, negra, nítida, del tamaño de un plato.

Whitlock la miró sentado en su sillón, con las manos juntas sobre la mesa. Yo estaba de pie a su lado y le oía el caramelo contra los dientes. Tac. Tac. Y luego no. Durante un momento, un momento muy corto, el caramelo se quedó quieto. Después volvió a sonar.

—Un objeto ceremonial —dijo—. Una estrella. El sol. —Se volvió hacia mí—. Tú das clase en la universidad, Grey. Allí tendrán a alguien que entienda de estas cosas. Antropología, arqueología, lo que sea.

—Iré esta mañana.

—Llévate a Hartley. Y a la doctora, que sabe explicar lo de las hojas mejor que tú. —Miró el reloj—. Yo tengo al jefe superior a las diez y al Courier esperando en la puerta.

Ruth apagó el retroproyector. La estrella se fue de la pared y dejó encima de las menciones enmarcadas un rectángulo pálido, como la marca que queda en el papel pintado donde ha estado colgado un cuadro muchos años.

⁂

Arthur estaba en su garita del edificio de Ciencias Sociales con una taza de té y el Yorkshire Post abierto por las carreras. Me vio entrar un miércoles a las diez de la mañana, con un sargento de policía y una mujer con un sobre marrón, y se quitó las gafas.

—Inspector Grey. —Nunca me había llamado de otra manera, en cinco años—. ¿Le han vuelto a llamar, entonces? Ya lo decía yo. A los buenos no los dejan jubilarse.

Le expliqué lo que buscaba sin explicarle nada. Arthur escuchó con los ojos entornados, rascándose la barbilla, y antes de que terminara ya estaba asintiendo.

—Lo que usted quiere es el profesor Penrose.

América del Sur, los incas, todo eso. Emérito.

—Pronunció la palabra con respeto y un poco de lástima—.

Ya no le pagan, pero viene todos los días a las ocho y se queda hasta que le echo.

Tiene el despacho en el sótano de una de las casas de Lyddon Terrace, la del portal verde.

No tiene timbre. Llamen fuerte, que está medio sordo.

Las casas de Lyddon Terrace eran una fila de casas victorianas de ladrillo rojo que la universidad había ido comprando y llenando de departamentos pequeños, de los que no caben en ninguna otra parte.

La del portal verde tenía en la entrada una placa de latón con seis nombres, y el de Penrose era el último, grabado en letras que ya casi no se leían.

Bajamos por una escalera estrecha que olía a polvo, a papel viejo y a tabaco de pipa, y llamamos fuerte.

—¡Está abierto! ¡Siempre está abierto, por Dios!

Alistair Penrose tenía setenta y ocho años y era tan pequeño que, sentado detrás de su mesa, entre torres de libros y cajas de cartón, solo se le veía la cabeza: calva, con dos mechones blancos sobre las orejas, de punta, como una lechuza a la que hubieran despertado de día.

Llevaba una rebeca marrón con quemaduras de pipa en la pechera y un audífono color carne que silbaba cada vez que giraba la cabeza.

Detrás de las gafas tenía unos ojos azules, muy claros, muy rápidos, que no habían cumplido los setenta y ocho años con el resto.

Las paredes estaban cubiertas de tejidos de colores, rojos, naranjas, negros, con dibujos de pájaros y escaleras, y de fotografías en blanco y negro de montañas tan altas que parecían nubes.

En el perchero de detrás de la puerta colgaban una gabardina vieja, color barro, y una gorra de paño gris con el forro descosido.

Sobre una mesita auxiliar, bajo una funda de hule, asomaba el teclado de una máquina de escribir negra, una Remington de antes de la guerra, con una hoja amarillenta metida en el rodillo y escrita hasta la mitad.

Me fijé. Me fijo en todo. No significaba nada: en aquella universidad la mitad de los profesores eméritos seguían escribiendo a máquina libros que no iba a leer nadie.

—Siéntense donde quepan —dijo—. Y hablen alto. Y si son de la universidad para decirme que deje el despacho, ya pueden irse por donde han venido.

—Somos de la policía, profesor.

—Ah. —Pareció aliviado—. Eso es otra cosa.

Ruth sacó del sobre las fotos de los hematomas y la primera hoja de acetato y se las puso delante.

Penrose las miró un momento sin mucho interés.

Luego Ruth sacó la última hoja, una en la que había calcado la estrella entera con los treinta y un hematomas, y la sostuvo en el aire, delante del ventanuco del sótano por el que entraba la luz gris de Lyddon Terrace a la altura de los tobillos de la gente que pasaba.

El profesor se inclinó hacia delante. El audífono silbó.

—Champi —dijo.

Lo dijo sin dudar, como se dice el nombre de un pájaro conocido que se posa en la ventana.

—¿Perdón? —dijo Owen.

—Champi, sargento. Es una palabra quechua.

Quiere decir «metal», «bronce», y también quiere decir esto.

—Señaló la estrella con un dedo torcido, manchado de nicotina—.

Una maza. Una cabeza de bronce, o a veces de piedra, en forma de estrella, con puntas, montada en un mango de madera.

Madera de chonta, normalmente, una palmera tan dura que los indios hacían puntas de lanza con ella.

La llevaban los guerreros del Inca, y los capitanes, y algunos funcionarios, como signo de autoridad.

—Cogió la hoja de manos de Ruth y la miró de cerca—.

No es de las grandes. Puntas cortas, romas, gruesas.

Una pieza buena. Antigua. ¿De dónde han sacado esto?

—De la piel de diez chicas —dijo Ruth.

El audífono silbó. Penrose dejó la hoja encima de la mesa, muy despacio, como se deja una cosa que quema.

—Ya —dijo.

Nadie habló durante un momento. Arriba, en la calle, pasaron unos tacones, y una voz de chica se rio de algo.

—Tiene que ver con el sol, ¿verdad? —dijo Owen, que había sacado la libreta y mordía el capuchón del bolígrafo—. La estrella. Es el sol.

Penrose le miró por encima de las gafas.

—Algunos colegas míos ven en las puntas los rayos del sol, sí.

Inti. —Lo pronunció con cariño, como el nombre de un viejo amigo—.

El sol era el dios más grande del imperio, sargento.

El Inca era su hijo. Los templos del sol tenían las paredes forradas de oro, y en Cuzco había un jardín entero hecho de oro, con las plantas, los animales y los pájaros de oro, para que el sol se viera a sí mismo en algún sitio de la tierra.

—Se encogió de hombros—. Yo no estoy tan seguro de que una maza tenga que significar nada.

Muchas veces una maza es solo una maza. Pero a quien la use le dará igual lo que piense yo.

—¿La tienen aquí? —pregunté—. Una.

Penrose se volvió hacia mí. Me miró un momento más de lo normal. Luego abrió un cajón, sacó un manojo de llaves antiguas atado con un cordón de lana roja y se levantó, apoyándose en la mesa con las dos manos.

Al levantarse rozó con el hombro un marco colgado junto a la puerta, y el marco se torció.

Era una fotografía en blanco y negro, grande, de las de grupo: veinte o veinticinco jóvenes en tres filas sobre una escalinata de piedra, con abrigos y bufandas, sonriendo a la cámara con esa seriedad de las fotos de antes.

En el centro, sentado, un Penrose de cuarenta y tantos años, con más pelo y la misma rebeca.

Abajo, en el paspartú, escrito a tinta con una letra picuda: Seminario abierto de los jueves. Curso 1962-63.

Y en la segunda fila, a la derecha, una chica con una diadema ancha.

No la miré. Me obligué a no mirarla. Miré la fila de arriba, donde un chico más alto que los demás, con traje oscuro, estaba medio vuelto hacia un lado, con la cara tapada por la cabeza del que tenía delante, como si alguien le hubiera llamado en el momento del disparo.

Miré los abrigos. Miré la piedra. Miré cualquier cosa.

Penrose enderezó el marco con dos dedos, despacio, y dejó la yema del índice un momento sobre el cristal, a la altura de la segunda fila. No supe sobre qué cara.

—El mejor curso que tuve —dijo, sin volverse—. Y el peor.

Se guardó las llaves en el bolsillo de la rebeca.

—Vengan.

⁂

La colección estaba en el sótano de la casa de al lado, al que se llegaba por un pasillo subterráneo que unía las dos casas y que alguien, en algún momento, había abierto a golpes de pico en la pared medianera.

Penrose encendió una fila de bombillas desnudas que se fueron prendiendo una detrás de otra, con un chasquido, hasta el fondo.

Era una habitación larga, sin ventanas, con un olor a polvo, a alcanfor y a cerrado que se pegaba a la garganta.

Había vitrinas de madera oscura y cristal a lo largo de las paredes, con cajones debajo, como las de los museos de provincias en los que nadie entra.

Vasijas con caras. Figuritas de llamas de plata.

Telas dobladas. Cordeles de colores con nudos, colgando de un palo como un flequillo.

—La colección Harcourt —dijo Penrose—. Josiah Harcourt, un ingeniero de minas de Barnsley que pasó veinte años sacando plata de Cerro de Pasco y que se trajo medio Perú en los baúles. Se la dejó a la universidad en 1928. Nadie sabía qué hacer con ella, así que me la dieron a mí.

Se paró delante de la última vitrina. Escogió una llave del manojo, la metió en la cerradura y la giró con un chasquido.

Dentro, sobre una bandeja de terciopelo verde desvaído, había dos.

Eran más pequeñas de lo que yo había imaginado.

La cabeza de cada una cabía en la palma de una mano: una estrella de bronce, cubierta de una pátina verdosa, con un agujero en el centro por donde pasaba el mango.

Las puntas eran cortas y gruesas, como los dedos de un recién nacido.

El mango era de una madera casi negra, pulida por el uso de unas manos que llevaban muertas quinientos años, y tenía el largo de un antebrazo.