El Cartero Capítulo 8. Fuera de temporada #3
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Capítulo 8. Fuera de temporada #3

Se quedó en el umbral, con el abrigo puesto y el pelo suelto.

Era la primera vez que la veía con el pelo suelto, sin el lápiz atravesado: le caía hasta los hombros, castaño oscuro, con las canas como hilos de plata en un tejido.

Miró la mesa, las fotos, las hojas de acetato, el rotulador en mi mano.

—¿Qué está haciendo?

Se lo expliqué. Me escuchó sin interrumpir, con la cabeza ladeada. Luego se quitó el abrigo, lo tiró encima de una silla y se sentó a mi lado.

—Así no —dijo, y me quitó el rotulador—. Primero hay que ponerlas todas a la misma escala, o no sirve de nada.

Bajamos a la fotocopiadora del segundo piso, una máquina enorme y caliente que olía a ozono y que tenía un botón de zoom que nadie sabía usar salvo Ruth.

Ampliamos y redujimos cada foto, una por una, midiendo con la regla milimetrada, hasta que todas las escalas coincidieron.

Volvimos arriba con un montón de copias todavía tibias. Y luego calcamos.

Tardamos tres horas.

Ruth calcaba con un rotulador de punta fina, inclinada sobre cada fotocopia con una concentración de relojera, siguiendo con la punta el borde exacto de la mancha, sus picos, sus pequeñas abrasiones.

Yo le pasaba las hojas y le sujetaba las esquinas.

Había que centrar cada calco sobre el punto más oscuro del hematoma, el centro del golpe, y marcarlo con una cruz.

Treinta y una hojas. Hubo hematomas que no valían, de fotos demasiado malas, y los descartamos.

Ella fumaba sin darse cuenta, con el cigarrillo en la comisura y el ojo izquierdo cerrado por el humo.

Yo me golpeaba el muslo con dos dedos sin darme cuenta tampoco, y cuando me daba cuenta paraba, y al rato volvía a empezar.

A las dos y cuarto apagamos las luces.

Ruth encendió el retroproyector. El ventilador arrancó con un zumbido y en la pared blanca del fondo, junto al corcho de las Polaroids, apareció un cuadrado de luz amarillenta.

Puse encima la primera hoja. Un hematoma, ampliado a medio metro, con los bordes temblando.

Luego la segunda encima de la primera, haciendo coincidir las cruces. La tercera. La cuarta.

Al principio no se veía nada. Un enredo de líneas negras, como el dibujo de un niño que ha querido tachar algo.

Pero a medida que las hojas se iban apilando, las líneas que no se repetían se quedaban finas, grises, solas, una de cada, y se perdían unas entre otras como ruido.

Y las que se repetían se iban oscureciendo, superpuestas, una encima de otra, diez veces, veinte veces, como un camino que se marca en la hierba a fuerza de pisarlo.

Con la hoja treinta y uno, en la pared, había una estrella.

No una estrella de dibujo, de cinco puntas perfectas.

Una estrella de verdad, de las que se hacen a martillo: un centro redondo, macizo, del que salían en círculo unas puntas cortas, romas, gruesas en la base, no del todo iguales.

Una estrella como las que pintan los niños cuando intentan dibujar el sol.

—Joder —dijo Ruth.

Nos quedamos mirándola. El ventilador del retroproyector zumbaba.

Por la ventana entraba el naranja de las farolas de la calle y se mezclaba con el amarillo de la luz proyectada, y la estrella flotaba en la pared por encima de nuestras cabezas, negra, nítida, como si alguien la hubiera grabado allí a fuego.

Cogí la primera hoja de la pila, la de Emma Lister, para leer el número de referencia que Ruth había apuntado en una esquina, en letra muy pequeña. Estiré el brazo todo lo que me daba de sí. Entorné los ojos. Lo acerqué. Lo alejé.

Ruth me miraba.

—¿Y tus gafas? —dijo—. ¿Dónde las dejaste?

Era la primera vez que me tuteaba. Lo noté como se nota un escalón en la oscuridad.

—En casa —dije—. Con el señor mayor que las usa.

Se rio. No la había oído reírse hasta entonces.

Era una risa grave, ronca, de fumadora, que se le escapó de golpe, sin permiso, y que se tapó con la mano, como si le diera vergüenza que la oyeran los muertos del corcho.

Luego dejó de reírse y se quedó mirándome, en la penumbra, con la estrella detrás, y durante un momento ninguno de los dos dijo nada, y el silencio cambió de peso.

Mis dedos golpeaban el muslo. Ella los miró. Luego me tendió el cigarrillo, a medio fumar, con la boquilla hacia mí.

Lo miré. Una brasa naranja en la penumbra, a un palmo de mi cara, oliendo a tabaco de hebra y a ella.

—Si lo cojo —dije—, me lo fumo entero.

—Ajá.

Pero esta vez no quería decir que no estaba de acuerdo. Retiró la mano despacio y se lo llevó a la boca, y dio una calada larga, y soltó el humo hacia la estrella.

—Esto no lo venden en ninguna ferretería, Grey —dijo al fin, sin dejar de mirar la pared—. Esto está en un museo.

Apagamos el retroproyector y la estrella se fue de la pared de golpe, como se va un fantasma cuando alguien enciende la luz. Ruth recogió su abrigo, su tabaco, su mechero de gasolina. En la puerta se volvió.

—Buenas noches, Grey.

—Buenas noches, Ruth.

También era la primera vez que la llamaba por su nombre. No dijo nada. Pero se lo noté en la espalda al irse por el pasillo.

Me quedé solo, a oscuras, con treinta y una hojas de acetato en la mano y una palabra dándome vueltas en la cabeza. Museo.

Yo daba clase en una universidad que tenía uno.