El Cartero Capítulo 8. Fuera de temporada #2
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Capítulo 8. Fuera de temporada #2

El mercado de Kirkgate es una catedral. No hay otra forma de decirlo.

Una nave enorme de hierro y cristal, de principios de siglo, con columnas pintadas, arcos, balaustradas y dragones de hierro fundido en las esquinas del tejado, construida por los últimos victorianos, que creían que hasta para comprar coliflores había que levantar la vista al cielo.

Por dentro, debajo de la luz gris que caía de la cúpula, había un laberinto de puestos que olía a todo a la vez: a carne cruda y serrín mojado en la calle de los carniceros, a pescado y hielo, a naranjas, a cebolla frita de los puestos de comida, a cuero, a lana, a tabaco de pipa, a la humedad de mil abrigos mojados.

Los vendedores voceaban los precios con un acento de Leeds tan cerrado que sonaba a otro idioma.

Las palomas se paseaban por las vigas, muy arriba, y de vez en cuando caía una pluma.

—Aquí empezó Marks & Spencer —dijo Toby, mientras nos abríamos paso—. En un puesto. Todo a un penique. Lo pone en una placa.

Lo pensé. Las faldas, los vestidos, las medias, la diadema de terciopelo con la etiqueta dorada. Todo lo que él les ponía había nacido, de alguna manera, aquí, debajo de este techo. No significaba nada. Me lo apunté igual.

El puesto de la señora Moxon estaba en una esquina, entre una mercería y un puesto de huevos, y se anunciaba con un cartel de madera pintado a mano: MOXON — FLORES — DESDE 1952.

Cubos de zinc en gradas, llenos de crisantemos de todos los colores, rosas, claveles, ramas de eucalipto, y en el centro, en un cubo aparte, como un rey en su trono, tres girasoles.

La señora Moxon tendría setenta y tantos años.

Era menuda, con la cara arrugada como una manzana de invierno, un gorro de lana color mostaza y guantes de punto sin dedos, con las yemas negras de tierra y de tallos.

Tenía una radio de transistores encima de una caja, un termo, y un delantal con los bolsillos llenos de cordel, tijeras y gomas. Vio a Toby y se le iluminó la cara.

—¡Si es mi chico de los viernes! Hoy es martes, cariño. ¿Tu madre está bien?

—Está bien, señora Moxon. Gracias. —Toby se secó las manos en el pantalón—. Venimos… Este es el señor Grey. Venimos por una cosa de trabajo.

La señora Moxon me miró de arriba abajo. Le enseñé la tarjeta plastificada de asesor que me había dado Whitlock, que no decía casi nada. Ella no la miró. Miraba los girasoles. Ya sabía por qué veníamos. Lo había leído en el Courier , como todo el mundo.

—Uno solo —dijo, antes de que yo preguntara—. Siempre uno solo.

—¿Quién, señora Moxon?

—El señor de la gorra. —Se limpió los dedos en el delantal—.

La gente no compra un girasol, cariño. La gente compra ramos.

Media docena, una docena. Para una boda, para un entierro, para alegrar la cocina.

Él compra uno. Lo elige con mucho cuidado, le da vueltas, me pregunta si es de esta semana.

Y paga con monedas. Las cuenta antes en la palma de la mano, mirándolas, y me las da justas. Ni un penique de más ni uno de menos.

Toby escribía tan deprisa que se le partió la punta del lápiz. Sacó otro del bolsillo de la chaqueta sin levantar la vista.

—¿Cómo es?

—Mayor. No viejo. Mayor. —Se lo pensó—. Gorra de paño, de las de antes. Gafas. Barba gris, muy arreglada. Un abrigo bueno, oscuro. Muy educado. Me llama «señora». Tiene las manos muy limpias, de no haber cogido una pala en su vida. Habla bien. Como en la radio.

—¿Cuándo vino por última vez?

—El jueves pasado. A primera hora, a las ocho, cuando estaba abriendo. —El jueves 2. Joanne llevaba dos días con él—. Y antes, a primeros de octubre. Y en enero, creo. Y hace un par de inviernos, por Navidad o así. Viene de tarde en tarde, ¿sabe? Pero viene.

Mientras la señora Moxon le envolvía el girasol en papel de periódico y le contaba las monedas en la palma, a unos kilómetros de aquel mercado, en algún sitio sin ventanas, Joanne Pickering llevaba dos noches a oscuras, atada, con la luz del pasillo de su casa apagada para siempre.

Y él se había levantado temprano. Se había afeitado.

Había desayunado, quizá. Había cerrado una puerta con llave detrás de ella, a oscuras, y había venido hasta aquí, entre las palomas y el olor a naranjas y los gritos de los pescaderos, a elegirle una flor.

Despacio. Preguntando si era de esa semana. Llamando «señora» a la señora Moxon.

Tuve que apoyar la mano en el borde del puesto. Un cubo de crisantemos se movió y me salpicó los zapatos.

—¿Y en noviembre tiene usted girasoles?

La señora Moxon me miró como se mira a un niño que pregunta una cosa evidente.

—Me los traen de Holanda, cariño, de la subasta, con los tulipanes.

Los martes. —Señaló el cubo con la barbilla—.

Al principio, la primera vez que vino en invierno, le dije que no tenía.

Me dijo que no importaba, que podía esperar.

Desde entonces, cuando hago el pedido, pido dos o tres de más.

Por si viene. —Se encogió de hombros—. Casi nunca se venden.

Se me mueren aquí. Pero él viene, al final. Siempre viene.

—¿Le preguntó alguna vez para quién eran?

—Una vez. Le pregunté si era para su mujer. —Se le cambió un poco la cara—. Me dijo que no. Que era para una chica que le estaba esperando.

Nadie dijo nada. La radio de transistores ponía una canción de los Beatles, flojito, con interferencias. Un hombre pasó a nuestro lado con un cubo de pescado y una paloma bajó a picotear algo del suelo.

—Señora Moxon —dije—, la barba. ¿Era suya?

—¿Y de quién iba a ser, cariño?

Pero se quedó pensando. Le vi buscar la cara del hombre en la memoria, como se busca una foto en una caja.

—Ahora que lo dice… —Frunció el ceño—. No se le movía cuando hablaba. Las barbas se mueven. La de mi Albert se le movía cuando comía, como si fuera una cosa aparte. La de este no. Era como si la llevara puesta.

⁂

Comimos en un puesto de té del mercado, un mostrador de formica con taburetes atornillados al suelo, donde servían el té en tazones de loza y los bollos con mantequilla calientes.

Toby se compró un ramo de crisantemos blancos para su madre, aunque era martes.

Lo dejó en el taburete de al lado, con cuidado, como si fuera un niño dormido.

—Señor Grey —dijo, al cabo de un rato, mirando el té—. ¿Usted tiene hijos?

La pregunta me cogió con el tazón a medio camino de la boca.

—No.

Toby se puso rojo hasta las orejas, primero una y luego la otra.

—Perdón. No tenía que haber…

—No hay nada que perdonar, agente Fenn.

Era verdad. Era una de esas verdades que se dicen con la boca y no con el resto del cuerpo. Él no lo notó, o fue lo bastante educado para no notarlo, y nos quedamos un rato callados, bebiéndonos el té, oyendo a un hombre que voceaba el precio de las mandarinas.

Hicimos un retrato robot aquella misma tarde, con la señora Moxon sentada en una silla de la comisaría con el gorro mostaza en el regazo y un dibujante de la policía que había hecho cientos.

Salió un hombre de unos sesenta años con gorra, gafas y barba gris.

Se parecía a todos los abuelos de West Yorkshire. Se parecía al dibujante.

Whitlock autorizó una vigilancia discreta del puesto: dos agentes de paisano, por turnos, comprando claveles que no necesitaban y fingiendo leer el periódico en el puesto de té. La señora Moxon siguió pidiendo girasoles a Holanda todos los martes.

El hombre de la gorra no volvió nunca.

Como si lo supiera.

⁂

Aquella noche me quedé en la sala de incidentes cuando se fueron todos.

A las once no quedaba nadie. Las mesas vacías, las sillas de cualquier manera, los ceniceros llenos, las terminales de Malcolm apagadas con su ojo verde de reposo en la esquina de la pantalla.

Solo se oía el zumbido de los fluorescentes y, de vez en cuando, el radiador, que hacía un ruido como de alguien que llama con los nudillos dentro de la pared.

Tenía extendidas sobre la mesa grande las fotos de los hematomas: las de Emma, las de Joanne, y las que había conseguido sacar de las carpetas de las otras ocho.

No todas tenían escala. Algunas eran tan malas que parecían manchas de café.

Y tenía, en la cartera, una caja de transparencias.

Las había cogido del aula 2.14 al salir de clase, sin pensarlo mucho: hojas de acetato en blanco, de las que yo usaba para el retroproyector, para dibujar con rotulador los esquemas que mis alumnos copiaban sin entender.

En la sala de incidentes había un retroproyector, en un carrito con ruedas, para las sesiones informativas de Whitlock.

Nadie lo usaba nunca. Whitlock prefería hablar.

Pensaba en la piel. En lo que había dicho Ruth en la escalera del hospital: que la piel no es papel, que se hincha, se mueve, se defiende, que cada golpe sale distinto según dónde caiga.

Era verdad. Cada hematoma, solo, era una mancha con los bordes rotos.

Pero si el arma era siempre la misma, lo que había de verdad en cada mancha tenía que repetirse, y lo que era capricho de la carne, no.

Estaba calcando el primero cuando se abrió la puerta.

—Me he dejado el tabaco —dijo Ruth.