Capítulo 8. Fuera de temporada
El lunes por la mañana, el autobús que me llevaba al hospital dio un rodeo por unas obras de Burley Road y pasó por delante de los huertos municipales de Kirkstall, al lado de las ruinas de la abadía.
Eran cuarenta o cincuenta parcelas estrechas, separadas por somieres viejos y alambre, con casetas de chapa, bidones para recoger el agua de la lluvia y algún espantapájaros con gorra de lana.
En una de ellas, junto a un cobertizo pintado de verde, había una fila de girasoles muertos.
Palos negros de dos metros, doblados por el cuello, con la cabeza colgando hacia el suelo y picoteada por los pájaros hasta dejarla como un panal vacío.
Así son los girasoles en noviembre en Yorkshire. Así están desde finales de septiembre. Nadie los arranca hasta la primavera: se quedan ahí de pie todo el invierno, muertos, mirando al suelo, como penitentes.
Entre los girasoles muertos, junto al cobertizo verde, había un hombre.
Mayor, con gorra de paño y un chaquetón azul marino descolorido, de los que llevaban los carteros, empujando una carretilla cargada de estiércol por el pasillo de barro entre las parcelas.
Despacio. Con la cabeza baja. Una rueda delante.
Dos patas detrás. Se paró a descansar justo cuando el autobús pasaba a su altura, dejó la carretilla apoyada en el barro, se enderezó con una mano en los riñones y se quedó mirando el autobús.
Me miró a mí, o eso me pareció, a través del cristal sucio del piso de arriba.
Hay miles de carretillas en West Yorkshire. Lo había dicho Malcolm: carretillas como para sacar a pasear a medio Leeds. Me volví en el asiento para seguir mirándole hasta que la curva de la carretera se lo llevó. No apunté nada. Me lo apunté igual.
El girasol de Joanne Pickering estaba encima de una mesa auxiliar del depósito, dentro de una bolsa de pruebas, y era amarillo como una yema.
⁂
McCready trabajó deprisa y sin hablar, con la radio apagada, que en él era una forma de respeto.
Ruth estaba al otro lado de la mesa con el cuaderno.
Owen, junto a la puerta. Toby había entrado esta vez hasta el centro de la sala, pálido como el azulejo, con la libreta abierta y el lápiz quieto, y no se movió de allí.
Era la misma mano. Se notaba como se nota la letra de alguien.
El corte en el lado izquierdo del cuello, recto, sin una sola marca de duda.
Las muñecas y los tobillos en carne viva, con el dibujo trenzado del cáñamo.
Cuatro hematomas en el torso, con los bordes dentados y aquellas abrasiones como puntas de clavo alrededor.
—De cuarenta y ocho a sesenta horas antes de la muerte —dijo McCready, sin levantar la vista—. Y la muerte, el viernes por la noche. Lleva más de dos días muerta. En el páramo, desde luego, no.
Abrió los pulmones. El sedimento rojizo bajaba por los bronquios hasta las ramificaciones más finas, como la arena que se queda en las grietas de una concha.
Arcilla. La misma. Joanne se había mordido el labio inferior hasta atravesarlo; él le había tapado la herida con el mismo pintalabios rosa, en capas, hasta que no se notaba más que un bultito, como un grano mal disimulado.
Ruth se inclinó sobre las manos.
—Acetona —dijo, y arrugó la nariz—. Todavía huele.
Joanne Pickering llevaba uñas postizas. En la foto de Dean se le veían, largas, cuadradas, pintadas de granate.
Él se las había quitado. Una por una, con acetona, levantando el pegamento con algo fino y paciente, y debajo habían aparecido las uñas de verdad, cortas, mordidas, débiles por meses de plástico encima.
Esas eran las que se habían roto contra la arcilla.
Dos casi hasta la raíz. Y encima de todo, el rosa pálido de siempre, sin una sola mancha.
—Quería sus uñas —dijo Ruth en voz baja—. No las de la peluquería. Las suyas.
Nadie contestó.
La diadema estaba en otra bolsa, junto al girasol.
Ruth le dio la vuelta con dos dedos enguantados y la acercó a la lámpara.
Terciopelo negro sobre un arco de plástico, nueva, sin una pelusa.
En la cara interior, una etiqueta de tela con las letras bordadas en dorado: St Michael.
Y al lado, el rastro pegajoso, gris, de una etiqueta de precio mal arrancada.
—Marks & Spencer —dijo—. Como la ropa.
—Como todo —dijo Owen.
Yo miraba el girasol.
McCready se dio cuenta. Se quitó los guantes, se lavó las manos en la pila de acero con un cepillo, despacio, frotándose entre los dedos, y se acercó a la mesa auxiliar secándose con una toalla de papel.
—Tengo un huerto en Roundhay —dijo—. Desde hace veinte años.
Patatas, puerros, unas cuantas judías. Y girasoles, por los nietos.
—Miró la flor a través del plástico—. Los míos llevan muertos desde San Miguel.
Esto no ha visto el sol de Yorkshire en su vida, Grey.
Ha crecido debajo de un cristal. En Holanda, seguramente.
Los traen en camión a las floristerías dos veces por semana, con los tulipanes y las rosas, y te los cobran como si fueran de oro.
—No los cultiva —dije—. Los compra.
Lo dije en voz alta, para mí, como se dice algo que debería haberse dicho hace mucho tiempo.
Y mientras lo decía iba contando las fechas en la cabeza, las que me sabía ya de memoria de tanto leerlas bajo el flexo.
Lorraine Hebden, noviembre. Kelly Ainsworth, abril.
Gemma Doyle, febrero. Marcia Campbell, diciembre.
Samantha Firth, junio. Natalie Brook, enero.
Emma Lister, octubre. Joanne Pickering, noviembre.
—Ocho de diez —dije—. Ocho de diez, fuera de temporada.
⁂
Malcolm lo tenía antes de que yo terminara de preguntar.
Tecleó con los dedos todavía brillantes de grasa, las letras verdes corrieron por la pantalla, y se echó hacia atrás en la silla, que protestó.
—Acción doscientos catorce. Abierta el 22 de febrero de 1993, después de Gemma Doyle: «Comprobar venta de girasoles en floristerías de Leeds y Bradford». Cerrada el 9 de marzo. Resultado: negativo.
—¿Quién la hizo?
Malcolm bajó con el cursor.
—Dos de uniforme. Por teléfono. Cuarenta y tres floristerías sacadas de la guía. Les preguntaron si habían vendido girasoles la semana del dieciséis de febrero. —Se encogió de hombros—. Les dijeron que no se acordaban, o que sí pero a mucha gente, o que no tenían. Cerrada.
—Por teléfono nadie se acuerda de una cara, Malcolm.
—Ya lo sé. —Se hizo crujir los nudillos, uno a uno—. Pero la máquina no distingue, Grey. Le dicen «cerrada» y se lo cree. Ya te lo dije: es lista, pero no desconfiada.
Toby llegó a media tarde con la libreta abierta en la mano y las orejas encendidas. Había llamado a la madre de Joanne, en Bramley.
—Dice que Joanne no iba a verla los jueves, señor.
Que no la veía desde finales de septiembre.
Que tiene las raíces sin teñir desde entonces y que Joanne le había prometido arreglárselas antes de Navidad.
—Tragó saliva—. Me ha preguntado por qué le preguntábamos eso. No he sabido qué decirle. Perdón.
Owen dio un golpe en la mesa con la palma de la mano, sin fuerza, como quien da un golpe a una máquina que no funciona.
—Otra vez. El cabrón no miente nunca.
—Apúntelo, Fenn —dije.
—Ya lo he apuntado, señor.
El Courier de la tarde llegó a las cinco y media.
Lo subió Bill Royce desde el mostrador, doblado bajo el brazo, con la cara de un hombre que trae un telegrama del Ministerio de la Guerra.
La portada era una foto de una hoguera de noche, en blanco y negro, con chispas, y encima, en letras de cinco centímetros: EL CARTERO LLAMA A LA PUERTA.
Debajo, firmado por Vincent Shaw, todo: el buzón de Armley, el sello sin matasellar, el domingo, la calle vacía.
Y en el cuarto párrafo, como quien deja caer una moneda al suelo para ver quién se agacha: la víctima llevaba una diadema de terciopelo negro que, según fuentes de la investigación, no figura en ninguno de los casos anteriores.
Owen tiró el periódico contra la pared.
—Habrá sido el novio. O los vecinos, o los de la ambulancia, o…
—El novio sabía lo del buzón —dije—. No sabía lo de la diadema.
Whitlock había salido de su despacho al oír el golpe.
Recogió el periódico del suelo, lo leyó de pie, entero, sin prisa, moviendo un poco los labios como hacen los hombres de su generación cuando leen algo que les importa.
Luego lo dobló por la mitad, y otra vez por la mitad, hasta dejarlo en un cuadrado, y lo puso encima de la mesa de Malcolm, alineado con el borde.
—Entonces alguien de esta sala tiene la lengua muy larga —dijo, sin levantar la voz.
Nos miró uno por uno. A Owen. A Toby, que se puso colorado hasta el cuello sin haber hecho nada. A Malcolm. A Ruth. A mí.
—Lo voy a averiguar.
Y volvió a su despacho, y al cabo de un momento empezó a sonar la máquina de escribir.
⁂
El martes 7 de noviembre, el día que Malcolm había escrito en la pizarra y que yo había rajado con una silla, fui al mercado de Kirkgate con Toby.
Fue idea suya. Le había comentado lo de los girasoles de pasada la noche anterior, junto a la máquina del café, y él se había quedado callado un rato, con el vaso de cartón en la mano, y luego me había dicho, colorado, que los viernes compraba flores en Kirkgate para su madre.
Que lo hacía desde que murió su padre, porque su padre le llevaba flores a su madre todos los viernes al salir de la fábrica, y alguien tenía que seguir haciéndolo.
Que había una señora en el mercado, la señora Moxon, que llevaba allí desde antes de que él naciera y que se acordaba de todo el mundo.
—Perdón —dijo después—. A lo mejor es una tontería.
—Las tonterías resuelven más casos que los ordenadores, agente Fenn. No se lo diga a Malcolm.