El Cartero Interludio II
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Interludio II

Interludio II

Querido Dean:

Esta vez no he querido confiársela a nadie.

Los carteros llegan tarde, silban y los domingos no trabajan, y Joanne no podía esperar al martes.

He venido yo. Cuando lea esto ya me habré ido, así que no salga a la calle a buscarme: no encontrará más que humo.

Perdone el susto del buzón. Sé que los niños de su calle llevan una semana metiéndole petardos por la ranura.

Joanne me lo contó. Me contó muchas cosas.

Me contó que usted ronca de lado y nunca boca arriba. Que cuando bebe se le pone la voz de su padre. Que en agosto le levantó la mano, una sola vez, en la cocina, y que luego lloró usted más que ella. Ella le perdonó. Quiero que sepa que le perdonó. Yo no tengo por qué.

Le voy a contar lo que usted querría saber y no se atreverá a preguntarle a la policía, porque la policía no se lo va a contar.

Estuvo conmigo cuatro noches. La até con cuerda de cáñamo, de la buena; una cuerda barata corta la piel, y yo no quería abrirla antes de tiempo.

El miércoles el sol la tocó cuatro veces en el pecho, y ella contó los golpes en voz alta, uno, dos, tres, cuatro, como cuenta los peldaños quien sube una escalera a oscuras.

Le tiene miedo a la oscuridad desde niña, ¿verdad?

Duerme con la luz del pasillo encendida.

Usted la apaga cuando se levanta a mear, y ella vuelve a encenderla sin despertarle.

El viernes la acosté en la tierra y la fui tapando despacio, empezando por los pies.

Gritó hasta que la tierra le llenó la boca, y después siguió gritando sin ruido, que es una cosa que muy pocos hombres han visto y que ninguno olvida.

Cuando la saqué estaba fría y sucia y nueva, como está todo lo que acaba de nacer.

Me miró como se mira a quien te ha salvado. Entonces la dejé ir.

Fue un corte solo. No tembló ni ella ni yo.

Esta tinta es suya, Dean. Pase el dedo por las letras. Es lo más cerca que va a estar ya de ella.

La lavé. Le quité esas uñas de plástico que no le hacían ninguna falta, una por una, con mucha paciencia, y le pinté las suyas.

Le cepillé el pelo cien veces, como hacían las madres antes.

Le puse una diadema de terciopelo. Una chica que se pasa la vida peinando a las demás se merece que alguien la peine a ella, una vez, al final.

Los jueves no iba a casa de su madre. Lo siento. Su madre lleva un mes con las raíces grises. Los jueves Joanne salía a buscarse a sí misma, y me encontró a mí, que la escuché. Nadie la había escuchado nunca así. Usted tampoco.

No le diré que Dios la tenga en su gloria. No sé si hay Dios. Sé que hay sol, y que esta noche arde por ella toda la ciudad.

Ahora descansa. Descansa mirando la luz.

La encontrará en Baildon Moor, junto a los pozos viejos, bajo el fresno que está solo. Vaya pronto. Le he dejado las luces encendidas, pero no me gusta que estén solas mucho tiempo.

El Cartero