Capítulo 7. Fuegos #4
Olía a humo. Me llegó cuando se puso a mi lado: humo de leña, de pólvora, de goma quemada. Como Owen, que se había metido entre la gente de la hoguera de Armley. Como Toby. Como yo. Todos olíamos a humo aquella noche.
Whitlock se quedó mirando el cuerpo mucho rato, sin acercarse más de lo necesario, con las manos en los bolsillos. Se le oía el caramelo contra los dientes. Tac. Tac. Miró la cara de Joanne. El vestido. El girasol. Miró la diadema.
Luego me miró a mí.
—Ha adelantado la carta —dijo.
—Sí.
—Tú lo dijiste ayer.
—Sí.
Asintió despacio, como asiente un hombre que acaba de perder una apuesta que no quería ganar. No dijo nada más.
⁂
Volvimos a la comisaría pasadas las dos. Nadie se fue a casa.
Leí la carta a las tres menos cuarto, en mi mesa, bajo el flexo, con Joanne Pickering ya vista y medida, con su pelo y su escarcha.
Primero el muerto. La leí dos veces. Era más larga que la de Emma y más sucia, y casi no hablaba de Dios, y le hablaba a Dean como se le habla a un hombre al que se quiere ver de rodillas.
Había una frase sobre la diadema. Decía que una chica que se pasa la vida peinando a las demás se merece que alguien la peine a ella, una vez, al final.
No era mentira. Él no mentía nunca. Pero no era el motivo.
A las tres y media Whitlock nos reunió delante del corcho. Tenía la voz ronca y los ojos brillantes, de fiebre o de otra cosa.
—Bonfire Night —dijo—. Fuego. Hogueras en todos los montes, como hace dos mil años.
La ha dejado mirando una ciudad en llamas.
—Se volvió hacia la mesa más cercana y puso en paralelo dos bolígrafos—.
La diadema es una corona. Es una ofrenda.
Quiero para mañana una lista de todos los grupos que celebren Samhain en West Yorkshire.
—Samhain fue el treinta y uno, señor —dijo Toby, desde el fondo, sin levantar mucho la voz—. La noche que desapareció.
—Exacto, Fenn.
Hubo un murmullo. Owen se había puesto de pie sin darse cuenta.
Malcolm gruñó algo sobre volver a interrogar a druidas.
Vi cómo la idea se encendía en las caras cansadas, una detrás de otra, como las hogueras en el páramo: porque era una idea, y a las tres y media de la mañana cualquier idea calienta.
—No le importa ningún dios —dije.
Whitlock se volvió despacio.
—¿Entonces qué le importa, Grey?
Silencio. Todos me miraban. Owen, Toby, Malcolm con las gafas en la mano, Ruth desde la ventana. Habría bastado una frase. Tenía la frase en la boca, entera, con su nombre dentro.
No la dije.
Y algo que llevaba treinta y dos años esperando se soltó.
No recuerdo haber cogido la silla. Recuerdo su peso, de repente, en las manos, y el ruido que hizo al estrellarse contra la pizarra, un estruendo de metal y tablero que rajó el MARTES 7 de arriba abajo, y el corcho de al lado sacudiéndose, y las Polaroids desprendiéndose una tras otra, cayendo al suelo como hojas.
Recuerdo mi voz, que no parecía mía. Que se parecía mucho a la de mi padre.
—¡Estaba en esa puerta! ¡A las siete y media! ¡A tres metros de ese chaval! ¡Y nosotros aquí sentados, debajo de una puta fecha, esperando al cartero como críos la mañana de Navidad!
Nadie se movió.
Me quedé de pie en medio de la sala, respirando como si hubiera subido corriendo los tres pisos. Me llevé el índice y el pulgar al entrecejo. Cerré los ojos. Bajé la cabeza.
—Despacio —susurré—. Primero mira. Primero mira.
Cuando los abrí, la sala seguía en silencio.
Me agaché y empecé a recoger las Polaroids del suelo, una por una, y a clavarlas otra vez en el corcho, en su orden, de la primera a la décima.
Nadie me ayudó. Solo Toby, al cabo de un momento, se acercó con la caja de chinchetas y me la sostuvo abierta, sin decir nada, y fue dándomelas de una en una.
Whitlock no se había movido de la puerta de su despacho. Me miraba con la cara gris, agotada, de un jefe que acaba de ver a su asesor estrellar una silla contra una pizarra delante de toda la brigada y está calculando cuánto le va a costar.
—Vete a casa, Grey —dijo al fin, con suavidad—. Duerme un poco.
⁂
En casa no encendí la luz del salón. Encendí solo el flexo del escritorio de mi madre y me senté delante, con la gabardina puesta, oliendo a humo.
El cajón de la derecha se atasca. Se atascaba ya cuando lo compramos en Kirkstall Road en 1961, y mi madre decía que era por la humedad de Inglaterra, que la madera de verdad no se acostumbra nunca.
Hay que tirar de él hacia arriba y hacia fuera a la vez, con un golpe seco. Lo hice. Se abrió con un quejido.
Dentro estaban las últimas cartas en papel azul de avión que mi madre escribió a Kingston y que ya no le dio tiempo a enviar, atadas con una goma. Y debajo, al fondo, sola, una fotografía boca abajo. Una foto pequeña, en blanco y negro, de bordes dentados, con el dorso amarillento.
No la saqué. Llevaba treinta y dos años sin darle la vuelta.
Saqué las gafas del bolsillo de la camisa y las dejé encima, en el cajón, sobre la fotografía. Luego lo cerré despacio, empujando hacia arriba y hacia dentro, hasta que encajó.
Fuera, sobre Burley, estallaban los últimos cohetes de la noche, y la luz entraba por la ventana a fogonazos, verde, roja, verde, y luego ya no.