El Cartero Capítulo 7. Fuegos #3
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Capítulo 7. Fuegos #3

La escarcha cubría el brezo a su alrededor, las raíces, la hierba, mis zapatos.

A ella no. Ni en la lana del vestido ni en el pelo ni en las pestañas había una sola aguja de hielo.

Los muertos se enfrían como cualquier piedra, y sobre cualquier piedra se posa la escarcha cuando hiela así; sobre ella todavía no había tenido tiempo.

Llevaba allí dos horas. Quizá menos.

Me arrodillé. Y entonces le vi el pelo.

Joanne Pickering era peluquera. En la foto que nos había dado Dean llevaba una melena larga teñida de color caoba, con mechas, cardada por arriba, como se la hacían aquel año las chicas para ir a las discotecas de Leeds.

Alguien se la había cepillado hasta dejarla lisa y brillante, se la había peinado con la raya a la izquierda y le había vuelto las puntas hacia fuera, a la altura de los hombros, como se llevaba hacía treinta años.

Y sobre la cabeza, sujetándole el pelo hacia atrás, le había puesto una diadema. Ancha. De terciopelo negro.

Durante un segundo no fue ella.

Durante un segundo fue otra chica, en otra noche, en otro año.

Una chica que se reía con la cabeza echada hacia atrás y se sujetaba la diadema con un dedo para que no se le cayera.

Después el cohete verde se apagó, y la luz volvió a ser la de una linterna, y la chica volvió a ser Joanne Pickering, veintitrés años, peluquera, de Armley, muerta en un páramo.

Mis dedos habían dejado de golpearme el muslo. Me metí las manos en los bolsillos de la gabardina. Me quedé así no sé cuánto tiempo.

Y mientras estaba allí, de rodillas en el brezo helado, sin quererlo, la vi.

No a ella. A lo que había visto ella. Es lo único que sé hacer; es lo que me hizo famoso y lo que me dejó solo. Cierro los ojos y miro desde dentro.

Es martes. Es Halloween. Llevas un sombrero de bruja de plástico porque las chicas te lo han hecho prometer, y la calle huele a calabaza quemada y a pólvora, y los críos corren con caretas de goma por las aceras.

Un coche se para junto al murete, a doscientos metros de tu casa.

Conoces al hombre que conduce. Te sonríe.

Te quitas el sombrero para no dar con el techo y lo dejas un momento en el murete, derecho, para no aplastarlo. Vas a recogerlo enseguida.

No vuelves.

Después está oscuro. No oscuro de noche: oscuro de dentro, de sótano, de algo cerrado.

Te despiertas con las muñecas atadas a la espalda y una cuerda áspera que te muerde la piel cada vez que te mueves, y no sabes si es de día o de noche, ni cuánto tiempo ha pasado, ni dónde estás.

Huele a tierra mojada. A cal. A algo dulzón y metálico que no quieres saber qué es.

Oyes a alguien respirar cerca. Muy cerca.

Alguien que no dice nada durante mucho rato, y luego te habla bajito, con mucha educación, como se le habla a un niño que tiene fiebre.

Y un día, no sabes cuál, porque en la oscuridad no hay días, la tierra.

Te la echa encima despacio, empezando por los pies.

Fría. Pesada. Húmeda. Te sube por las piernas, por el vientre, por el pecho, y tú gritas, gritas hasta que se te llena la boca de algo que sabe a barro y a hierro, y sigues gritando por dentro cuando ya no puedes por fuera, y arañas hacia arriba, hacia donde crees que está arriba, con las uñas, y se te parten, una, dos, y sigues arañando con lo que queda, con la carne.

Y cuando ya no queda aire, unas manos te sacan.

Te limpian la cara con un pañuelo. Te quitan la tierra de los ojos. Te dicen que ya está. Que ya pasó. Que has vuelto a nacer.

Y tú, Joanne Pickering, veintitrés años, que peinas a las señoras de Armley los sábados por la mañana y les cuentas chistes verdes para que no se den cuenta de que les tiras del pelo, le das las gracias.

Le das las gracias.

Un cohete reventó encima de Bradford, rojo, y abrí los ojos. Seguía de rodillas en el páramo. Me di cuenta de que llevaba un rato sin respirar, con la boca cerrada, apretada, como si fuera yo el que tenía la tierra encima.

⁂

Ruth llegó a las diez menos cuarto, con el jersey del revés debajo del abrigo y la marca de la almohada todavía en la mejilla.

Se arrodilló al otro lado del cuerpo sin decir nada.

Tocó con un dedo enguantado la escarcha del brezo, junto al brazo de Joanne, y luego la manga del vestido, que estaba seca.

—Dos horas —dijo—. Como mucho.

—Lo sé.

Siguió mirando. Las manos. El cuello: el corte, en el lado izquierdo, igual que el de Emma. La cara. Se detuvo en el pelo.

—Esto es nuevo. —Señaló la diadema sin tocarla—. Ninguna de las otras nueve llevaba nada en la cabeza. Ni una horquilla.

No contesté.

—Grey.

—Lo he visto.

Me miró por encima del cuerpo, con la linterna entre los dos, con aquellos ojos grises que no se creían nada. No dijo «ajá». Me miró como la había visto mirar una mancha de la que no sabía todavía si era vino o era otra cosa.

Toby estaba a unos metros, con la libreta, en el sitio exacto donde le había dicho que se quedara.

Le temblaba el lápiz. Le oí respirar hondo varias veces por la nariz, contando.

No vomitó. Más tarde, en el coche, le pregunté cómo lo había hecho, y me dijo, colorado hasta las orejas, que se había estado repitiendo una cosa que le había dicho alguien en las escaleras de un hospital: que se aprende a vomitar después.

McCready llegó a las diez y media, en un Volvo viejo, maldiciendo el páramo, el frío, Bradford y a la madre que había parido al que había tenido la ocurrencia de matar a una chica la noche de Bonfire.

Whitlock llegó a las once menos diez.

Lo vimos venir desde lejos por el sendero, con una linterna en la mano, despacio, con el abrigo azul marino abrochado hasta el cuello y una bufanda gris.

Cuando entró en la luz de los focos del generador tenía la cara de color ceniza y le costaba respirar.

El frío le hizo toser nada más pararse, una tos larga, doblada, que le duró casi un minuto, y cuando terminó dobló el pañuelo en cuatro y se lo guardó en el bolsillo del pecho.

—¿Dónde estaba, jefe? —le preguntó Owen—. No le localizábamos.

—En Roundhay. En la hoguera, como medio Leeds. —Se metió un caramelo en la boca—. Con los cohetes no se oye el busca.