Capítulo 7. Fuegos #2
Les di una libra. Se fueron corriendo calle abajo, empujando la carretilla entre gritos, con la cabeza del primer ministro bamboleándose sobre el borde y los brazos del muñeco colgando por fuera, como un borracho al que llevan a casa.
Me quedé mirando la carretilla hasta que dobló la esquina.
En la sala de incidentes solo estábamos cuatro.
Ruth se había ido a casa a las cinco, a dormir por primera vez desde el miércoles.
Whitlock se había marchado a media tarde con un catarro que le había dejado la cara del color del sebo.
Malcolm comía patatas con el walkman puesto.
Toby pasaba a limpio sus notas. Owen hablaba por teléfono con su madre, en voz baja, de espaldas, prometiéndole que el domingo siguiente iría a comer.
Por la ventana se veían estallar los cohetes encima de la estación, y cada estallido iluminaba un instante las Polaroids del corcho, de verde, de rojo, de oro.
En la pizarra seguía la fecha. MARTES 7.
A las siete y cuarenta y ocho sonó el otro teléfono de la mesa de Owen. Colgó a su madre sin despedirse y lo cogió. Escuchó. Le vi cambiar la cara: no de golpe, sino por partes, primero la boca, luego los ojos, como se apaga un edificio planta por planta.
—Ha llegado —dijo.
Malcolm se quitó los auriculares. Miró la pizarra. No dijo nada.
⁂
Fuimos en el Cavalier de Owen, con la luz azul imantada en el techo y la sirena apagada, porque Owen dijo que con aquel jaleo de cohetes nadie iba a oírla de todas formas.
Toby iba detrás, con la libreta en las rodillas.
Owen llamó a casa de Whitlock desde el teléfono del coche, un aparato gris del tamaño de un ladrillo con un cable rizado; no contestó nadie.
Le dejó un mensaje en el busca. Luego llamó a Ruth.
Armley ardía. En el campo de deportes del final de la calle de Dean Fairclough había una hoguera de cuatro metros, y alrededor doscientas personas con la cara naranja, todas de espaldas a las casas, todas mirando el fuego.
La calle estaba vacía. Ni un coche en marcha, ni una ventana con luz, ni un alma en las aceras, salvo el coche patrulla delante de la puerta y una agente de uniforme en el escalón, frotándose las manos.
Dean estaba sentado en la escalera, con los codos en las rodillas.
—Oí el buzón —dijo, antes de que le preguntáramos nada—.
Las siete y media, o y veinticinco. Pensé que eran los críos.
Llevan toda la semana metiendo petardos por las ranuras de los buzones; a la señora de enfrente le quemaron el felpudo.
Salí con una zapatilla en la mano, gritando como un loco.
—Se miró las manos—. No había nadie. Nadie en toda la calle.
Me volví para dentro y lo vi. En el felpudo.
Boca arriba. Con mi nombre. Con una letra como de invitación de boda.
El sobre estaba en la mesita del recibidor, junto al teléfono, dentro de una bolsa de pruebas que la agente había tenido el buen juicio de ponerle. Color hueso. Sr. D. Fairclough , con aquella letra inclinada, antigua, que yo había visto ya en nueve fotocopias.
—No la lea —le dije a Owen—. Solo el sitio.
Owen abrió la boca para protestar. Le vi acordarse del depósito, del banco naranja del pasillo, de mi manera de hacer las cosas. Asintió. Se puso los guantes, sacó la carta con dos dedos y buscó el final con los ojos, sin leer lo de arriba, como se busca un número en la guía.
—Baildon Moor —leyó—. «Junto a los pozos viejos, bajo el fresno que está solo».
Yo no miraba la carta. Miraba el sobre.
Lo cogí por los bordes, con la bolsa, y lo incliné hacia la bombilla del recibidor. El sello estaba en la esquina, recto, perfecto: la cabeza de la reina de perfil, primera clase.
Y no tenía matasellos. Ni el círculo con el nombre de un pueblo, ni las líneas onduladas, ni una mancha de tinta. El sello estaba limpio, intacto, como recién arrancado de la hoja.
—Hoy es domingo —dije.
Nadie lo entendió al principio. Luego Toby, desde la puerta, con una voz muy pequeña:
—Los domingos no hay correo.
Fue como si alguien hubiera abierto una ventana en enero.
Owen se dio la vuelta y salió a la calle corriendo, gritándole a la agente que pidiera más gente, que llamaran a todas las puertas, que alguien tenía que haber visto algo.
Lo oí alejarse calle abajo, hacia la hoguera, hacia las doscientas personas que miraban el fuego de espaldas.
Nadie había visto nada, o casi nada. Lo supimos esa misma noche y lo confirmamos durante la semana: en toda la calle no había quedado nadie en casa salvo una anciana sorda del número catorce y su perro.
A las siete y media de la noche de Bonfire, en Armley, un hombre había bajado andando por una calle vacía, se había parado delante de una puerta, había empujado con los dedos la tapa de latón del buzón y había dejado caer un sobre.
Con los cohetes estallando encima. Con el humo.
Con el reflejo naranja de las hogueras temblando en los cristales de todas las ventanas.
Solo un crío. Uno de nueve o diez años, con la cara tiznada de hollín, que a las siete y media se había apartado de la hoguera para mear detrás de un coche aparcado en la calle de Dean.
Se lo contó a una agente al día siguiente, con su madre al lado retorciéndose las manos: que mientras meaba había pasado por la calle un viejo en bicicleta.
Despacio. Con gorra. Sin luces. Calle abajo, hacia el canal.
Que le había hecho gracia porque iba muy tieso, como los carteros de los dibujos animados.
—¿Un cartero? —le preguntó la agente.
—Como un cartero —dijo el crío—. Pero era domingo.
Nadie le hizo mucho caso. Era un crío, era Bonfire Night, y en Armley había más viejos con gorra y bicicleta que farolas. La declaración se tecleó, se archivó y se quedó en la máquina, entre otras doscientas.
Yo la leí una semana después, a las dos de la mañana, bajo el flexo. Y la subrayé.
Me agaché delante de la puerta y levanté la tapa del buzón con un dedo. Era una ranura estrecha, de latón, con un muelle que chirriaba. A través de ella se veía el recibidor, la mesita, el teléfono y la escalera.
Y en la escalera, Dean Fairclough, que me miraba sin entender qué hacía.
Si Dean hubiera estado sentado ahí media hora antes, se habrían visto. Él desde la escalera; el otro desde la ranura, agachado, como yo. Los ojos de uno a tres metros de los del otro.
Solté la tapa. Hizo clac.
Dean dio un respingo.
⁂
Baildon Moor es una meseta de brezo y hierba áspera al norte de Shipley, entre Bradford y Wharfedale, picada de agujeros.
Hace siglo y medio se sacaba carbón de allí, de pozos poco profundos que los mineros abrían y abandonaban como quien abre y tira botellas, y lo que quedó son decenas de hoyos y de montículos redondos, cubiertos de hierba, como si el páramo hubiera pasado la viruela.
Una carretera lo cruza por el sur. Lo demás es viento.
Llegamos pasadas las nueve, en caravana: el Cavalier, dos coches patrulla y la furgoneta del equipo de la escena con el generador.
Dejamos los coches en el arcén y seguimos a pie, con linternas, por un sendero de ovejas.
Helaba. Era la primera noche despejada en semanas y el frío había bajado de golpe, y el brezo crujía bajo las botas, blanco de escarcha, como si camináramos sobre azúcar.
Y al sur, a nuestra espalda, ardía todo West Yorkshire.
Nunca lo había visto así y no he vuelto a verlo.
Desde lo alto del páramo se veía Shipley, y detrás Bradford entera, y más allá, hacia el este, el resplandor de Leeds, y en toda esa extensión, hasta donde alcanzaba la vista, cientos de hogueras.
Puntos naranjas, quietos, en cada barrio, en cada descampado, como las brasas de un incendio que alguien hubiera esparcido con un rastrillo.
Y por encima, sin parar, los cohetes: subían desde todas partes a la vez, se abrían en silencio, y el ruido llegaba después, sordo, tardío, como los truenos de una tormenta lejana.
El cielo cambiaba de color cada pocos segundos. Verde. Rojo. Blanco de magnesio. Oro.
El fresno estaba en una loma, entre dos montículos de los pozos, a kilómetro y medio de la carretera. Solo. Pequeño, retorcido, con las ramas desnudas abiertas contra aquel cielo que no paraba de encenderse.
Las linternas la encontraron antes que nosotros.
—Quietos —dije—. Por favor.
Esta vez nadie protestó.
Entré solo, despacio, mirando dónde ponía los pies, en espiral, como siempre.
Pero no hizo falta buscar mucho. En la escarcha, la línea era tan clara como si la hubieran trazado con tiza: una sola rueda, estrecha, que venía del este por el sendero de las ovejas y subía la loma aplastando el brezo, que se quedaba oscuro allí donde la rueda lo había pisado.
Y a los lados, huellas de botas de agua.
Grandes. Un cuarenta y cinco, quizá un cuarenta y seis.
Y demasiado juntas para unos pies tan grandes, como si quien las llevaba tuviera las piernas más cortas que las botas.
Llegué hasta ella.
Estaba tumbada boca arriba entre las raíces, con la cabeza al norte y los pies al sur, hacia Bradford, hacia los fuegos.
Con los brazos cruzados sobre el pecho y un girasol entre las manos, grande, abierto, de un amarillo intenso que no tenía nada que hacer en noviembre.
Un vestido de lana azul marino, de manga larga, con un cuello blanco redondo.
Medias. Zapatos negros de tacón bajo, limpios.
La cara muy blanca, maquillada, con aquel rosa en los labios.
Y a su lado, en la escarcha, una Polaroid.
Un cohete estalló sobre Shipley y la luz verde le bañó la cara. Luego la roja. Luego nada, y el blanco de la linterna.