El Cartero Capítulo 7. Fuegos
21%

Capítulo 7. Fuegos

Lo fabricamos con ropa vieja rellena de periódicos y paja, le pintamos una cara con rotulador y le encasquetamos un sombrero.

Durante las semanas anteriores, los niños lo pasean por las calles en un cochecito de bebé o en una carretilla, y paran a los mayores a la salida de las tiendas para pedirles un penique para el Guy.

Luego, la noche del cinco, lo sientan en lo alto de una montaña de muebles rotos, palés y neumáticos viejos, y le prenden fuego delante de todo el barrio, entre cohetes, patatas asadas en papel de plata y salchichas que se queman por fuera y se quedan crudas por dentro.

Llevamos casi cuatrocientos años celebrando así que un católico llamado Guy Fawkes no consiguió volar el Parlamento.

Los niños se suben a hombros de sus padres para ver mejor cómo arde la cara. Nadie lo encuentra raro.

Yo tampoco lo encontraba raro. Hasta aquel año.

A Joanne Pickering no la denunció nadie hasta el miércoles por la mañana.

Su novio pensó que se había ido de juerga con las chicas de la peluquería.

Era Halloween, el pub de la esquina de Town Street ponía chupitos a cincuenta peniques a quien entrara disfrazado, y Joanne, dijo él después, nunca le decía que no a un pub.

La esperó despierto hasta las dos, delante de la tele, con una lata de Tetley’s en la mano.

Se durmió en el sofá. A las seis y media se despertó con el cuello torcido, subió al dormitorio y vio la cama hecha.

A las ocho y media estaba en la puerta de la peluquería, esperando a que abrieran.

A las nueve y cuarto, delante del mostrador de la comisaría de Armley, donde un sargento le dijo lo que se dice siempre: que su novia era mayor de edad, que estaría durmiendo la mona en casa de una amiga, que volviera por la tarde si no aparecía.

Pero aquel otoño ya no era como siempre.

Desde la rueda de prensa del lunes 23, cada denuncia por la desaparición de una mujer joven en West Yorkshire llegaba por fax a la sala de incidentes antes de una hora.

Lo había pedido Malcolm, y por una vez nadie le había discutido.

A las once y veinte, Malcolm arrancó la hoja del fax, la leyó de pie, con una patata a medio camino de la boca, y la patata se quedó ahí.

Cuando llegué, a mediodía, Owen ya tenía el anorak puesto.

⁂

Armley está en una colina al oeste del centro, al otro lado del río y del canal, y desde casi cualquier calle del barrio se ve la cárcel: un castillo negro de 1847, con almenas, torreones y ventanas como troneras, como si quien lo diseñó hubiera querido que los presos se sintieran caballeros sitiados en lugar de lo que eran.

Debajo, Town Street bajaba la cuesta entre casas de apuestas, tiendas de todo a una libra, una freiduría con los cristales empañados y una capilla metodista convertida en almacén de alfombras.

Los restos de Halloween seguían en las aceras: calabazas reventadas, cáscaras de huevo pegadas a los escaparates, tiras de papel higiénico colgando de los setos como vendas.

La peluquería se llamaba Tina’s, con el apóstrofo pintado al revés en el cristal.

Dentro olía a amoniaco, a laca y a pelo quemado, y del espejo central todavía colgaba un esqueleto de plástico con un rulo rosa en la cabeza que nadie había tenido ánimo para quitar.

Tina era una mujer de cincuenta y tantos años con el pelo platino y dos dedos de raíz negra, como si la profesión no le dejara tiempo para sí misma.

Fumaba detrás del mostrador, debajo de un cartel que prohibía fumar.

Las otras dos chicas lloraban en el cuarto del fondo, entre las cajas de tinte.

—Se fue a las siete y diez —dijo Tina—. Barrió, echó la persiana y se fue.

Le hicimos prometer que se pondría el sombrero hasta llegar a casa.

Una tontería. —Dio una calada y le tembló la boca—.

No quiso venir al pub con nosotras. «Esta noche no», dijo.

Joanne no le decía que no a un pub ni en Cuaresma.

—¿La notó rara? —preguntó Owen.

Tina se lo pensó.

—Contenta. Llevaba unas semanas contenta. —Buscó la palabra con la mano, en el aire, entre el humo—. Tranquila. Como cuando alguien ha dejado de pelearse con algo.

Lo guardé. No sabía todavía dónde ponerlo.

Dean Fairclough vivía con Joanne en una casa de las que en Leeds llaman espalda con espalda: dos habitaciones abajo, dos arriba, y la pared del fondo compartida con la casa de la calle de atrás, de modo que por la noche se oía toser a los vecinos de otra calle.

Tenía veintiséis años, el pelo rizado, unos hombros enormes y las manos llenas de cortes pequeños, finos, mal cicatrizados: instalaba ventanas de doble cristal para una empresa de Bramley.

Nos esperaba en la puerta, fumando, en camiseta, con frío, como si le hubieran prohibido entrar en su propia casa.

Owen habló con él en el salón, debajo de un póster del Leeds United de la temporada en que ganaron la liga.

Habló bien. De fútbol, al principio, de Strachan y de Lee Chapman, y Dean le siguió la conversación con la mirada perdida, por educación, hasta que en mitad de una frase sobre un gol se le doblaron los hombros hacia delante y se echó a llorar con la cara en las manos, sin ruido, como lloran los hombres que no han aprendido a hacerlo.

—Los jueves iba a casa de su madre —dijo después, cuando pudo—. A Bramley. A teñirle las raíces. Todos los jueves desde hace un mes. —Se limpió la nariz con la muñeca—. Yo qué sé por qué le cuento esto.

Toby lo habría apuntado. Toby no estaba. Lo apunté yo, sin libreta, en el sitio donde se apuntan las cosas que uno no sabe para qué van a servir.

⁂

El sombrero lo había encontrado a las nueve menos veinte una de esas señoras que ayudan a cruzar a los niños a la salida del colegio, con su chaleco reflectante y su piruleta de stop. Estaba en la esquina, a doscientos metros de la casa, junto a una cabina de teléfono roja con dos cristales rotos.

—Encima del murete —me dijo, señalándolo con el palo—. Derechito. Como si lo hubiera dejado alguien para no aplastarlo.

Me quedé allí mientras se iba la luz. Pasaban críos con petardos en los bolsillos, ensayando para el domingo; uno tiró uno debajo de un coche aparcado y salió corriendo, y la explosión rebotó entre las fachadas como un disparo.

Me imaginé el sombrero. Un cono de plástico negro de casi medio metro, con el ala ancha y una hebilla dorada pintada.

—Se lo quitó ella —dije.

Owen me miró.

—Para meterse en un coche. Con eso en la cabeza no se entra en un coche: das con el techo.

Te lo quitas, lo dejas un momento en el murete para no aplastarlo mientras te agachas…

y ya no vuelves a por él. —Miré la calle vacía, la cabina, el muro de ladrillo a la altura de la cadera—.

No hubo forcejeo. Se subió a un coche por su propio pie.

—O alguien paró a preguntarle una dirección y…

—Una chica sola, de noche, en el mes en que todas las mujeres de West Yorkshire vuelven a casa en grupo por miedo a un hombre que se lleva a chicas solas.

—Negué con la cabeza—. No se sube al coche de un desconocido que le pregunta por una calle, sargento.

Se sube al coche de alguien que conoce. De alguien de quien se fía.

Owen no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos del anorak y se quedó mirando el murete, como si todavía pudiera verse en el ladrillo la marca redonda del sombrero.

⁂

Aquella noche, Malcolm escribió en la pizarra blanca de la sala de incidentes, con rotulador rojo y letras grandes: MARTES 7 — CARTA. Siete días después de la desaparición, como las nueve veces anteriores.

Nadie la borró. Pasamos el jueves, el viernes y el sábado trabajando debajo de esa fecha como se trabaja debajo del reloj de una estación.

Se peinaron los descampados de Armley, el canal, los bajos de los puentes del ferrocarril.

Se interrogó a ciento doce personas. Se comprobaron cuarenta y un coches vistos en el barrio aquella noche, porque en Halloween todo el mundo coge el coche para ir a buscar a los niños a las fiestas.

Toby pasaba declaraciones a máquina hasta medianoche.

Ruth no se iba a casa. Whitlock entraba y salía de su despacho, tosiendo, con la puerta entornada, alineando cosas.

Y yo miraba la pizarra.

—No va a esperar al martes —dije el sábado por la noche, sin volverme.

Owen levantó la cabeza de su mesa.

—¿Por qué?

—Porque ahora sabe que le estamos mirando.

No sé por qué lo dije. Es mentira: sí lo sé. Lo sabía desde la noche de la urraca. Y no quería saberlo.

⁂

El domingo 5 de noviembre amaneció despejado por primera vez en tres semanas, y la ciudad entera olía a pólvora antes de que se pusiera el sol.

Fui andando a la comisaría a las cinco y media, ya de noche.

En cada descampado de Leeds había una hoguera esperando: montañas de palés, puertas de armario, sofás destripados, colchones con manchas, árboles de Navidad del año anterior todavía con espumillón, y en lo alto de cada montaña, sentado, un Guy con la cara pintada y los brazos abiertos.

En los solares de Holbeck, donde hasta hacía poco había habido fábricas, las hogueras se sucedían una detrás de otra, como las fogatas de un ejército acampado a las puertas de una ciudad.

Los primeros cohetes subían aquí y allá, sueltos, impacientes, y se abrían en flores verdes y rojas que se reflejaban en los charcos y en los cristales de los autobuses.

En la esquina de Burley Road me paró un grupo de críos.

Cuatro, de diez o doce años, con gorros de lana y la nariz roja.

Llevaban un Guy en una carretilla: un muñeco de tamaño natural con un mono de trabajo relleno de periódicos, unas botas de goma cosidas a las perneras y una máscara de plástico de John Major.

—¿Un penique para el Guy, señor?