El Cartero Capítulo 6. Las familias #3
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Capítulo 6. Las familias #3

—Mi padre conducía un autobús —dije—. El número dos, de Chapeltown a la estación, dieciocho años.

Antes había trabajado en una fundición en Hunslet, hasta que se le quemó la mano izquierda con una colada y lo echaron sin un penique.

Era un hombre estricto. Nunca me puso la mano encima, pero no le hacía falta.

Los viernes por la noche se tomaba dos pintas en el pub de la esquina con los del sindicato y volvía a casa con la cara roja y las ideas muy claras.

—Miré la comisaría, al otro lado de la calle, el bloque de hormigón con sus ventanas de tirador—.

Una noche, yo tendría doce años, me sentó en la cocina y me dijo: «Los ricos nos joden a los pobres como nosotros, hijo.

Siempre ha sido así y siempre lo será. Pero si llevas placa, tú puedes joder a esos hijos de puta».

Owen se rio. Se le escapó el humo por la nariz y se puso a toser.

—Joder.

—Eso dijo él.

—Mi padre era minero en Castleford —dijo Owen, cuando se le pasó la tos—.

Votó a la Thatcher dos veces. En el ochenta y cuatro se arrepintió, en la huelga, con la policía a caballo cargando contra él en la puerta del pozo.

Desde entonces no me habla mucho. —Dio una calada—. Dice que me he pasado al otro lado.

No le dije nada. Me pareció que no esperaba que le dijera nada.

—¿Y tenía razón? —preguntó—. Su padre.

Me lo pensé. Más de lo que debería.

—Durante mucho tiempo creí que sí.

Owen me miró, esperando el resto. No había resto. No se lo di. Tiró el cigarrillo a una alcantarilla, se metió un caramelo en la boca para el aliento, y cruzamos la calle.

No lo sabía entonces, pero acababa de oír de mi vida más de lo que había oído nadie en aquel edificio en veintiséis años. Creo que él sí lo supo. Porque no volvió a preguntarme nada de mi familia en mucho tiempo, como quien se guarda en el bolsillo una moneda rara y no la saca para no gastarla.

⁂

Los días siguientes se parecieron mucho entre sí, como se parecen los días en las investigaciones largas: llueve, se toma café, se escriben informes, no pasa nada, y de pronto pasa todo.

La acción de las carretillas creció en el ordenador de Malcolm como una mancha de humedad.

Ferreterías, viveros, almacenes agrícolas, grandes superficies de bricolaje que abrían los domingos, tiendas de jardinería, chatarrerías.

A la semana había mil cuatrocientos puntos de venta en la lista, y en West Yorkshire se habían vendido desde 1991, según Malcolm, carretillas suficientes como para sacar a pasear a medio Leeds.

Los agentes iban de tienda en tienda con una foto de un surco en el barro y volvían con los zapatos mojados y la libreta vacía.

Whitlock dio una rueda de prensa el lunes 23.

Traje gris, pelo blanco, voz correcta. No descartamos una motivación de carácter ritual.

Al día siguiente, el Courier llevaba en portada la palabra SECTA, en mayúsculas, y en West Yorkshire las mujeres empezaron a volver a casa en grupos.

Se vendieron alarmas personales en las farmacias.

Las compañías de taxis pusieron conductoras para las chicas que salían solas por la noche.

Siguiendo la pista del sol, la brigada se pasó una semana entrevistando a druidas de fin de semana en Hebden Bridge, a una comunidad de hippies que vivía en autobuses en un descampado de Todmorden, al dueño de una tienda de cristales y velas de olor de Kirkgate y a un grupo de neopaganos que se reunía en los solsticios junto a un círculo de piedras de Ilkley Moor que, por algún capricho de la historia, se llamaba los Doce Apóstoles.

Nadie sabía nada. Todos tenían coartada.

Uno de los druidas, un contable de Halifax con una túnica blanca debajo del anorak, le ofreció a Owen una infusión de ortiga.

Hubo otra acción aquellos días de la que nadie se acordó después en mucho tiempo.

La abrió Malcolm por su cuenta, gruñendo, porque el perfil hablaba de reparto y de mensajería y a él le gustaban las listas: carteros, repartidores, mensajeros en moto, conductores de furgonetas de paquetería, en activo o jubilados, con algún antecedente, por pequeño que fuera, de molestar a mujeres.

Salieron trescientos doce nombres. Owen y dos de uniforme los fueron tachando uno a uno: coartadas, cambios de domicilio, muertos.

Una tarde, al pasar junto a la mesa de Owen con un café en la mano, vi uno de los folios de la impresora, con aquel papel continuo de agujeros en los bordes, y una línea subrayada a lápiz:

BECK, Harold. 61. Bramley. Royal Mail (jubilado, 1990). Denuncia 1979: molestias a una joven en su ruta de reparto (archivada).

Y al lado, a bolígrafo, con la letra redonda de Owen: Descartado. Coartada 7-10: hermana.

Lo leí al revés, de pie, sin pararme. Tenía otras cosas en la cabeza.

Volví a oír ese nombre cinco semanas después, en otra boca. Lo que tardé en entender fue lo que significaba. Para entonces era demasiado tarde para él. Y para mí.

Toby pasaba a máquina declaraciones hasta las diez de la noche y me hacía preguntas en voz baja cuando pasaba junto a su mesa. Preguntas buenas. Mejores de lo que él se creía. Las apuntaba todas en su libreta, mis respuestas también.

Ruth y yo coincidíamos a veces junto a la máquina del café, que sabía a cartón mojado y a la que había que darle una patada en el costado para que soltara el vaso.

Hablábamos poco. De la lluvia. De las patadas a la máquina.

Una vez, de Cork. Ella fumaba y yo me golpeaba el muslo, y ninguno de los dos decía nada de eso.

Yo no dormía. Me sentaba por las noches al escritorio de mi madre, con el flexo encendido y la carpeta abierta, y leía una y otra vez las cartas, buscando lo que no veía.

El radiador golpeaba dentro de la pared.

La señora Pryce le gritaba al presentador del concurso.

A veces, de madrugada, me parecía oír algo contra el cristal de la ventana, y me volvía, y no había nada. Solo la farola naranja y la lluvia.

Una de aquellas noches, la del jueves 26, sonó el teléfono a las tres y cuarto de la madrugada.

Lo cogí al segundo timbrazo, a oscuras, descalzo en el recibidor, con el corazón en la boca, pensando en Owen, en otra chica, en un nombre y una dirección.

Dije «¿Sí?». Nadie contestó. Se oía una respiración.

Tranquila. Lenta. La respiración de alguien que no tiene ninguna prisa, que está sentado cómodamente en algún sitio con el auricular pegado a la cara.

Y detrás, muy lejos, muy bajo, una radio.

Música de órgano, me pareció. O un tren.

—¿Owen? —dije.

La respiración siguió. Dentro, fuera. Dentro, fuera. Conté seis. Siete.

Luego colgaron, sin prisa, con un clic suave, como se cierra la puerta del cuarto de un niño que por fin se ha dormido.

Me quedé de pie en el recibidor, a oscuras, con el auricular en la mano y el tono zumbándome en la oreja, mucho rato.

Un borracho , me dije. Un número equivocado.

Un crío con una apuesta. No se lo conté a nadie.

Al día siguiente, en la sala de incidentes, cuando Malcolm se puso los auriculares y empezó a sonar, bajito, por fuera, su música de órgano, me quedé mirándole la nuca un rato largo, sin saber por qué.

Así pasaron doce días. Doce días en los que no pasó nada.

El martes 31 de octubre, noche de Halloween, a las siete y diez de la tarde, una peluquera de Armley barrió los últimos pelos del suelo del salón, apagó las luces, echó la persiana metálica con un estruendo que hizo ladrar a un perro en la casa de al lado, y salió a la calle con un sombrero de bruja de plástico en la cabeza, porque sus compañeras le habían hecho prometer que se lo pondría hasta llegar a casa.

Se llamaba Joanne.

Todavía no sabíamos su nombre.