El Cartero Capítulo 6. Las familias #2
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Capítulo 6. Las familias #2

—Lo dejamos en julio —dijo—. Por la bebida.

La suya. —Se lo pensó—. Bueno, la de los dos.

Pero la suya era peor. Ella no sabía parar.

Empezaba un viernes y acababa el domingo y no se acordaba de nada.

Una vez la encontré dormida en el banco de la parada del autobús, a las cinco de la mañana, en enero, sin abrigo.

Le dije que si seguía así se iba a matar.

—Se le quebró la voz en la última palabra y se la tragó con un trago de cerveza, el primero—. Joder.

—¿Y después?

—Después lo dejó. En septiembre. Así, de golpe.

—Chasqueó los dedos—. Volví a verla aquí, trabajando, detrás de la barra, y se ponía zumo de naranja.

Zumo de naranja, en el Black Horse. Era como ver a un cura en un puticlub.

Y se puso… rara. Seria. Me hablaba distinto.

Como si estuviera aprendiendo a hablar otra vez.

—¿Le dijo cómo lo había dejado?

—Le pregunté. Me dijo que ahora tenía a alguien que la escuchaba. —Craig frunció el ceño, como si le molestara recordarlo—. Que no podía decirme quién. Que lo había prometido.

Owen y yo nos miramos.

—¿Un hombre? ¿Una mujer?

—Ni idea. Un tío, supongo. ¿Qué tía le iba a hacer prometer nada? —Se encogió de hombros—. Pensé que era un novio nuevo y que no me lo quería decir para no hacerme daño. Me cabreé. Le dije que le deseaba suerte con su santo.

—Esto no nos lo contaste, Craig —dijo Owen, muy bajo.

—No me lo preguntasteis. —Craig levantó la vista, con los ojos rojos—. Me preguntasteis dónde estaba yo el sábado. Como si yo… —Apretó la mandíbula—. Estaba en una puta piscina en Mallorca, borracho, con mis colegas. Y ella aquí, con su santo.

Alguien que la escuchaba. Que le había hecho prometer silencio. Que conocía las tostadas de los sábados y el color de sus ojos cuando les daba el sol. Que llevaba la cuenta de sus días buenos.

Al salir del pub me di cuenta de que había estado apretando el chicle entre los dientes con tanta fuerza que me dolía la mandíbula.

⁂

The Kettle estaba enfrente de la comisaría, al otro lado de la calle, y llevaba allí desde antes de que construyeran la comisaría, desde antes de que yo entrara en el cuerpo, quizá desde antes de que existiera la policía.

Era una cafetería grasienta de las de toda la vida, con las mesas de formica roja, sillas de tubo, botes de kétchup con forma de tomate y una radio en la repisa donde siempre sonaba Radio 2.

Los cristales estaban empañados de octubre a abril y alguien había escrito con el dedo, por fuera, una palabrota que nadie se molestaba en borrar.

Olía a bacon, a manteca, a té fuerte, y al pan frito del desayuno, que en The Kettle se servía hasta las seis de la tarde porque Doreen decía que los policías no tienen horario y que el desayuno es un estado de ánimo, no una hora.

La mesa de la ventana estaba libre. Siempre estaba libre. Durante veinte años había sido mi mesa, y por lo visto lo había seguido siendo en mi ausencia, como un sitio que se guarda en la iglesia para un muerto.

—¡Inspector Grey!

Doreen salió de detrás del mostrador secándose las manos en el delantal.

Tenía sesenta y tantos años, una permanente rubia que se hacía cada dos semanas en la misma peluquería desde 1971, las uñas pintadas de un rosa chicle y unas gafas colgadas de una cadenita al cuello.

Me dio un abrazo que olía a manteca y a laca.

—Cinco años sin verte el pelo, cariño. Pensé que te habías muerto o te habías casado.

—Ninguna de las dos cosas, Doreen.

—Pues una de las dos te habría venido bien. —Me miró de arriba abajo—. Estás más flaco. Y más viejo. Siéntate, que te traigo lo tuyo.

Me trajo un café solo sin preguntar, en una taza gruesa de loza blanca con el borde desconchado. Solo, sin azúcar, como el alma de un recaudador de impuestos, decía ella. Owen pidió un desayuno completo a las cinco de la tarde y Doreen lo llamó «cariño» tres veces mientras se lo apuntaba.

Detrás de la caja registradora, entre un calendario de una cervecera y una postal de Blackpool, había una foto enmarcada de un chico de unos quince años con el uniforme del colegio, sonriendo con la boca cerrada.

En la esquina del marco, un lazo negro, de tela, descolorido por el tiempo y la grasa.

Me acordaba de él. Kevin. Venía a hacer los deberes en la mesa del fondo cuando era pequeño.

Me acordaba también del día de 1989 en que Doreen cerró The Kettle por primera vez en treinta años y colgó un cartel escrito a mano en la puerta.

—Esa porquería —dijo Doreen, al ver que miraba la foto.

No hacía falta decir qué porquería; en el Leeds de aquellos años todo el mundo sabía cuál—.

Está en todas partes, cariño. En Chapeltown, en Harehills, en los pisos de Seacroft.

La fuman en papel de plata y se les va la vida por la nariz.

—Se encogió de hombros, con la cafetera en la mano—.

Ojalá alguien le pusiera un nombre en el periódico a ese hijo de puta también. A lo mejor así lo buscabais.

⁂

La campanilla de la puerta sonó cuando Owen iba por la mitad del desayuno.

El hombre que entró se sacudió la lluvia del pelo con las dos manos, como un perro, y miró alrededor con la cara de quien entra en su propia casa.

Tendría treinta y cinco años. Era guapo de una manera barata, de anuncio de colonia en una revista del domingo: mandíbula cuadrada, dientes muy blancos, el pelo peinado hacia atrás con gomina y una gabardina beis empapada encima de un traje bastante mejor que el mío.

Llegó hasta nuestra mesa en tres zancadas, y antes de que nadie le dijera nada ya se había sentado al lado de Owen, en el banco corrido, empujándole un poco con la cadera. Olía a Kouros. Mucho.

—Inspector Grey. —Me tendió la mano por encima de los huevos fritos de Owen—. Vincent Shaw, del Courier . Llevo diez años queriendo invitarle a un café.

No le di la mano. La dejó en el aire un momento, sin rencor, y luego la usó para coger una tostada del plato de Owen.

—Ya tengo café, señor Shaw.

—Lo sé. Solo, sin azúcar. Doreen me lo ha dicho alguna vez. —Le guiñó un ojo a Doreen, que le devolvió una mirada capaz de cortar la leche—. El hombre que mira vuelve a mirar. Es un titular precioso, ¿no le parece? Mañana en portada. A no ser que me dé algo mejor.

—No doy entrevistas.

—Lo sé. Por eso es noticia. —Mordió la tostada—.

Usted no sabe lo que es para un periodista de esta ciudad que el inspector Solomon Grey, el hombre que resolvió lo de Kirkstall con una caja de cerillas, salga de su retiro de profesor para cazar al Cartero.

Es como si volviera Bobby Charlton a jugar con el Leeds.

—Bobby Charlton jugaba en el United —dijo Owen, con la boca llena—. El del Leeds era su hermano. Gilipollas.

Shaw se rio. Tenía una risa simpática, eso hay que reconocérselo. Una risa de la que la gente se fía.

—Una cosa solo, inspector. No para publicar. Por curiosidad profesional. —Se inclinó un poco sobre la mesa, bajando la voz, como si fuéramos tres amigos compartiendo un chiste guarro—. ¿Qué significa la hora?

Owen dejó el tenedor en el aire.

—¿Qué hora? —dije.

—Las doce. En rojo. —Shaw sonreía—. En la foto que les deja.

Nadie se movió. La radio de la repisa estaba poniendo una canción de Simply Red. Doreen había dejado de secar el vaso que tenía en la mano. Fuera, al otro lado del cristal empañado, un autobús de dos pisos pasó despacio, iluminado, lleno de caras que no miraban a ninguna parte.

—No se preocupen —dijo Shaw, y se limpió los dedos en una servilleta de papel—.

Esa todavía no la he publicado. Me la guardo.

—Se levantó, se ajustó la gabardina, dejó un billete de cinco libras junto a mi taza—.

A mí también me gusta tener algo reservado, inspector. Para cuando haga falta. Invito yo.

Y se fue, con la campanilla de la puerta tintineando detrás de él y el olor a Kouros quedándose en el banco como una mancha.

Owen dejó caer el tenedor en el plato.

—Hijo de puta. —Se pasó las manos por la cara—. Hijo de la grandísima puta.

—¿Quién sabía lo de la hora, sargento?

—La brigada. Los de la escena. El forense. El fiscal. Los de huellas, los de fotografía, los que llevan las pruebas al laboratorio. —Contó con los dedos y se le acabaron los dedos—. Treinta personas. Cuarenta, quizá.

—Cuarenta personas pueden guardar un secreto —dije— si treinta y nueve están muertas.

Cogí el billete de cinco libras de Shaw, lo doblé por la mitad y se lo di a Doreen al pasar, de camino a la puerta. Le dije que era para el bote de la parroquia. Ella lo cogió con dos dedos, como si estuviera mojado.

⁂

Volvimos a la comisaría andando, aunque solo había que cruzar la calle. Nos paramos en la acera de enfrente, bajo la marquesina de una parada de autobús, porque Owen tenía que fumarse el cigarrillo que no sabía que yo sabía que fumaba.

Lo encendió con las manos ahuecadas, de espaldas a la comisaría, como un colegial detrás del gimnasio.

—Señor Grey, ¿puedo preguntarle una cosa?

—Puede preguntar.

—¿Por qué se hizo policía?

Era una pregunta que me habían hecho cien veces, y yo tenía cien respuestas preparadas, todas educadas, todas vacías, todas perfectamente inútiles para saber nada de mí.

Abrí la boca para darle una. Y no sé por qué —por el cansancio, por la casa de Otley que todavía me olía a quemado en la ropa, por la cara de aquel chico pecoso que me miraba de verdad esperando una respuesta de verdad— le di otra.