El Cartero Capítulo 6. Las familias
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Capítulo 6. Las familias

Hay una cosa que no te enseñan en ninguna academia y que yo tardé diez años en aprender: a los muertos se les puede mirar sin miedo. Lo difícil son los vivos que dejan atrás.

Patricia Lister vivía en una casa adosada de piedra ennegrecida en una calle empinada de Otley, de esas que suben desde el río hacia la ladera con las casas escalonadas una encima de otra, como dientes de una mandíbula.

Fuimos el jueves por la mañana, Owen y yo.

Abrió la puerta una agente de enlace con las familias, una mujer joven de uniforme con la cara de no haber dormido, que nos hizo pasar en voz baja, como se entra en una iglesia o en la habitación de un enfermo.

La casa olía a quemado.

No era un olor fuerte. Era ese olor rancio, pegajoso, que se queda en las cortinas y en la pintura durante semanas cuando algo se ha quemado de verdad.

En la cocina, al fondo del pasillo, vi el techo encima del grill: una mancha negra, en forma de abanico, que nadie había limpiado. Supongo que nadie había tenido fuerzas.

Patricia Lister estaba sentada en el sofá del salón, en bata, a las once de la mañana, con una rebeca de punto gris sobre los hombros que no era suya: le quedaba pequeña de mangas.

Tendría cuarenta y pocos años y aparentaba sesenta.

El pelo teñido de rubio, con dos dedos de raíz gris.

Fumaba Silk Cut uno detrás de otro y tiraba la ceniza en un platito de té con dibujos de rosas, y cada vez que se llevaba el cigarrillo a la boca le temblaba la mano, y cada vez tenía que esperar a que dejara de temblar para encontrarse los labios.

No se levantó. Nos miró a Owen y a mí como si fuéramos dos muebles que alguien hubiera traído sin avisar.

—Usted es el negro —dijo—. El de los periódicos.

—Solomon Grey, señora Lister. Siento mucho lo de Emma.

—Todos lo sienten mucho. —Dio una calada—. Siéntense, si quieren.

Nos sentamos. La agente de enlace trajo té. Nadie lo tocó.

No le pregunté nada al principio. Dejé que hablara Owen, que era bueno en eso, mejor de lo que él sabía: tenía esa torpeza sincera de los hombres jóvenes que todavía no han aprendido a fingir que no les duele. Le preguntó por el sábado. Ella miró hacia la cocina. Hacia la mancha negra.

—El cartero vino a las diez y cuarto. Silbando.

Siempre silba. —Se le torció la boca—. Había tres cartas.

Una factura de la luz, una de esas de publicidad, y un sobre de color hueso con mi nombre escrito a pluma, con una letra preciosa, de esas de invitación de boda.

Pensé que era de mi prima Sandra, que se casa en primavera.

Estaba haciendo tostadas. —Se rio, un ruido sin aire—.

Estaba haciendo tostadas. Para nadie. Los sábados hago tostadas aunque Emma ya no se las coma, porque huelen a…

porque cuando era pequeña bajaba descalza por la escalera en cuanto olía el pan, y se sentaba en ese escalón, el tercero, y…

Se calló. El cigarrillo le temblaba entre los dedos. Owen bajó la vista.

—La leí de pie —siguió, al cabo de un momento—.

Al lado del grill. Tres veces. No me di cuenta de que se estaba quemando la cocina hasta que entró la vecina gritando, con una toalla mojada.

Vinieron los bomberos. Les abrí la puerta con la carta en la mano.

No la soltaba. No la podía soltar. —Me miró a mí, por primera vez de verdad—. Sabía lo de las tostadas.

—Lo sé.

—Eso no lo sabe nadie. Nadie de fuera de esta casa. Ni mi hermana. Emma se lo contó. Se lo contó a él. —Apagó el cigarrillo en el platito, despacio, aplastándolo hasta deshacerlo—. Mi hija le contaba cosas a ese hombre que a mí no me contaba.

Nadie dijo nada. Fuera pasó un camión subiendo la cuesta en primera, y los cristales de la ventana vibraron.

Patricia Lister encendió otro cigarrillo. Luego levantó la vista hacia mí, con unos ojos hinchados, enrojecidos, con las pestañas pegadas en puntas por las lágrimas de muchos días.

—Usted la ha visto. El chico me ha dicho que usted fue a verla. Ayer.

—Sí.

—Dice en la carta que se le pusieron los ojos verdes.

Al final. Que nunca había visto un verde así.

—Se inclinó hacia delante—. Emma tenía los ojos color avellana.

Como su padre, el muy cabrón. Marrones, casi siempre.

Pero con el sol, cuando le daba el sol de lado, en verano, se le ponían verdes.

Verdes de verdad. Le salía un aro verde alrededor del negro, y yo le decía que tenía ojos de gato.

—La voz se le rompió y la recompuso—. ¿Cómo sabe eso?

¿Cómo sabe ese hombre lo que le pasaba a mi hija en los ojos cuando le daba el sol?

No contesté. No había respuesta que no fuera peor que el silencio.

—El chico dice que nunca miente. —Miró a Owen—. ¿Verdad que lo has dicho? Que en las cartas nunca hay nada que no sea verdad.

Owen tardó en contestar. Tragó saliva.

—En nueve cartas, señora Lister, todo lo que hemos podido comprobar era cierto. Los sitios, la ropa, las heridas. Todo.

Ella asintió muy despacio. Asintió durante mucho rato, mirando el platito de las rosas, con el cigarrillo consumiéndose solo entre los dedos.

—Entonces sufrió —dijo—. Si nunca miente, sufrió.

Yo sabía lo que había en los pulmones de su hija.

Lo había visto en un frasco de cristal a contraluz.

Podría haberle dicho que no, que las cartas exageran, que esos hombres se inventan cosas para darse importancia, que seguramente Emma no se enteró de nada.

Es lo que se dice. Lo he dicho cien veces, en cien salones como aquel.

No dije nada.

Y a veces no decir nada es la misma mentira, pero peor, porque ni siquiera tienes el valor de pronunciarla.

⁂

Antes de irnos le pedí ver la habitación de Emma. Me la enseñó la agente de enlace; Patricia Lister no se levantó del sofá.

Estaba arriba, bajo el tejado, con el techo inclinado, tan bajo en un lado que tuve que agacharme.

Una cama individual con un edredón de flores.

Ropa en una silla. Un espejo con fotos metidas en el marco: Emma con amigas en una discoteca, haciendo muecas; Emma con un chico rapado y moreno en una playa; Emma de niña, desdentada, con un perro marrón en brazos que debía de ser Biscuit.

En la cara de dentro de la puerta del armario, donde solo se veían si abrías, cuatro pósters de Take That.

Me quedé mirando los pósters más de lo necesario. No sé por qué. Supongo que porque era la única cosa de aquella habitación que Emma Lister había querido esconder, y la habían encontrado igual.

En la pared, junto a la cama, había un calendario de un restaurante chino de la calle mayor, con una foto de un templo rojo para cada mes. Estaba en octubre. Lo descolgué y fui pasando las hojas hacia atrás.

En septiembre empezaban los números.

El jueves 7 de septiembre, en la esquina de abajo de la casilla, a lápiz, con letra muy pequeña, alguien había escrito un 1 .

El viernes, un 2 . El sábado, un 3 . Y así, cada día, sin saltarse ninguno, a lápiz, en la esquina: 4 , 5 , 6 …

hasta el final de septiembre, y luego en octubre, 25 , 26 , 27 …

Llegaban hasta el sábado 7 de octubre. En el sábado 7, en la esquina, un 31 .

Después, nada.

Y había otra cosa. Varios martes estaban rodeados con un círculo, también a lápiz. No todos. La mayoría.

—Esto ya lo vimos —dijo Owen desde la puerta, agachando la cabeza bajo la viga—. Pensamos que era una dieta. O la regla.

No le contesté. Tenía en la cabeza una frase escrita con tinta y sangre: Llevaba la cuenta de sus días buenos, ¿lo sabía? Treinta y uno.

No era una dieta.

Emma Lister había estado contando algo. Treinta y un días de algo que había empezado el 7 de septiembre y que se había terminado el 7 de octubre, la noche que salió del pub y no volvió. Y él lo sabía. Él sabía la cuenta exacta. La había llevado con ella.

Y sin querer, con el calendario en la mano, bajo aquel techo inclinado, la vi.

Es sábado por la mañana. Te despiertas sin resaca por trigésimo primer día seguido, y todavía te parece un milagro: la cabeza limpia, la boca sin sabor a nada, las manos quietas.

Abajo, tu madre está haciendo tostadas para nadie, y el olor sube por la escalera.

Coges el lápiz pequeño que te llevaste de la casa de apuestas de la calle mayor y escribes en la esquina del sábado, con letra diminuta, para que nadie lo vea: 31 .

Te quedas mirándolo. Te da vergüenza lo orgullosa que estás.

Esta noche, cuando cierres el pub, se lo vas a contar a alguien que te va a decir que está orgulloso de ti.

Alguien que te escucha. Alguien que lleva la cuenta contigo.

Bajas la escalera descalza, como cuando eras pequeña, y te sientas un momento en el tercer escalón, a oler el pan.

No sabes que es la última vez.

Volví a colgar el calendario en su clavo, en octubre, con el templo rojo, como estaba. Me pareció que era importante que siguiera en octubre.

⁂

El pub donde trabajaba Emma estaba en la plaza del mercado, el Black Horse, un edificio de piedra con un caballo pintado en el letrero y las ventanas de cristal emplomado tan sucias que de día dentro había que encender la luz.

A mediodía de un jueves olía a lejía, a cerveza de la noche anterior y a las patatas del almuerzo que nadie había pedido todavía.

El chico de la foto del espejo estaba en la barra.

Se llamaba Craig Hollis, tenía veintiún años, la cabeza rapada, una cadena de oro al cuello y un chándal Kappa azul y blanco que crujía cuando se movía.

Volvía de Magaluf con la nariz y los hombros despellejados por el sol, y la piel nueva, rosa, asomaba bajo la vieja como si se estuviera mudando.

Tenía una pinta de lager delante, sin tocar.

Cuando nos vio entrar, se le endureció la cara.

—Ya les dije todo.

—Le dijiste dónde estabas —dijo Owen, sentándose a su lado—. Ahora queremos que nos hables de ella.

Craig miró la pinta. Luego me miró a mí. Algo en mi cara, o en mi edad, o en mi color, le hizo bajar la guardia un poco; nunca he sabido qué.