Capítulo 5. El árbol #3
Se lio un cigarrillo. Tardó más que en el hospital, porque tenía los dedos entumecidos y el papel se le humedecía, pero lo consiguió, y lo encendió con un mechero de gasolina protegiendo la llama con el cuerpo.
El humo se quedó flotando entre nosotros, atrapado por la copa del árbol, azul, espeso, oliendo a tabaco de hebra y a gasolina.
Mis dedos empezaron a golpear el muslo. No los paré.
—¿Cuánto hace que lo dejó? —preguntó ella, sin mirarme.
—Tres años, cuatro meses y once días.
—¿Lleva la cuenta?
—Mi cuerpo la lleva. Yo solo la consulto.
—¿Y lo echa de menos?
—Cada cuarto de hora.
Me tendió la petaca de tabaco sin decir nada.
La miré. La petaca era de cuero gastado, con las costuras abiertas en una esquina, y olía a ella, supongo, aunque entonces no sabía todavía a qué olía ella.
Negué con la cabeza. Ruth se la guardó en el bolsillo del abrigo con un medio gesto que podía ser respeto o podía ser pena.
—¿Por qué sangre? —le pregunté.
Se encogió de hombros.
—Mi padre era carnicero en Cork. En Shandon Street, debajo de la torre de la campana.
Aprendí a deshuesar un cordero antes que a montar en bici.
—Dio una calada—. Las monjas del colegio querían que fuera enfermera.
Mi madre, que me casara. Mi padre me enseñó que la sangre cuenta lo que ha pasado, y en el orden en que ha pasado, si sabes preguntarle.
Cae, salpica, gotea, se seca, y cada una de esas cosas deja una forma distinta.
Los testigos se equivocan. Los sospechosos mienten.
Los policías… —Me miró de reojo—. Los policías ven lo que quieren ver. La sangre no quiere nada.
—Pero aquí no hay.
—No. —Miró el charco—. Aquí no hay nada. Por eso este hijo de puta me cae tan mal. Me ha quitado lo único que sé leer.
Se frotaba la base del anular con el pulgar. Lo vi, y ella vio que lo veía.
—Me divorcié hace dos años —dijo, sin que se lo preguntara—. Tiré el anillo al Lee desde el puente de Saint Patrick, una noche que había bebido más de la cuenta. El dedo todavía no se ha enterado.
No dije nada. No había nada que decir que no fuera peor que el silencio. Estuvimos un rato así, bajo el árbol, oyendo llover, con el humo entre los dos.
—¿Y usted? —preguntó al fin—. ¿Por qué ha vuelto? Owen dice que le dijo que no. Que le dijo que no tres veces.
Pensé en el papel mojándose. En las manchas de lluvia abriéndose en el cartón como flores pequeñas. En la urraca, y en el titular a la altura de mis ojos, y en el frío bajando por la columna, vértebra a vértebra. En una palabra que no me había atrevido a pensar entera en treinta y dos años.
—Por el papel —dije—. Se estaba mojando.
Ruth Kavanagh dio una última calada, larga, y soltó el humo despacio, mirándome a través de él con aquellos ojos grises que no se creían nada.
—Ajá.
⁂
Volvimos a comisaría pasadas las siete, empapados, con barro hasta las rodillas. Bill Royce, desde el mostrador, me vio entrar con la gabardina negra por detrás y se rio tanto que se le cayó el bolígrafo.
Subí directamente a la sala de incidentes. Malcolm seguía allí, delante de la terminal, con una bolsa nueva de patatas y el walkman puesto a tanto volumen que se oía desde la puerta una música de órgano, larga, fúnebre.
—Malcolm. Necesito los croquis de las nueve escenas.
Se quitó un auricular.
—¿Los nueve? ¿Ahora?
—Solo una cosa. La orientación de los cuerpos. Hacia dónde tenían los pies.
Me miró por encima de las gafas de culo de botella, con aquellos ojos enormes de pez.
Luego se hizo crujir los nudillos, uno a uno, y se levantó con un gruñido para ir al archivador metálico del fondo.
Tardó veinte minutos. Fue sacando las carpetas de las escenas una por una, abriéndolas sobre la mesa, buscando el croquis, pasando el dedo gordo por el dibujo.
No hablaba. Solo, cada vez, hacía un ruidito con la garganta.
Primero uno. Luego otro. Al quinto, dejó de hacerlo.
Cuando terminó, se quedó de pie junto a la mesa, con la última carpeta abierta en las manos, sin decir nada. Ruth había entrado y se había quedado en la puerta, con el pelo mojado pegado a la frente. Owen se había parado a medio quitarse el anorak.
—Las nueve —dijo Malcolm al fin, en voz baja—. Cabeza al norte. Pies al sur. Boca arriba. Todas. —Se quitó las gafas y se frotó los ojos con dos dedos—. ¿Cómo coño no lo vimos?
—Porque las mirábamos a ellas —dije—. No mirábamos lo que miraban ellas.
Nadie contestó. En el despacho del fondo, detrás del cristal y las persianas a medio bajar, la máquina de escribir de Whitlock seguía sonando, regular, sin pausa, como un corazón.
Me acerqué al corcho. Las nueve Polaroids. Los nueve árboles. Las nueve chicas tumbadas, con los brazos cruzados y la mancha amarilla entre las manos, todas mirando hacia el mismo punto del cielo, hacia el mismo sitio vacío donde a las doce en punto iba a estar el sol.
Girasoles, pensé. Las había plantado como girasoles.
Y me acordé de lo que había dicho Hannah Lowe en la primera fila, mientras guardaba el bolígrafo en el estuche: que de noche, cuando no hay sol, los girasoles se vuelven hacia el este y se pasan la noche así, esperando a que vuelva.
Pensé que en algún sitio, en aquel mismo momento, alguien también estaba esperando.
Y que no tenía ninguna prisa.