Capítulo 5. El árbol #2
Y a un lado del surco, justo al pie del hueco, dos hoyos. Pequeños, del tamaño de una moneda de cincuenta peniques, separados entre sí por un palmo y medio, hundidos en el barro algo más que el resto. Dos patas.
Me quedé mirándolos con la cara en el suelo y la lluvia golpeándome la nuca.
Una carretilla. Una carretilla de mano, de las de obra, de las de jardín, con una rueda delante y dos patas detrás.
Había venido de noche por el campo, empujándola, con ella dentro.
Había llegado al muro, había parado aquí para descansar, para pasar la carretilla por el hueco, y la había dejado apoyada un momento sobre las patas.
Quizá se había limpiado el sudor de la frente.
Quizá había mirado hacia el roble, hacia el sitio, y había sonreído.
—Doctora —llamé, sin levantarme—. ¿Puede venir un momento?
Ruth vino. Se agachó a mi lado, sin importarle el barro, y se quedó mirando el surco mucho rato, con la cabeza ladeada y la boca un poco apretada. Luego miró los dos hoyos. Luego me miró a mí.
—Vale —dijo—. Eso no lo teníamos.
No dijo «ajá». Aprendí aquel día que Ruth Kavanagh también sabía decir que sí, aunque le costara.
Owen llegó corriendo, resbalando, y cuando lo vio soltó un «joder» tan largo que se le acabó el aire a la mitad.
Luego se puso a hablar muy deprisa por la radio, pidiendo que subiera alguien del equipo de la escena con escayola para sacar un molde, aunque los tres sabíamos que con aquella lluvia no iba a salir nada que sirviera ante un tribunal.
No me levanté hasta que no tuve el surco grabado en la cabeza como una fotografía. Cuando lo hice, me di cuenta de que había alguien más en el claro.
⁂
Graham Whitlock subía por el sendero de la cantera con un abrigo azul marino largo hasta las rodillas y un paraguas negro, grande, de los de golf.
Sus zapatos, unos Oxford marrones que seguramente costaban más que mi primer coche, estaban hundidos en el barro hasta los cordones, y caminaba con cuidado, despacio, como caminan los hombres que no están acostumbrados a que el suelo les lleve la contraria.
Llevaba la cara muy pálida. Se paró a unos metros de nosotros para recuperar el aliento y se metió un caramelo de menta en la boca.
—Me han dicho por radio que habías encontrado algo.
Owen se lo explicó. Muy deprisa, con las manos, con la cara encendida.
El surco. Los hoyos. La carretilla. Whitlock escuchó sin interrumpir, mirando el barro.
Luego, con cierto esfuerzo, se acuclilló junto al hueco del muro, con el paraguas encima, y observó las marcas durante un buen rato.
El caramelo le chocaba contra los dientes. Tac, tac.
—Una carretilla —dijo al fin.
—Por eso no hay neumáticos de coche —dije—. Deja el coche lejos, o no tiene coche cerca. La trae de noche, campo a través, con ella dentro. La empuja. Puede tardar horas.
Whitlock asintió despacio. Se incorporó apoyándose en una rodilla, y al hacerlo le dio un ataque de tos.
Una tos fea, honda, que le salía de muy abajo y que le hizo darse la vuelta, de espaldas a nosotros, con el pañuelo en la boca.
Esperamos. Cuando terminó, dobló el pañuelo en cuatro, sin mirarlo, y se lo guardó.
—Este tiempo me está matando —dijo, con media sonrisa—. Buen ojo, Grey. Como siempre.
—Solo me he tumbado en el barro. Cualquiera podía haberlo hecho.
—Pero nadie lo hizo. —Se volvió hacia Owen—. Que Malcolm abra una acción en cuanto volváis. Ferreterías, viveros, almacenes agrícolas, cualquier sitio que venda carretillas en West Yorkshire. Desde 1991.
—Jefe, deben de ser miles.
—Entonces empezad hoy.
Owen se fue hacia el muro a esperar a los de la escayola. Whitlock se quedó a mi lado bajo el paraguas negro, mirando el roble. La lluvia tamborileaba en la tela por encima de nuestras cabezas.
—¿Qué más has visto? —preguntó, sin mirarme.
Se lo conté. La ventana entre las ramas. El hueco que miraba al sur. Los pies hacia el valle. El sol de mediodía de octubre, bajo, que habría entrado por allí a las doce en punto y le habría dado de lleno en la cara.
Whitlock escuchó con los ojos entornados, y cuando terminé asintió dos veces, satisfecho, como asiente un profesor cuando un alumno llega por fin, por su cuenta, a una conclusión que él ya había puesto en la pizarra.
—El sol —dijo—. Siempre el sol. Llevo meses diciéndoselo a esta gente. Cultos solares, sacrificios, gente que reza mirando al cielo. —Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—. Ahora tendrán que escucharme.
Me dio una palmada en el hombro, breve, seca, de compañero, y se fue por donde había venido, despacio, sorteando los charcos con sus Oxford hundidos en el barro, con el paraguas negro balanceándose sobre los helechos como una flor enorme y oscura que se alejara sola.
⁂
Los de la escena tardaron cuarenta minutos en subir con la escayola. Owen bajó a buscarlos al aparcamiento para guiarlos, y Ruth y yo nos quedamos solos en el claro, refugiados bajo el roble, porque era el único sitio en doscientos metros donde la lluvia caía un poco menos.
No me gustó estar allí. Lo digo ahora porque entonces no me lo dije: no me gustó estar de pie bajo aquel árbol, con aquel charco con forma de chica a medio metro de mis zapatos, sabiendo que él había estado exactamente donde yo estaba, mirando lo mismo.
Pero era el único sitio seco, y Ruth ya se había apoyado en el tronco, y me pareció que irme habría sido una forma de huir.