Capítulo 5. El árbol
El Chevin es una loma larga de piedra y bosque que se levanta al sur de Otley como el lomo de un animal dormido.
En los días claros, que en octubre son menos que los dedos de una mano, desde arriba se ve todo Wharfedale: el río brillando entre los prados, los tejados de pizarra del pueblo, los muros de piedra seca cosiendo el valle en retales verdes hasta el horizonte.
Aquel miércoles no se veía nada. La niebla se había tragado el valle entero, y la loma flotaba en ella como una isla.
Fuimos en el coche de Owen, un Vauxhall Cavalier gris con un ambientador con forma de pino colgado del retrovisor que hacía años que había dejado de oler a pino.
Owen conducía. Ruth, detrás, con el abrigo puesto y una bolsa de lona sobre las rodillas.
Toby se había quedado en comisaría; Whitlock le había mandado pasar a máquina las declaraciones de la mañana, y lo había hecho, me dijo Owen, delante de todo el mundo, con aquella voz correcta que nunca subía de tono.
Que Fenn se quede. Hoy ya ha visto bastante.
Toby había obedecido sin protestar, pero cuando salíamos le vi por el cristal de la sala, sentado delante de la máquina con las manos quietas encima de las teclas, mirando a la nada.
Los limpiaparabrisas iban al máximo y no daban abasto. La lluvia caía en cortinas, ladeada por el viento, y la carretera que sube desde Otley se había convertido en un río marrón que bajaba arrastrando hojas.
En el aparcamiento de arriba no había nadie, salvo una furgoneta de la policía con las luces apagadas y un agente de uniforme dentro, comiéndose un bocadillo con el cristal empañado. Nos saludó con la mano sin bajar la ventanilla.
A partir de ahí, a pie.
El sendero se metía en el bosque entre abedules y robles enanos, retorcidos, con el tronco cubierto de un musgo tan verde que parecía pintado.
El barro nos llegaba a los tobillos. Las raíces cruzaban el camino como venas hinchadas y estaban resbaladizas como jabón, y Owen se cayó dos veces de rodillas y se levantó soltando tacos cada vez más largos.
Olía a tierra podrida, a hojas, a ese olor a hongo que tienen los bosques del norte en otoño, como de cosa que se descompone despacio y sin prisa.
Nadie hablaba. Solo se oía la lluvia contra las hojas, el chapoteo de nuestros pasos y, de vez en cuando, por encima de los árboles, los graznidos de unos cuervos que no veíamos.
A los quince minutos el bosque se abrió de golpe y estábamos al borde de la cantera.
Era un tajo enorme en la ladera, una pared de piedra arenisca de un gris amarillento, cortada a pico hace cien años por hombres que ya estarían todos muertos, por la que bajaba el agua en hilos finos, brillantes, como lágrimas por una cara.
Abajo, al fondo, se había formado una charca negra.
El sendero bordeaba la cantera por arriba, entre helechos muertos, del color del óxido.
Y allí, por encima, en un claro de helechos a doscientos metros del borde, estaba el roble.
Lo vi desde lejos. Era imposible no verlo.
Estaba solo en mitad del claro, sin otro árbol a cincuenta metros a la redonda, doblado hacia el este por cien años de viento, con el tronco grueso y negro de lluvia y las ramas abiertas y retorcidas como los dedos de una mano artrítica que intentara agarrar algo en el aire.
Todavía le quedaban hojas, pocas, marrones, que temblaban todas a la vez.
De una de las ramas bajas colgaba un trozo de cinta policial azul y blanca, olvidado por el equipo de la escena, que el viento hacía restallar como un látigo.
Me paré a la entrada del claro.
—Quédense aquí, por favor.
Owen abrió la boca para decir algo. Ruth le puso una mano en el brazo. Se quedaron junto al muro de piedra seca que cerraba el claro por el norte, bajo la lluvia, y yo entré solo.
⁂
No fui directamente al árbol. Nunca se va directamente.
Di una vuelta entera al claro por el borde, despacio, mirando el suelo.
Luego otra, más cerrada. Luego otra. Una espiral, de fuera hacia dentro, como hace el agua cuando se va por un desagüe.
Es la única manera de mirar un sitio sin que el sitio te diga qué tienes que mirar.
Los helechos estaban pisoteados por todas partes: botas de goma, decenas de pares, en todas direcciones, entrando, saliendo, dando vueltas, las huellas de un baile torpe de gente con prisa y frío.
El equipo de la escena había peinado un círculo de unos veinte metros alrededor del roble, lo vi por las marcas de las estacas. Fuera de ese círculo, casi nada.
Cuando llegué al árbol, me quedé de pie junto a él un buen rato.
Debajo, entre las raíces que asomaban de la tierra como codos, la hierba seguía aplastada.
Cuatro días de lluvia y la hierba seguía aplastada, con la forma de un cuerpo, y en esa forma se había remansado el agua.
Un charco. Un charco del tamaño exacto de una chica de diecinueve años, con su cabeza, sus hombros, el estrechamiento de la cintura y las dos piernas juntas, rellenas de agua marrón que temblaba con cada gota.
Y flotando en ella, tres pétalos amarillos.
Cuatro. Pétalos de girasol, desprendidos cuando se llevaron la flor a una bolsa de pruebas, ennegrecidos por los bordes, curvados hacia dentro como uñas recién cortadas.
Me acuclillé. Las rodillas me crujieron. El agua del charco estaba quieta salvo por la lluvia, y en ella se reflejaban las ramas del roble, negras, temblando.
Me tumbé.
No en el charco. A su lado, en los helechos empapados, boca arriba, con la gabardina abierta, los brazos pegados al cuerpo, en la misma postura. El agua helada me caló la espalda en un segundo. Noté el barro meterse por el cuello de la camisa.
—¿Qué demonios hace, Grey? —La voz de Ruth llegó desde el muro, aguda, cortada por el viento.
—Mirar lo que miraba ella.
Arriba, el roble. Las ramas negras cruzándose contra un cielo gris, uniforme, como una tapa de cazuela.
Gotas que se soltaban de las hojas y me caían en la cara, en los ojos, gruesas, frías.
Y entre las ramas, hacia un lado, un hueco.
Una ventana en la copa, una abertura grande y limpia por donde la luz entraba sin estorbo.
Volví la cabeza hacia allí sin levantarla del suelo.
El hueco miraba hacia el valle. Hacia el sur.
En octubre, en Yorkshire, el sol de mediodía va bajo, muy bajo, pegado al horizonte del sur. Si aquel día hubiera habido sol, a las doce en punto habría entrado por esa ventana entre las ramas y le habría dado de lleno en la cara.
Me quedé tumbado más de lo necesario. El agua helada me había calado la espalda hasta los riñones y ya no la notaba.
Lo que notaba era otra cosa: que él también había estado aquí.
No tumbado. De pie. Justo donde estaban ahora mis pies, mirando hacia abajo, hacia ella, hacia la cara que él mismo había maquillado, de noche, con la linterna apagada para que nadie la viera desde la carretera.
Mirándola un rato largo. Satisfecho. Como se mira un cuadro recién colgado en la pared.
Y durante un segundo, tumbado en el barro con los ojos abiertos bajo la lluvia, tuve la certeza física, animal, de que alguien me estaba mirando a mí así. Desde arriba. Desde el borde del claro. Desde los árboles.
Giré la cabeza. Owen y Ruth seguían junto al muro, encogidos bajo la lluvia. Detrás de ellos, el bosque, negro, inmóvil. Un cuervo levantó el vuelo de una rama alta, graznando, y se perdió en la niebla.
Nada más.
Nada más , me dije.
Me levanté. Tenía la gabardina negra de barro por detrás y el pelo chorreando. Owen me miraba con la boca un poco abierta, como se mira a un tío que ha bebido demasiado en una boda.
—Sargento —dije—. El croquis de la escena. ¿Hacia dónde tenía los pies?
Owen sacó una carpeta de plástico de dentro del anorak, la abrió protegiéndola de la lluvia con el cuerpo y pasó el dedo por un dibujo.
—Hacia el valle. —Levantó la vista—. Hacia el sur.
⁂
Seguí dando vueltas. Ahora hacia fuera, más allá de las estacas, más allá del círculo que había peinado el equipo de la escena, donde los helechos estaban intactos y nadie había pisado.
Si no hay marcas de neumáticos, me decía, es que no vino en coche hasta aquí.
Y si no vino en coche, la trajo de otra manera.
Una chica de diecinueve años, muerta, pesa cincuenta y tantos kilos, y los muertos pesan más que los vivos porque no ayudan.
Nadie carga eso a hombros un kilómetro por un bosque de noche, bajo la lluvia, entre raíces que resbalan como jabón. No sin caerse. No sin dejar algo.
El claro estaba cerrado por el norte por el muro de piedra seca, el mismo junto al que esperaban Owen y Ruth.
Era un muro viejo, de piedras planas encajadas sin argamasa, cubiertas de liquen amarillo, de esos que llevan doscientos años en pie y a los que un mal invierno tumba en una noche.
Lo recorrí despacio, con la mano rozando las piedras.
A unos cuarenta metros del roble, hacia el este, había un hueco.
Un tramo de un metro donde las piedras de arriba se habían caído hacia fuera y formaban un montón en la hierba, como dientes sueltos.
Por allí podía pasar alguien sin saltar.
Me agaché junto al hueco. Luego me tumbé otra vez, esta vez boca abajo, con la mejilla casi en el barro, con los ojos a ras de suelo. Es la única forma de ver lo que la lluvia casi ha borrado: la luz rasante saca relieves que de pie no existen. Owen dijo algo desde lejos. No le oí.
Ahí estaba.
Un surco. Estrecho, de unos ocho centímetros de ancho, poco profundo, recto.
Salía del hueco del muro y se metía entre los helechos en dirección al roble, y a los cinco o seis metros desaparecía, aplastado por las botas del equipo de la escena o deshecho por cuatro días de agua.
En el fondo del surco, si mirabas muy de cerca, se adivinaba un dibujo: unas rayitas cruzadas, regulares, en espiga, como el dibujo de una rueda de goma. Una sola rueda. No dos.