Capítulo 4. Primero el muerto #3
—Si lo supiera, Grey, estaría escribiendo un libro.
—Se dio la vuelta hacia la mesa auxiliar y cogió un frasco de cristal con tapa de rosca.
Lo sostuvo a contraluz. Dentro había un líquido turbio y, en el fondo, un sedimento oscuro, terroso—.
Y esto. Material terroso en tráquea y bronquios, hasta las ramificaciones más finas.
No lo tragó: lo respiró. Estaba viva y consciente, o casi, cuando la cubrieron.
Intentó respirar debajo de la tierra hasta que se le llenaron los pulmones.
Y se mordió la lengua. —Le levantó con dos dedos el labio inferior, con una delicadeza que no esperaba en aquellas manos—. Aquí, en el borde. Con fuerza.
—¿Y las uñas?
—Arcilla. —Fue Ruth quien contestó. Se había acercado sin que la oyera.
Hablaba en voz baja, sin mirarme, con los ojos fijos en la mano izquierda de Emma—.
Arcilla roja, muy plástica, muy fina, con casi nada de materia orgánica.
No es tierra de páramo. La tierra del páramo es turba, negra, ácida, llena de raíces.
Esto viene de otro sitio. De un sitio donde alguien ha cavado mucho.
—La desangró en otra parte.
—No hay ni una gota en la escena. Ni en la ropa.
Ni debajo de las uñas, que es donde siempre queda algo.
—Se rozó con el pulgar el anillo que no tenía—.
La lavó con jabón corriente, de pastilla, y le restregó las manos con un cepillo; tiene la piel de los nudillos irritada.
Le lavó el pelo. Y aun así, el pelo es lo primero que se mancha, siempre, y no hay nada.
Para eso tienes que tenerla colgada, o inclinada, con la cabeza más baja que el corazón y el cuello hacia abajo, y la sangre cayendo en algo. En un recipiente.
—La recogió.
—Toda la que pudo. —Ruth levantó por fin la vista—. Para la tinta le bastaría con un vaso. Una mujer de su tamaño tiene cuatro litros. No sé dónde va el resto.
Nadie dijo nada. Los compresores de las cámaras frigoríficas zumbaron más fuerte, como si alguien les hubiera subido el volumen. En el pasillo, Toby había dejado de vomitar.
Me quedé un rato más mirando la cara de Emma Lister.
Las pecas. La sombra rosa en la comisura.
Pensé que tenía la cara de alguien que ha estado a punto de echarse a reír y se ha quedado así, a medio camino, para siempre.
Luego le hice un gesto a McCready, que volvió a cubrirla con la sábana con un cuidado de padre que acuesta a un crío, y el cajón se cerró con el mismo chirrido largo con el que se había abierto.
—Ahora sí —le dije a Owen—. Cuénteme quién era.
Owen sacó su libreta. Se aclaró la garganta dos veces antes de empezar.
—Emma Louise Lister. Diecinueve años. Camarera en un pub de la plaza del mercado de Otley.
Vivía con su madre, Patricia. Un hermano mayor, Gary, en el ejército, destinado en Alemania.
El padre se fue cuando ella tenía seis años; no se sabe nada de él desde 1985.
Sin novio desde el verano. Un exnovio, comprobado, estaba en Magaluf la semana de la desaparición.
—Pasó la página—. Le gustaban Take That, aunque decía que no.
Quería sacarse el carné de conducir. Tuvo una mala racha el año pasado.
—¿Qué clase de mala racha?
Owen levantó la vista de la libreta.
—Su madre no quiso entrar en detalles.
⁂
Leí la carta en el pasillo, sentado en un banco de plástico naranja atornillado a la pared, debajo de un cartel que pedía a los familiares que no fumaran.
Owen me la dio sin decir nada y se fue a buscar a Toby.
Ruth se quedó dentro con McCready, hablando en voz baja de pesos y volúmenes.
Yo saqué las gafas del bolsillo de la camisa, las miré un momento, y volví a guardarlas.
Estiré el brazo. Las líneas inclinadas, ordenadas, oscuras, se fueron enfocando poco a poco, como algo que sube desde el fondo de un estanque.
Querida señora Lister.
La leí entera, despacio, dos veces. Las tostadas de los sábados. El perro que se llamaba Biscuit. Los dientes que temblaban, la lengua mordida. Lo hice con mucho cuidado. Se lo prometo. Los treinta y un días buenos. La vestí de un color que le favorecía mucho más de lo que ella se creía.
Y las pecas.
Se le quedó la piel tan blanca que las pecas parecían flotar por encima, a punto de desprenderse, como estrellas sobre la leche.
Bajé el papel.
Diez minutos antes, inclinado sobre aquel cajón de metal, yo había mirado la cara de Emma Lister y había pensado exactamente eso.
Con esas palabras, o casi. Parecían flotar por encima.
A punto de desprenderse. Lo había pensado yo, con mi cabeza, con mi manera de mirar, la que me había hecho famoso y me había dejado solo.
Y él lo había pensado antes. Lo había visto antes. Con ella viva.
No sé cómo explicar lo que sentí. No fue miedo. Fue algo más sucio. Fue como descubrir, al darte la vuelta en una habitación a oscuras, que alguien ha estado respirando a tu ritmo todo el tiempo, tan cerca que no notabas la diferencia entre su aliento y el tuyo.
Miramos igual, pensé. Él y yo miramos igual.
Me llevé el índice y el pulgar al entrecejo. Cerré los ojos.
—Despacio —susurré—. Primero mira.
Pero ya había mirado. Ese era el problema.
Me quedé sentado en el banco naranja con la carta en las rodillas, oyendo zumbar los fluorescentes del pasillo, y tuve miedo. No de él. De mí. De lo fácil que había sido. De lo poco que me había costado ponerme donde se había puesto él, inclinado sobre ella, y ver lo mismo.
¿Qué más ves como él?
No me contesté. Me guardé la carta en el bolsillo de dentro de la gabardina, contra el pecho, y me levanté, y al levantarme vi mi cara en el ojo de buey de la puerta batiente del depósito: un hombre negro, mayor, con los ojos hundidos, que no era del todo yo.
⁂
Encontré a Toby fuera, sentado en los escalones de la entrada del hospital, bajo la marquesina, con la cabeza entre las rodillas.
Llovía fino. Una ambulancia esperaba con el motor en marcha y las puertas traseras abiertas, y el humo del tubo de escape se mezclaba con la llovizna en una niebla gris que olía a gasoil.
Owen estaba de pie unos metros más allá, de espaldas, fumando un cigarrillo que no sabía que yo sabía que fumaba.
Me senté al lado de Toby. Los escalones estaban mojados y el frío me subió por el pantalón.
Levantó la cabeza. Tenía la cara del color de la masilla y los labios temblando, y se los limpió con el dorso de la mano.
—Perdón, señor. De verdad. Perdón. Es que las uñas… Cuando he visto que le había pintado… donde no había…
—Lo sé.
—Le había pintado la carne.
—Lo sé.
Saqué el paquete de chicles del bolsillo de la gabardina. Me quedaban tres. Le di uno. Lo cogió como se coge una medicina.
—La primera vez que entré en un depósito me desmayé —le dije—. Un ahorcado, en el sesenta y cinco. Me desperté con la cabeza dentro de una bandeja de instrumental y un forense escocés gritándome que le había contaminado las pinzas.
Toby me miró.
—¿McCready?
—McCready. Tenía el pelo negro, entonces. Y el mismo mal carácter.
Se rio. Una risa corta, rota, que se le convirtió a medio camino en otra cosa y que se tragó con fuerza, apretando el chicle entre los dientes. Estuvimos un rato callados, viendo llover sobre el aparcamiento.
—¿Uno se acostumbra, señor?
—No. —Lo pensé—. Se aprende a vomitar después.
Toby asintió despacio. Luego sacó la libreta del bolsillo de la chaqueta, la abrió por una página en blanco y escribió algo con el lápiz, con letra pequeña, inclinándose para que no se mojara.
—¿Qué apunta?
—Lo que ha dicho usted. —Se sonrojó, primero una oreja y luego la otra—. Para acordarme.
Lo miré. La nuca delgada, con el pelo rapado por encima de las orejas.
El cuello de la camisa, un poco grande, como el traje.
Las manos, todavía temblando sobre la libreta.
Y sin querer, sin haberlo decidido, hice una cuenta que no hacía nunca.
Que me había prohibido hacer hacía muchos años, como se prohíbe uno tocar un diente que duele.
Treinta y uno. Habría tenido treinta y uno.
Aparté la vista. Mis dedos golpeaban el muslo. Tap, tap.
⁂
Ruth salió unos minutos después, con el abrigo largo abrochado hasta el cuello y un sobre marrón debajo del brazo. Se paró junto a nosotros, se lio un cigarrillo con una habilidad de mecánico, en tres movimientos, protegiéndolo de la lluvia con el cuerpo, y lo encendió.
—¿Mejor, Fenn?
—Sí, doctora. Perdón.
—No me pida perdón a mí. Pídaselo a quien friegue ese pasillo. —Pero lo dijo sin dureza, y le puso una mano en el hombro, un momento, al pasar. Luego se volvió hacia mí y abrió el sobre—. McCready me ha dejado las fotos de los hematomas. Con escala.
Eran cuatro fotografías en color, de las de laboratorio, con una regla milimetrada colocada junto a cada marca.
Las cogí. Aun con la lluvia, aun con la luz gris de la marquesina, la forma estaba ahí: un centro oscuro, hundido, y alrededor esas abrasiones pequeñas, puntiagudas, repartidas en el borde como las marcas de los dientes de una rueda.
—Hay algo en esas marcas que no me gusta —dijo Ruth, mirando el humo—. No es un martillo. No es una barra ni una porra de las nuestras. Mire los bordes. Tiene puntas. Varias, y en círculo, más o menos a la misma distancia del centro.
—¿Cuántas?
—No lo sé. La piel no es papel, Grey. Se hincha, se mueve, se defiende. Cada golpe sale distinto según dónde caiga. —Dio una calada—. Todavía no lo sé.
Miré las fotos un rato largo. La forma estaba ahí. La notaba, igual que en el depósito, en la punta de la lengua. Y no la veía.
Le devolví el sobre.
—Quiero ver dónde la dejó —dije—. Hoy.
Ruth levantó la vista hacia el cielo, hacia la lluvia.
—Está diluviando en el Chevin desde el sábado.
—En Leeds siempre llueve, doctora.
Me sostuvo la mirada. Luego tiró el cigarrillo a medio fumar a un charco y se abrochó el último botón del abrigo.
Fuimos esa misma tarde.