Capítulo 4. Primero el muerto #2
Graham Whitlock y yo habíamos entrado en el cuerpo con un año de diferencia, a mediados de los sesenta, y habíamos compartido pasillos, coches de vigilancia, turnos de noche y algún funeral durante un cuarto de siglo.
Nos llevábamos bien, que en una comisaría quiere decir que nunca nos habíamos pegado.
En 1979, en el caso del estrangulador de Kirkstall, él se pasó cuatro meses durmiendo en un catre en el sótano, entrevistando a doscientos hombres y cruzando fichas a mano hasta que se le inflamaron los tendones de las muñecas, y yo entré en el caso a finales de verano y lo cerré en dos semanas porque me fijé en una caja de cerillas de un hotel de Harrogate que nadie había mirado dos veces.
Los periódicos me llamaron «el hombre que mira».
A él no lo llamaron nada. Él hizo carrera; yo, leyenda.
Nunca me lo reprochó. No hacía falta. Estaba en la forma en que alineaba los bolígrafos sobre la mesa, uno junto a otro, paralelos, cada vez que yo entraba en su despacho.
Ahora lo vi hacerlo. Se había vuelto hacia la mesa más cercana, sin dejar de hablar, y estaba poniendo derecho un portalápices que no estaba torcido.
—Te veo más delgado, Graham.
—La edad. Y esta gente, que no me deja comer.
—Tosió. Fue una tos corta, seca, que le dobló un poco los hombros.
Sacó un pañuelo blanco del bolsillo, tosió dentro, lo dobló en cuatro con mucho cuidado y se lo guardó—.
Las normas: eres asesor civil. No interrogas a nadie solo.
No hablas con la prensa. No tocas una prueba sin guantes y sin que la doctora Kavanagh esté delante.
Y todo lo que veas, me lo cuentas a mí primero. —Me miró—. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Mañana a las ocho, sesión informativa. Te pondremos al día.
—Mañana a las ocho quiero estar en el depósito. Quiero verla antes de leer nada sobre ella.
Whitlock me miró un momento. Luego sonrió, muy poco, con un solo lado de la boca.
—Primero el muerto. —Asintió despacio—. No has cambiado nada, Grey.
—Tú tampoco.
Volvió a su despacho. Al cabo de un momento se oyó, a través del cristal, el tecleo de una máquina de escribir, rápido, regular, sin una pausa.
Graham Whitlock era de la escuela antigua: informes a máquina, notas a máquina, hasta los recados para la cantina a máquina, con copia en papel carbón.
Decía que tenía letra de médico. En aquella comisaría todos teníamos alguna manía así; la mía era contar escalones.
Cuando me fui, pasadas las once, Ruth Kavanagh estaba en el pasillo, poniéndose un abrigo de paño que le quedaba largo.
—Mañana a las ocho, entonces —dijo—. Si va a vomitar, hágalo fuera. El suelo lo fregaron ayer.
—Llevo veintiséis años sin vomitar en un depósito, doctora.
—Ajá.
⁂
El depósito estaba en el sótano del hospital general, al final de un pasillo de azulejos blancos que alguien había decidido, en algún momento de los años sesenta, rematar con una franja de color verde quirófano a la altura de la cintura.
Los fluorescentes zumbaban. Nuestros pasos sonaban demasiado.
A medida que avanzabas, el aire se iba enfriando, como si bajaras a una bodega, y empezaba a oler a formol, a lejía, y debajo de las dos cosas, a ese otro olor dulzón e inconfundible que ningún desinfectante del mundo consigue tapar del todo.
Uno se acostumbra a él como se acostumbra a un ruido. Pero nunca deja de oírlo.
Eran las ocho y cinco de la mañana del miércoles.
Owen tenía los ojos rojos. Toby se había peinado con agua y llevaba la libreta en la mano, abierta, con el lápiz preparado, como si fuera a un examen.
Ruth había llegado antes que nadie; la encontramos apoyada en la pared junto a la puerta de la sala, con las manos metidas en las mangas del jersey.
El forense era el doctor Ewan McCready, un escocés de sesenta y tantos años con unas cejas blancas y espesas como dos cepillos de dientes y los antebrazos llenos de pecas. Lo conocía de antes. Me saludó con un gruñido que en Glasgow debe de significar algo parecido al cariño.
—Grey. Creía que te habías muerto.
—Casi, Ewan. Me hice profesor.
—Peor. —Se volvió hacia la pared de cámaras frigoríficas—. Te la saco. Supongo que vas a pedir que no te diga nada.
—Por favor.
—Siempre has sido un hombre insoportable.
Tiró de la manija. El cajón salió con un chirrido metálico, largo, de rieles mal engrasados, y una bocanada de frío nos subió por las piernas.
Bajo la sábana blanca había una forma pequeña.
Más pequeña de lo que uno espera siempre.
Los muertos encogen; no sé si es verdad o si es que los vivos ocupamos más espacio del que tenemos.
McCready dobló la sábana hasta la cintura. Le hice un gesto y la bajó del todo.
Nadie habló.
Me acerqué.
Lo primero fue el color. No era la palidez de los vivos cuando se asustan, ni la de los enfermos.
Era otra cosa. Era blanco de papel, de cera, de hueso, con un matiz azulado en los labios, en los párpados, en la base de las uñas.
Un cuerpo sin sangre no tiene manchas. No hay livideces moradas en la espalda ni en los costados, donde la sangre se acumula cuando el corazón se para; no había sangre que acumular.
Parecía una figura de un museo de cera a la que todavía le faltara la pintura.
Y sobre esa blancura, en la cara, en los hombros, en el escote, estaban las pecas.
Cientos. Tan oscuras sobre aquella piel que parecían flotar por encima, despegadas, a punto de desprenderse, como si bastara con soplar.
Tenía el pelo rojo extendido sobre el metal, todavía húmedo de algún lavado del laboratorio. La raya, a la izquierda. En las pestañas quedaban grumos de rímel, y en la comisura derecha de la boca, una sombra rosa de pintalabios que nadie había conseguido quitar del todo.
Desde la garganta hasta el pubis le bajaba la incisión de la autopsia del lunes, en forma de Y, cosida con un hilo grueso y unas puntadas grandes, apresuradas, como las costuras de un balón de rugby. No la miré. Esa herida no era de él. Era nuestra.
La suya estaba en el cuello.
En el lado izquierdo, bajo la mandíbula, un corte de unos seis centímetros, recto, limpio, con los bordes un poco separados, pálidos, como una segunda boca que se hubiera quedado cerrada a medias.
No había marcas de duda. Esas pequeñas heridas superficiales que deja un cuchillo cuando la mano tiembla, cuando prueba antes de decidirse.
Ni una. Un solo movimiento. El de alguien que sabe exactamente dónde está lo que busca, y que no tiene ninguna prisa.
Las muñecas. Una franja de piel levantada, en carne viva, con un dibujo trenzado, entrelazado, que reconocí: cuerda de cáñamo, de tres cabos. Más profunda en la muñeca derecha. Había tirado más con la derecha. Era diestra. En los tobillos, lo mismo.
Y las manos.
Me incliné sobre la derecha. Las uñas estaban pintadas de un rosa muy pálido, el rosa de los pétalos de las rosas que empiezan a marchitarse, aplicado con una perfección de manicurista, sin una sola mancha en la piel de alrededor.
Debajo, las uñas estaban rotas. El índice, el corazón y el anular partidos casi hasta la raíz, con los bordes astillados.
En la mano izquierda, la uña del anular no estaba.
La había perdido entera, arrancada, y en su lugar había un lecho de carne en carne viva, oscuro, hinchado.
Y sobre esa carne, el esmalte rosa.
Le había pintado la herida. Con el mismo cuidado, con la misma brocha, sin salirse. Había cogido el frasco y había pintado la carne donde antes estaba la uña, como si fuera una uña más, porque ella tenía que estar perfecta y una uña que falta no es perfecta.
Y durante un segundo, sin quererlo, sentí la tierra.
La sentí en las yemas de mis propios dedos, fría, apretada, entrando por debajo de las uñas, y el tirón seco, el chasquido pequeño de algo que se arranca de raíz al arañar hacia arriba, a oscuras, sin saber dónde está arriba.
Cerré la mano. Me la metí en el bolsillo de la gabardina. Nadie lo vio.
Detrás de mí, alguien respiró de una forma rara. Una respiración entrecortada, de garganta, como un hipo. No me volví.
—Perdón —dijo Toby. Tenía la voz aguda, de niño—. Perdón, perdón…
Oí sus pasos, rápidos, la puerta batiente, y después, desde el pasillo, el ruido de alguien vomitando contra los azulejos. Owen soltó un taco entre dientes y no se movió. Ruth tampoco. Yo seguí mirando.
El torso. Cuatro hematomas. Uno sobre el esternón, otro sobre las costillas izquierdas, dos en el vientre, a ambos lados del ombligo.
Morados en el centro, verdosos hacia fuera, con un halo amarillento en el borde.
Cada uno del tamaño de una moneda grande, cinco centímetros, quizá algo menos.
Me acerqué tanto que noté en la cara el frío que subía del metal.
Los bordes no eran redondos. Eran irregulares, dentados, con unas pequeñas abrasiones puntiformes en la periferia, como si alguien le hubiera apretado contra la piel un puñado de clavos.
Tenían forma. Lo sabía. Lo notaba como se nota una palabra en la punta de la lengua. Pero no la veía.
—Antemortem —dijo McCready, que no había aguantado más callado—. Entre cuarenta y ocho y setenta y dos horas antes de la muerte, por la coloración. No la golpeó para matarla. La golpeó días antes. Varias veces. Con algo duro, pesado y con puntas.
—¿Qué?