El Cartero Capítulo 4. Primero el muerto
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Capítulo 4. Primero el muerto

La sala de incidentes ocupaba media tercera planta y olía como deben de oler las salas de máquinas de los barcos que se hunden despacio: a calor humano, a papel recalentado por los fluorescentes, a ceniza y a café requemado en el fondo de una jarra.

Nadie se había molestado en abrir una ventana desde agosto.

Los radiadores estaban al máximo y las ventanas sudaban por dentro, y detrás del vaho las luces de la ciudad se deshacían en manchas amarillas, como yemas reventadas.

Había seis mesas juntas en el centro, cubiertas de carpetas, tazas con cercos, ceniceros desbordados de colillas aplastadas.

Dos máquinas de escribir. Tres teléfonos.

En el rincón, junto a la ventana, dos terminales de ordenador con la pantalla negra y unas letras verdes que parpadeaban como luciérnagas atrapadas en un tarro.

Y la pared.

Toda la pared del fondo era un tablero de corcho.

En la mitad izquierda, un mapa enorme de West Yorkshire, con las carreteras en rojo y los páramos en un marrón desvaído, y clavadas sobre él nueve chinchetas rojas que dibujaban un anillo irregular alrededor de Leeds, como las marcas de una mordedura.

En la mitad derecha, en tres filas, las Polaroids.

Las originales, cada una en su funda de plástico.

Nueve árboles. Nueve chicas tumbadas bajo nueve árboles, con los brazos cruzados y una mancha amarilla entre las manos, fotografiadas de noche con flash, de modo que la hierba de alrededor salía blanca, quemada, y el resto del mundo era negro.

Y en el margen blanco de cada una, con rotulador, la misma hora.

En los originales, el rojo era rojo.

—Señor.

El primero que se levantó fue el más joven. Se levantó tan deprisa que la silla le dio en las corvas y casi se cae, y se secó la mano derecha en la pernera del pantalón antes de tendérmela, y luego se la volvió a secar, por si acaso.

—Agente en prácticas Toby Fenn, señor. Es un… perdón. Es un honor. En la academia estudiamos lo de Kirkstall. Lo de la caja de cerillas. Yo… perdón.

Tenía la mano fría y húmeda y la apretaba demasiado, como apretaría la mano de su abuelo.

Era delgado, con una cara de niño que todavía no había decidido qué forma iba a tener, el pelo rubio cortado a máquina y unas orejas grandes que se le pusieron rojas mientras hablaba, de dos en dos, primero una y después la otra.

El traje le quedaba grande de hombros y le sobraba un dedo de manga.

Supe sin preguntar que no era suyo. Más tarde me contó que había sido de su padre, que murió cuando él tenía doce años, y que su madre se lo había arreglado de cintura pero no se había atrevido con los hombros.

Llevaba una libreta en el bolsillo de la chaqueta, con un lápiz metido en la espiral.

—No hace falta que se disculpe, agente Fenn.

—Perdón. —Se dio cuenta—. Quiero decir… sí, señor.

Detrás de él, desde una de las terminales del rincón, alguien hizo un ruido con la garganta que podía ser una risa o el principio de un catarro.

—Así que esta es la leyenda —dijo—. Pensaba que sería más alto.

No se levantó. Giró la silla, que protestó bajo su peso, y me miró por encima de unas gafas de culo de botella que le hacían los ojos del tamaño de dos canicas.

Era gordo, calvo, con un chaleco de punto marrón encima de la camisa y unos auriculares de walkman colgados del cuello como un estetoscopio.

Tenía una bolsa abierta de patatas de queso y cebolla junto al teclado, y los dedos brillantes de grasa.

—Malcolm Pike. Información. —Levantó una mano a modo de saludo—. No me levanto porque me cuesta, no porque sea un maleducado. Aunque también soy un maleducado.

—Encantado, señor Pike.

—Malcolm. Señor Pike era mi padre, y era un hijo de puta.

Se volvió hacia la pantalla. Entrelazó los dedos, estiró los brazos hacia delante y se hizo crujir los nudillos, todos, uno detrás de otro, con un ruido de ramas secas. Luego empezó a teclear, muy deprisa, sin mirar las teclas.

Me acerqué. No pude evitarlo. Las letras verdes corrían por la pantalla negra, nombres, fechas, números de referencia, y se ordenaban en columnas como soldados.

—En el setenta y siete —dije, sin darme cuenta de que lo decía en voz alta— teníamos un cuarto entero lleno de fichas de cartón.

Cajas de zapatos, del suelo al techo. Un día interrogué a un hombre por la mañana por un coche que alguien había visto cerca de un descampado.

Por la tarde lo interrogó otro compañero, por el mismo coche, porque su ficha estaba en otra caja.

La semana siguiente, otro. Al final el hombre nos ofrecía té en cuanto nos veía llegar. Nos conocía a todos.

Malcolm dejó de teclear.

—¿Y era él?

—No. Pero podría haberlo sido, y no lo habríamos sabido nunca.

—Me quedé mirando las letras verdes—. El papel no cruza nada.

Solo se acumula. Hubo un hombre al que tuvimos delante varias veces, en aquellos años, y no lo vimos porque su nombre estaba repartido en cajas distintas.

Yo estuve en aquella investigación. Como todos.

Malcolm no dijo nada durante un momento. Luego le dio dos palmadas al monitor, como se le dan a un caballo en el cuello.

—Pues esto sí cruza. HOLMES. Home Office Large Major Enquiry System.

Algún genio del Ministerio del Interior quería que se llamara como Sherlock y luego le buscó unas siglas que encajaran.

—Se metió una patata en la boca—. Aquí entra todo.

Cada declaración, cada persona, cada coche, cada número de teléfono.

Si dos testigos que no se conocen hablan de un Ford Escort azul, la máquina se da cuenta aunque uno lo diga en Bradford y el otro en Halifax.

Y cada cosa que hay que hacer es una acción: entrevistar a fulano, comprobar la coartada de mengano.

El jefe las abre, las asigna, alguien las cumple, y se cierran.

Una acción cerrada no vuelve a molestar a nadie.

—¿Y si se cierra mal?

—Entonces se queda cerrada mal. —Se encogió de hombros—. La máquina es lista, pero no es desconfiada. Para eso estoy yo.

⁂

Había alguien más en la sala. Lo sabía desde que entré, porque me había llegado el humo antes que la cara.

Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas al vaho, fumando un cigarrillo de liar con la mano ahuecada, como se fuma en la calle cuando hace viento aunque no lo haga.

Una mujer de unos cuarenta años, con un jersey de lana verde musgo con coderas y el pelo castaño oscuro recogido en un moño flojo, sujeto con un lápiz atravesado.

Tenía canas, bastantes, sobre todo en las sienes, y no se las teñía, y no parecía importarle en absoluto que se las viera nadie.

No se acercó. Me miró desde la ventana con unos ojos grises, muy claros, del color del cielo de Leeds en un día bueno, que no son muchos.

—La doctora Ruth Kavanagh —dijo Owen, que había entrado detrás de mí y se había quitado el anorak por fin—. Del Servicio de Ciencia Forense. Está cedida a la brigada desde el principio. Sangre y conducta.

—Sangre y conducta —repitió ella. Tenía acento irlandés, del sur, suavizado por años de Inglaterra pero no del todo—. Dicho así parece el nombre de un grupo de música.

—¿Y cuál de las dos le interesa más, doctora?

—La sangre. Miente menos.

Owen se aclaró la garganta.

—El señor Grey cree que el perfil se equivoca con la edad. Que el sujeto es mayor de lo que pensamos.

Ruth dio una calada. Soltó el humo despacio, hacia el techo.

—Ajá.

—Cuando dice «ajá» —me susurró Owen, inclinándose— es que no está de acuerdo.

—Cuando digo «ajá», sargento —dijo ella sin levantar la voz—, es que estoy escuchando. Y que no estoy de acuerdo.

Me hizo gracia. Creo que se me notó, porque ella entornó los ojos un poco, evaluándome, como se evalúa una mancha en una alfombra antes de decidir si es vino o es otra cosa.

Mientras me miraba, se frotaba con el pulgar la base del dedo anular de la mano izquierda, donde ya no había nada salvo una franja de piel un poco más pálida que el resto, del ancho exacto de un anillo.

Lo hacía sin darse cuenta. Lo hizo muchas veces durante los meses siguientes, y yo aprendí a reconocer en ese gesto cuándo estaba pensando en algo que no quería decir.

El humo de su cigarrillo me llegaba en hilos finos, azules, que se deshacían a la altura de mi cara. Mis dedos empezaron a golpearme el muslo. Tap, tap. Ella bajó la vista hacia mi mano, y luego volvió a subirla.

—¿Le molesta el humo?

—Me molesta no echarlo yo.

Esta vez sonrió. Fue una sonrisa pequeña, torcida, que solo le llegó a un lado de la boca. La guardé sin saber todavía por qué.

⁂

Al fondo de la sala había un despacho acristalado, con las persianas venecianas a medio bajar. La puerta se abrió.

Graham Whitlock tenía cincuenta y dos años y aquella noche parecía tener diez más.

Lo primero que pensé al verlo fue que había adelgazado.

Siempre había sido delgado, de esos hombres a los que los trajes les sientan como en los escaparates, pero ahora el cuello de la camisa le bailaba alrededor de la nuez y los pómulos se le marcaban bajo la piel, una piel de un color que no me gustó: amarillenta, cerosa, como la cera de una vela que se ha apagado hace poco.

El traje gris, eso sí, estaba impecable.

El pelo, blanco del todo desde hacía años, peinado con una raya a la izquierda que parecía trazada con regla.

Se le oía chocar un caramelo de menta contra los dientes.

Me tendió la mano. La tenía seca y fría.

—Grey.

—Graham.

—Me alegra que hayas venido.

—Tu sargento es muy persuasivo.

—Mi sargento es muy joven. —Lo dijo sin mirar a Owen, y Owen se puso colorado hasta las orejas—. La prensa va a estar encantada. El hombre que mira, otra vez en el caso. Procura que no se enteren.

—No pienso dar entrevistas.

—No. Tú nunca las dabas. —Una pausa de medio segundo—. Te las daban hechas.