Capítulo 3. Mentes vírgenes #3
—Renacer. —Asintió—. La doctora Kavanagh lo dijo la segunda semana. Muerte y resurrección.
—Y el girasol. Y las doce. Es el sol. El sol en lo más alto. Mediodía.
—El jefe tiene una teoría con eso de los cultos solares. —Owen se paró en el rellano del segundo piso para recuperar el aire y me miró, y entonces sonrió con mucho cuidado, con una amabilidad que reconocí enseguida porque era la mía—. Son puntos muy observadores, señor Grey. De verdad.
Me estaba tratando con la misma delicadeza con la que yo trataba a mis alumnos de la primera fila cuando levantaban la mano para decir algo que ya estaba en el libro. No quería ofender a la leyenda. No me ofendió. Me hizo gracia. Y en el fondo, muy en el fondo, me dio un poco de pena. Por mí.
Seguimos subiendo. Ahora hablaba él, y hablaba deprisa, cada vez más deprisa, como hablaba siempre cuando estaba nervioso; tardé poco en aprenderlo.
Emma Lister. La carta había llegado el sábado a las diez y cuarto, en el correo de la mañana, a casa de su madre, en Otley.
Matasellos de Skipton. El cuerpo, en el Chevin, por encima de una cantera vieja, bajo un roble solo, a casi un kilómetro del aparcamiento más cercano.
Lo encontró a las cuatro de la tarde una patrulla siguiendo las indicaciones de la carta, palabra por palabra, como quien sigue el plano de un tesoro.
La autopsia, el lunes: lo mismo que las otras ocho.
Tierra en los pulmones. Arcilla en las uñas.
La carótida. Cuatro hematomas en el torso. Uñas rosas.
—Llevaba un vestido de punto verde —dijo Owen—. Nuevo. La etiqueta cortada. Su madre dice que Emma no se ponía nada verde. Que decía que con el pelo rojo parecía una lechuga.
No dijo nada más durante un tramo de escalera. Yo tampoco.
—Lo de la flor estaba en la lista reservada —dijo al fin, ya en la tercera planta, sin mirarme—. Nunca se lo dimos a la prensa. Nunca. Y esta mañana sale en la portada del Courier .
—Shaw.
—Shaw.
—¿Quién habla con Shaw, sargento?
Owen echó un vistazo al pasillo vacío, a las puertas cerradas, al tablón con los turnos.
—Si lo supiera, dormiría mejor.
—Una cosa más. —Le cogí del brazo, y se paró—. El perfil. Veinte a treinta y cinco años.
—Lo hizo el jefe con un psicólogo del Ministerio del Interior. ¿Qué pasa con él?
—Un chaval de veinticinco años no tiene esta paciencia. Las semanas que tarda en ganarse a cada una, la ropa, las cartas, la caligrafía… Esto lo hace alguien que ha aprendido a esperar. Alguien que lleva mucho tiempo esperando.
Owen me miró de una forma distinta. Por primera vez en toda la noche, sin amabilidad.
—Eso no lo tenemos.
—Ni lo tendrá. Es una sensación, no una prueba. —Le solté el brazo—. Olvídelo.
No lo olvidó. Lo apuntó esa noche en su libreta, con su letra redonda de colegio. Me lo enseñó meses después, cuando ya no servía para nada.
Antes de llegar a la sala, se metió en un despacho pequeño y salió con una tarjeta plastificada todavía caliente de la máquina.
Mi nombre, a máquina. Una foto mía de hacía diez años, sacada de algún archivo, con más pelo y menos canas, mirando a la cámara como si la cámara me debiera dinero.
ASESOR CIVIL. ACCESO TEMPORAL. OPERACIÓN brEZO. Abajo, una firma breve, casi una raya.
—La firmó el jefe el viernes —dijo Owen, y me la colgó él mismo del bolsillo de la chaqueta, con una pinza—. Le dije que a lo mejor venía usted.
—¿Y qué dijo?
—Que si venía, no le hiciéramos esperar en la puerta.
—Muy amable por su parte.
Al fondo del pasillo había una puerta de cristal esmerilado con un cartel pegado con celo: SALA DE INCIDENTES.
OP. brEZO. SOLO PERSONAL AUTORIZADO. Detrás se movían sombras.
Se oía el tecleo de una máquina de escribir, un teléfono que sonaba y nadie cogía, una voz de mujer diciendo algo seco y corto.
Owen se paró antes de llegar. Se desabrochó el anorak, igual que en la parada del autobús, y sacó de dentro una funda de plástico transparente. Dentro había una fotocopia. Papel color hueso. Letra inclinada.
—Antes de entrar —dijo—. Quiero que la lea. Es la de Emma. Su madre la abrió el sábado en la cocina, todavía en bata. Se le quemaron las tostadas mientras la leía. Los vecinos llamaron a los bomberos por el humo.
Miré la funda. Desde allí, sin gafas, solo veía las líneas inclinadas, ordenadas, oscuras, como una fila de hormigas. No la cogí.
—Todavía no —dije—. Primero quiero verla a ella.
Owen tardó un segundo en entenderlo. Luego asintió despacio.
—Primero el muerto —dijo—. Después la vida.
—¿Dónde ha oído eso?
—Lo decía usted. Lo cuentan en la academia. —Se encogió de hombros, casi avergonzado—. Está en el depósito. Mañana a primera hora, si quiere.
Volvió a guardarse la funda dentro del anorak, contra el pecho, como había llevado la carpeta la noche de la lluvia.
Yo no leí aquella carta esa noche. Pero la carta existía.
Alguien se había sentado a escribirla con buena letra, con paciencia, con la sangre de una chica de diecinueve años, para que alguien la leyera.
Owen empujó la puerta de cristal.
—Pase —dijo—. Le están esperando.