Capítulo 3. Mentes vírgenes #2
Después se animaron. Pasa siempre: rompes el hielo de una sala y de pronto todos quieren hablar a la vez.
Un médico, por el corte. Alguien que trabajaba en una funeraria, por lo de lavarlas y maquillarlas; eso estaba bien visto, y lo dije, y la chica que lo había dicho se puso colorada.
Un cura, porque las cartas hablaban como un cura.
Un satánico. O lo contrario, uno muy religioso, que para el caso venía a ser lo mismo.
Un granjero, alguien con tierras, para poder enterrarlas sin que nadie mirara.
Un cartero de verdad, dijo uno, y hubo risas.
—No se ría —dije—. Los carteros saben dónde vive todo el mundo.
Las risas se apagaron de golpe.
A las nueve menos cuarto la pizarra estaba llena. Me aparté un paso y la miré con ellos.
—Bien. Tenemos a un médico de funeraria, sacerdote, satánico, misógino, enamorado, con una granja, que trabaja en Correos. —Hubo una risa nerviosa, de esas que se escapan en los entierros—. Esto, más o menos, es lo que tiene la policía. Un retrato hecho con trozos de otros retratos.
No se lo dije, pero me había decepcionado.
No de ellos. De mí, por haber esperado otra cosa.
Había ido buscando ojos limpios y me encontraba con los mismos ojos que había tenido yo durante veintiséis años: veían piezas.
Cada uno veía la pieza que mejor encajaba con lo que ya sabía, con lo que había visto en una película o leído en una novela, y nadie, ni uno solo de ellos, veía al hombre.
Nadie tenía una imagen clara de él. Ni ellos, ni la policía, ni yo.
Empecé a borrar la pizarra.
—Los girasoles siempre miran al sol.
Lo dijo sin levantar la mano y sin levantar la voz, casi para sí misma. Me volví. Hannah Lowe estaba guardando el bolígrafo en el estuche, con la cabeza baja, como si no hubiera dicho nada.
—¿Cómo dice, señorita Lowe?
Se sonrojó. Levantó la vista.
—Los girasoles. Cuando son jóvenes, giran la cabeza siguiendo al sol todo el día. Por la mañana miran al este y por la tarde, al oeste. Lo van siguiendo. —Dudó—. Mi abuela los plantaba en el jardín, en Pudsey. Decía que eran las flores más fieles que hay. Que no miran a nadie más.
El aula se había quedado en silencio. Solo el viento, soplando en la botella.
—¿Y de noche? —pregunté—. Cuando no hay sol. ¿Adónde miran?
—Se vuelven otra vez hacia el este. —Se encogió de hombros—. Se pasan toda la noche así, esperando a que vuelva.
No sé qué cara puse. Sé que de pronto tenía en la cabeza la Polaroid con la hora en rojo, y una frase de una carta que había leído a las tres de la mañana con el brazo estirado bajo el flexo: descansa bajo la luz, a la hora en que las sombras desaparecen .
A mediodía, el sol está en lo más alto y las sombras casi desaparecen.
Las doce no eran un número cualquiera. Eran el momento en que el sol está más cerca.
Pensé en cultos solares, en sacrificios, en todas esas cosas que la policía, con toda seguridad, había pensado ya antes que yo. Y pensé en otra cosa. Una que no dejé terminar. La aparté como se aparta una mano que te roza el hombro en un portal a oscuras.
—Gracias, señorita Lowe.
—Es solo una cosa de mi abuela.
No, pensé. No lo es.
Cuando se fueron todos, me quedé un rato solo en el aula, mirando la pizarra a medio borrar. Entre los restos de tiza todavía se leía, torcida, la frase de Danny Holt: A una que no le hizo caso . Me llevé la mano al bolsillo de la camisa. Las gafas seguían allí, dobladas, contra el pecho.
No me las puse. Cogí la gabardina y fui a buscar un taxi.
⁂
La comisaría seguía donde la dejé, que es lo que hacen las comisarías.
Un bloque de hormigón de los años setenta plantado en el centro de Leeds como un búnker que alguien hubiera olvidado desmontar después de una guerra.
Ventanas estrechas, como rendijas de tirador.
Manchas de óxido bajando por la fachada desde los alféizares, como lágrimas secas.
A aquella hora casi todo el edificio estaba a oscuras, salvo la entrada y una hilera de ventanas en la tercera planta, encendidas, amarillas, con las persianas a medio bajar.
Supe sin preguntar qué había detrás de ellas.
Pagué el taxi y me quedé un momento en la acera, con el viento metiéndoseme por dentro de la gabardina. Cinco años. Tenía las manos en los bolsillos y los dedos de la derecha golpeaban el muslo. Tap, tap. Me metí un chicle en la boca y empujé la puerta.
El olor me esperaba dentro. No había cambiado.
Desinfectante industrial con aroma a pino falso, tabaco de cien cigarrillos distintos, abrigos mojados, café quemado en el fondo de una jarra que nadie se había molestado en fregar desde la mañana.
Y debajo, muy debajo, ese olor que tienen todas las comisarías del mundo y que nunca he sabido nombrar: a miedo viejo.
A gente que ha esperado en esos bancos de plástico a que alguien le diga que su hijo no va a volver.
En el mostrador estaba Bill Royce, el sargento de guardia, con la misma barriga, el mismo bigote de morsa y diez años más encima de los que yo recordaba. Levantó la vista del libro de registro y se quedó con el bolígrafo en el aire.
—Me cago en la puta. —Lo dijo despacio, saboreándolo—. ¿Inspector Grey?
—Hola, Bill. ¿Sigues aquí?
—Hasta que me saquen con los pies por delante. —Se levantó, me estrechó la mano por encima del mostrador con una mano que parecía un guante de horno—. ¿Qué coño haces tú aquí a estas horas? ¿Te has aburrido de los estudiantes?
—Vengo a ver al sargento Hartley. Me espera.
No me esperaba. Bill me miró un segundo de más, con esa mirada de sargento de guardia que lo ha oído todo, y luego descolgó el teléfono interno sin decir nada.
Mientras esperaba, me quedé de pie junto al tablón de anuncios.
Había un cartel nuevo, en color, con el escudo de la policía de West Yorkshire en la esquina.
¿CONOCÍA A ESTAS MUJERES? Y debajo, en tres filas de tres, nueve caras.
Nueve sonrisas. La de Emma Lister era la última, abajo a la derecha, recién añadida; el celo todavía estaba brillante.
Marcia Campbell, en la fila del medio, con su diente torcido.
Me quedé mirándolas un rato largo, como se mira a la gente en un andén cuando no se sabe a cuál de todas se ha ido a buscar.
Tres filas de tres. Nueve. Quien lo había diseñado había llenado el cartel hasta el borde, sin dejar sitio debajo para una décima.
Lo pensé así, con esa frialdad de oficio que a veces me daba asco de mí mismo: que no habían dejado sitio.
Que iban a tener que hacer otro cartel. Y durante un segundo, en el cristal que protegía el tablón, vi mi propia cara superpuesta a las nueve, flotando encima de ellas, gris, con los ojos hundidos, como la de un hombre que se asoma a un pozo y descubre que el pozo también le mira.
Dos agentes de uniforme pasaron detrás de mí, hacia los vestuarios, y bajaron la voz al verme. No lo suficiente.
—Ese es Grey.
—¿Quién?
—Grey. La leyenda. El que pilló al de Kirkstall mirando una puta caja de cerillas.
No me volví. Los oí alejarse por el pasillo, con el chirrido de las botas mojadas en el linóleo. La leyenda . Odiaba esa palabra más que ninguna otra. Las leyendas son cosas que se cuentan de los muertos.
Owen bajó por la escalera de dos en dos.
El ascensor seguía averiado, igual que en 1990; supongo que en algún sitio había un informe pendiente sobre él.
Llevaba la corbata aflojada, las mangas de la camisa remangadas, el pelo de punta como si se lo hubiera estado agarrando con las dos manos, y unas ojeras moradas que no tenía una semana antes. Se paró en el último escalón al verme.
Y sonrió. No como un hombre que ha ganado. Como un crío al que le dicen que su padre sí va a venir a verle a la función del colegio, después de todo.
—Ha venido.
—He venido a devolverle una carpeta, sargento. —Se la tendí. Se quedó mirándola sin cogerla—. Y a contarle un par de cosas, ya que estoy.
⁂
Subimos andando. Tres plantas de escalera de hormigón con la pintura verde desconchada y el pasamanos pegajoso, y por el camino se lo solté todo, deprisa, en voz baja, entre jadeo y jadeo, como se le cuenta a un médico lo que te duele cuando sabes que tiene poco tiempo.
—El pintalabios. Es el mismo en las ocho, el mismo tono. No es suyo, no se lo quita a ellas: lo compra él. Las prepara con su maquillaje.
—Una marca de supermercado, tono «Pétalo». —Owen no aminoró el paso—. Lo sacamos con la tercera. Se vende en todas las farmacias de Inglaterra.
—La ropa. Nueva, de su talla exacta. Para saber la talla de una mujer tienes que haberla mirado mucho. Semanas. No las secuestra al azar. Las conoce.
—Marks & Spencer casi siempre. También lo tenemos. Tiramos del hilo de las tiendas durante meses.
—Las entierra vivas y después las desentierra para matarlas de otra forma. No es una tortura, o no solo. Es un ritual. Las hace morir y volver.