Capítulo 3. Mentes vírgenes
Dormí dos horas, vestido, encima de la colcha, con los zapatos puestos, como dormía en los tiempos en que el teléfono podía sonar a cualquier hora y alguien, al otro lado, iba a decirme un nombre y una dirección.
Soñé con un campo de girasoles. Era de noche y yo caminaba entre ellos por un sendero de tierra, y los girasoles, al pasar, giraban la cabeza para seguirme.
Despacio. Todos a la vez. Con un crujido de tallos secos, como una multitud que reconoce a alguien por la calle y se vuelve a mirarlo. No tenían cara. No les hacía falta.
Al final del sendero, en medio del campo, había un claro, y en el claro un árbol solo, y debajo del árbol algo claro, tumbado, que no quise mirar.
Los girasoles se iban cerrando detrás de mí.
Oía sus tallos rozarse, crujir, apretarse unos contra otros, como gente que se arrima en un andén.
Y desde algún sitio, muy lejos o muy cerca, justo detrás de mi nuca, alguien decía una palabra.
Una sola sílaba. Con voz de chica, riéndose. No la oí entera. No quise oírla entera.
Me desperté con el radiador golpeando dentro de la pared y la boca seca como un trapo, y tardé un momento en saber dónde estaba. Luego vi el escritorio, con los dos montones de papeles bajo el flexo todavía encendido, y lo supe.
⁂
En la esquina de mi calle había un quiosco que abría a las siete y que olía a tinta fresca, a regaliz y al queroseno de la estufa que el dueño tenía encendida debajo del mostrador de octubre a mayo.
Compré el Courier . No lo compraba nunca.
El dueño me lo cobró mirándome por encima de las gafas, sorprendido, como si le hubiera pedido una revista de mujeres desnudas.
Emma Lister ocupaba media portada.
No era la foto de la carpeta. Era una foto del colegio, con el uniforme granate, el pelo rojo recogido en una coleta tirante y una sonrisa de cámara, de las que te piden que pongas.
Sin la lengua fuera. La habían vuelto formal para el periódico, como si los muertos tuvieran que posar. Encima, en letras de palmo:
EL CARTERO SE CObrA SU NOVENA VÍCTIMA
Por Vincent Shaw.
Lo leí allí mismo, en la acera, con el viento doblándome las páginas.
Shaw escribía bien, eso hay que concedérselo: frases cortas, un adjetivo de más donde dolía, la madre «destrozada», el pueblo «conmocionado», la policía «desbordada».
Y en el cuarto párrafo, sin darle importancia, como quien deja caer una moneda en un platillo:
Según ha podido saber este periódico, la joven fue hallada con una flor entre las manos, al igual que las ocho víctimas anteriores.
Me quedé quieto.
En la carpeta, entre los papeles del montón de la izquierda, había un folio grapado con un título a máquina: Detalles reservados.
No difundir. Es algo que se hace en todas las investigaciones largas: guardas para ti unos cuantos detalles que solo conoce el asesino, para poder descartar a los mitómanos que llaman a comisaría confesando crímenes que han leído en el periódico, que siempre los hay, y para reconocer al de verdad si un día abre la boca.
En aquella lista había cuatro cosas. El girasol.
La Polaroid. La hora en rojo. El esmalte rosa.
Y una de ellas estaba en la portada del Courier .
Alguien hablaba con Vincent Shaw. Ya lo decía aquella nota grapada a la quinta carta: posible filtración interna.
Pendiente. Dos años y medio después seguía pendiente, y seguía filtrándose.
Doblé el periódico, me lo metí bajo el brazo y volví a casa con la sensación de haber pisado algo blando en la oscuridad.
⁂
En la primera página de la carpeta, sujeta con un clip, había una tarjeta de visita barata, de las que imprime la policía a cientos: Sgto. O. Hartley. Brigada de Homicidios. Y un número de extensión escrito a bolígrafo.
Descolgué el teléfono de la cocina, uno beige de pared con el cable enroscado como un muelle. Marqué la centralita. Marqué los dos primeros números de la extensión.
Colgué.
No era orgullo. O no solo. Era que antes de hablar con nadie quería comprobar una cosa. Quería saber si alguien que no supiera nada de aquel caso, nada en absoluto, veía lo mismo que estaba empezando a ver yo. O si lo estaba viendo solo porque llevaba demasiados años esperando verlo.
Veintiséis años en homicidios te enseñan a mirar.
También te enseñan a no ver. Aprendes qué detalles importan y cuáles no, qué preguntas se hacen primero, qué pista se sigue y cuál se archiva, y a fuerza de aprenderlo dejas de ver todo lo que el manual no te ha enseñado a ver.
Llega un momento en que entras en una escena y ya sabes lo que vas a encontrar antes de encontrarlo, y eso te hace rápido, y eficaz, y ciego.
Mis alumnos no sabían nada. No tenían manual.
No tenían costumbre. Eran, en el sentido más limpio de la palabra, mentes vírgenes.
Pasé el lunes entero sentado al escritorio de mi madre, rehaciendo la clase del martes.
Cogí un paquete de transparencias nuevas y un rotulador negro de punta gruesa y lo pasé todo a limpio sin un solo nombre, sin una sola fecha, sin un solo lugar.
Las chicas se convirtieron en «víctima uno», «víctima dos».
Los páramos, en «zona rural». Otley, Wakefield y Chapeltown desaparecieron.
Arriba de la primera transparencia, en mayúsculas, escribí: SUJETO X.
Escribí las letras muy grandes. Tan grandes como para leerlas desde el otro lado del aula.
Tan grandes como para no necesitar las gafas.
⁂
El martes no llovió. Fue peor: hizo viento. Un viento del norte que bajaba de los páramos con olor a turba y a hierro y que se metía por las rendijas de los ventanales del aula 2.14 con un silbido largo, como alguien que sopla dentro de una botella vacía.
Veintinueve alumnos. Tres habían descubierto, en apenas un mes, que la criminología era menos divertida que en las películas.
El chico de la camiseta de Blur había vuelto; se llamaba Danny Holt, era de Sheffield, y hasta ese día solo había abierto la boca para bostezar.
Hannah Lowe, en la primera fila, sola, con la carpeta abierta y el bolígrafo esperando.
No me puse las gafas. Las llevaba en el bolsillo de la camisa, y allí se quedaron.
—Hoy no hay temario —dije—. Hoy vamos a hacer un ejercicio. Os voy a dar un caso, y vosotros me vais a decir quién es.
Apagué las luces del techo. Encendí el retroproyector. El ventilador arrancó con su ronquido de siempre, y en la pantalla apareció, enorme, en mis letras negras de rotulador: SUJETO X.
Fui poniendo las transparencias una a una, despacio, sin comentarlas, dejando que cada una se quedara en la pantalla el tiempo suficiente para que el silencio hiciera su trabajo.
Mujeres de entre dieciocho y veinticinco años.
Ningún rasgo físico común. Ninguna relación entre ellas.
El ronquido del ventilador. El viento en la ventana.
Desaparecen sin testigos. Siete días después, un familiar recibe una carta.
Siempre siete días. Alguien carraspeó. La tinta de la carta contiene la sangre de la víctima.
La chica del walkman se quitó los auriculares.
—Es el Cartero —dijo Danny Holt, desde el fondo, y no lo dijo en broma—. Lo de la chica de Otley. Ha salido en el Courier .
Hubo un murmullo, un roce de sillas. Varias cabezas se volvieron hacia él y luego hacia mí.
—Es un ejercicio, señor Holt. —Le sostuve la mirada—. Y si lo fuera, ¿cambiaría lo que piensa usted de lo que hay en esa pantalla?
Se lo pensó. Le honra.
—Supongo que no.
—Entonces da igual.
Seguí. Tierra en los pulmones. Arcilla bajo las uñas.
Uñas rotas por intentar salir. Alguien dijo «Dios» en voz muy baja.
Después, un corte en la carótida. Mueren desangradas.
No en el lugar donde se las encuentra. Lavadas.
Peinadas. Maquilladas. Uñas pintadas. Ropa limpia, nueva, de su talla.
Al aire libre, junto a un árbol solitario, lejos de cualquier carretera.
Sin marcas de neumáticos. Tumbadas boca arriba.
Brazos cruzados sobre el pecho. Un girasol entre las manos.
Una fotografía instantánea de la escena.
En el margen, en rojo: 12:00. Sin agresión sexual.
Apagué el retroproyector. El ventilador se quejó hasta pararse. Encendí las luces.
Varias de las chicas de aquella sala tenían entre dieciocho y veinticinco años.
Lo vi en sus caras en el momento exacto en que lo entendieron: un pequeño movimiento hacia atrás, como si la silla se hubiera inclinado de pronto.
Una se tapó la boca. Otra se abrazó la chaqueta contra el pecho.
Una pelirroja de la cuarta fila se tocó el pelo sin darse cuenta, y yo pensé en una pinza de mariposa y tuve que apartar la vista.
—¿Quién es? —pregunté.
Nadie contestó. Esperé. Sé esperar. Al final, desde la segunda fila, un chico con gafas de montura metálica:
—Un psicópata.
—Eso es una etiqueta, no una persona. Con las etiquetas no se detiene a nadie. ¿Quién es?
—Odia a las mujeres —dijo una chica.
—¿Ah, sí? —Me apoyé en la mesa—. ¿Las odia? ¿Las maquilla? ¿Les pinta las uñas? ¿Les compra un vestido de su talla?
Se quedó callada. Luego, despacio, como quien prueba el hielo de un estanque:
—Entonces… las quiere.
—O quiere a una —dijo Danny Holt desde el fondo—. A una que no le hizo caso. Y las otras lo pagan.
Lo escribí en la pizarra, entre otras cosas, con la misma letra y el mismo tamaño que todo lo demás. Y no volví a mirarlo en toda la clase.