El Cartero Capítulo 2. La urraca #4
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Capítulo 2. La urraca #4

Noté la bilis subirme hasta la garganta y me la tragué. Busqué un chicle en el bolsillo. No quedaba ninguno. Mis dedos empezaron a golpear el muslo por debajo del escritorio, tap, tap, tap, tap, y por primera vez en tres años pensé, con toda claridad, que habría matado por un cigarrillo.

Las cuatro primeras cartas no llevaban firma.

La quinta, la de Tracey Nolan, en julio de 1993, sí.

Dos palabras al pie, con la misma letra inclinada, con la misma tinta oscura: El Cartero.

Alguien había grapado al lado una nota a máquina: Coincide con la publicación del apodo en el Leeds Evening Courier (V.

Shaw, febrero de 1993). Posible filtración interna. Pendiente.

Pendiente. Dos años y medio pendiente.

Odio los motes. Los odié toda mi carrera.

Un periodista oye algo en un pasillo, lo escribe en grande en la portada, y de pronto un hombre que mata mujeres en un cobertizo se convierte en un personaje, con nombre propio, como el malo de una película.

La gente lo comenta en el autobús. Los niños se asustan unos a otros en el patio.

Y él lo lee, en algún sitio, solo, con la luz apagada, y se excita.

Porque lo que más desea un hombre así no es matar.

Es que le miren matar. Y un nombre en un periódico es exactamente eso: público.

Le estábamos escribiendo el guion. Y él, encantado, había empezado a firmarlo.

Hacia las dos de la mañana leí el perfil.

Dos folios a máquina, sin una tachadura, firmados por el inspector jefe G.

Whitlock. Varón. Entre veinte y treinta y cinco años.

Posible vinculación laboral con el reparto o la mensajería.

Posible pertenencia a una secta o grupo de culto.

Acceso a una propiedad aislada en un entorno rural.

Lo leí dos veces. Era un buen perfil, razonable, de manual.

Y aun así algo no me encajaba, como un botón abrochado en el ojal equivocado que notas al moverte pero que no ves en el espejo. No supe decir qué.

⁂

A las cinco y media le di la vuelta al montón de la derecha.

Las vidas. Ocho caras sonriendo a cámaras que no sabían para qué iban a servir aquellas fotos.

Una chica con un gorro de Papá Noel. Otra con el uniforme de un supermercado.

Otra en una boda, con un vestido de dama de honor de un color melocotón espantoso, riéndose de algo que alguien le decía fuera del encuadre.

Marcia Campbell, veintiún años, Chapeltown. Leeds 7.

Me detuve en esa palabra más de lo que me detuve en ninguna otra.

Chapeltown. Conocía la calle de la dirección.

Estaba a cuatro manzanas de donde yo aprendí a montar en bicicleta, en una bici de segunda mano con el sillín demasiado alto, mientras mi madre me gritaba desde la ventana que frenara con los pies.

Pasé el pulgar por la cara de la foto. Una chica negra, con trenzas, con una sonrisa enorme y un diente un poco torcido.

Podría haber sido la hija de cualquiera de los vecinos que me vieron crecer.

Y el último folio. El que no era como los demás.

No tenía informe de autopsia. No tenía fotografía de escena.

Solo una ficha de persona desaparecida y una foto en color, de las de revelar en una hora: una chica pelirroja, pecosa, con una pinza de mariposa barata en el pelo, detrás de la barra de un pub, sosteniendo una bandeja con tres pintas y sacándole la lengua a quien fuera que estaba haciendo la foto.

Emma Lister. 19 años. Camarera. Otley. Desaparecida el sábado 7 de octubre de 1995.

Debajo, a bolígrafo, con una letra apresurada y redonda que imaginé de Owen:

Si se mantiene el patrón, la familia recibirá la carta el sábado 14.

El sábado 14.

Ayer.

Ayer por la mañana, mientras yo me tomaba el café solo junto a la ventana, el cartero de verdad había llamado a la puerta de una casa de Otley.

Ayer, mientras yo daba un rodeo de dos metros por el salón para no pasar por delante del escritorio, una mujer había abierto un sobre color hueso y había leído con qué cara había muerto su hija.

Ayer por la tarde, mientras yo escuchaba a Coltrane en el sillón con un bourbon en la mano, unos agentes con botas de agua la habían encontrado debajo de un árbol, con un girasol entre las manos y las uñas pintadas de rosa.

La había tenido aquí. En mi casa. Encima del escritorio de mi madre. Cinco días.

No sé cuánto tiempo estuve mirando aquella foto. Sé que en algún momento el peso volvió al pecho, la mano abierta sobre el esternón, empujando, y que esta vez no lo aparté. Lo dejé estar. Me pareció que era lo mínimo que le debía.

Fuera empezaba a clarear. Una luz gris, sucia, sin ganas, que entraba por la ventana y se quedaba a medio camino.

El radiador empezó a golpear dentro de la pared.

Me levanté, con las rodillas crujiendo, y me hice un café solo.

Me lo bebí de pie, junto al escritorio, mirando la cara de Emma Lister, que seguía sacándole la lengua a alguien.

La urraca había vuelto. No la oí llegar. Estaba otra vez en el alféizar, mojada, quieta, mirándome con un solo ojo a través del cristal.

Esta vez no la espanté.

Una para la pena.

El martes tenía clase. Por primera vez en cinco años, sabía exactamente de qué iba a hablar.