Capítulo 2. La urraca #3
No había sangre en ninguna escena. Ni una gota.
Ni en la hierba, ni en la ropa, ni debajo del cuerpo.
Las habían desangrado en otro sitio y las habían lavado después.
Los informes de las autopsias lo decían con esa frialdad que yo había leído mil veces y que nunca había conseguido que dejara de parecerme obscena: incisión única en la arteria carótida izquierda, limpia, de trazo continuo, casi quirúrgica.
Exanguinación. Pero eso no era todo. En los pulmones de las ocho había tierra.
Tierra en la tráquea, en los bronquios, en el fondo de los alvéolos, como si la hubieran respirado.
Y bajo las uñas, arcilla. Una arcilla rojiza, densa, la misma en todas, metida tan adentro que en algunos casos las uñas estaban partidas por la mitad o arrancadas de cuajo.
Las habían enterrado vivas. Habían arañado para salir.
Y después, por lo que fuera, alguien las había sacado, y las había matado de otra forma.
Y luego —esto fue lo que me hizo apartar el papel y quedarme un rato mirando la pared— luego les había pintado las uñas.
A todas. Un esmalte de un rosa muy pálido, aplicado con un cuidado de manicurista sobre las uñas rotas, sobre la carne viva donde la uña ya no estaba.
Las había peinado, con la raya hecha. Las había maquillado: base, colorete, el mismo pintalabios rosa en las ocho bocas.
Las había vestido con ropa limpia, y en algunos casos las familias no reconocieron la ropa. No era suya. Él se la había comprado.
No había agresión sexual. Ni en una sola. Lo subrayaban todos los informes, como si eso fuera un consuelo.
Tenían marcas de cuerda en las muñecas y en los tobillos.
Y en el torso, hematomas. Varios en cada cuerpo, en el pecho, en el vientre, en las costillas.
El forense los describía como contusiones de forma irregular, de entre cuatro y seis centímetros, con pequeñas abrasiones puntiformes en la periferia .
Golpes con algo duro. Con algo que tenía puntas. Nadie sabía con qué.
Con cada cuerpo había una fotografía. Una Polaroid de la misma escena, del árbol, de la chica tumbada, del girasol, tomada de noche con flash, y en el margen blanco de abajo, escrito con rotulador, una hora: 12:00 .
En las fotocopias el rojo se había vuelto gris oscuro, pero el informe lo especificaba.
Rotulador rojo. Siempre las doce. Ninguna había muerto a las doce, según las autopsias.
Ninguna había sido encontrada a las doce. Las doce no correspondían a nada.
O correspondían a algo que todavía no sabíamos mirar.
⁂
Las cartas venían en una funda de plástico aparte, fotocopiadas.
Una por víctima. Llegaban siempre a casa de un familiar, siempre exactamente siete días después de la desaparición, con matasellos de pueblos distintos: Ilkley, Pontefract, Hebden Bridge, Skipton.
Papel de carta bueno, color hueso. Una caligrafía preciosa, inclinada, de las que ya no se enseñan, escrita con pluma estilográfica.
El laboratorio había analizado la tinta.
Tinta Quink azul-negra, de Parker, de la que se vende en cualquier papelería.
Y sangre humana. El perfil de ADN de la sangre coincidía, en cada carta, con el de la chica de la que hablaba.
Les escribía a sus familias con su propia sangre.
Leí la de Kelly Ainsworth, la segunda. La había recibido su padre, un conductor de camiones de Wakefield, un sábado de abril de 1992.
Estimado señor Ainsworth:
Le escribo con la mano todavía temblorosa, y le ruego que sepa perdonar mi caligrafía. No es fácil escribir después de haber visto lo que yo he visto.
Kelly ya no sufre. Quiero que eso sea lo primero que lea y lo último que olvide.
Sufrió, no se lo voy a negar; a un padre no se le miente.
Tenía usted una hija valiente. Aguantó más de lo que aguantan muchos hombres.
Cuando el miedo le llegó a los ojos, no los cerró: los abrió mucho, muchísimo, hasta que le vi el blanco entero alrededor, limpio como la cáscara de un huevo, y en el centro las pupilas tan dilatadas que parecían dos pozos.
Le temblaba el labio de abajo. Solo el de abajo.
Me pareció un detalle de una delicadeza infinita, y quiero que usted lo sepa, porque es la clase de cosa que un padre debería saber de su hija.
Al final dejó de luchar, como dejan de luchar todos los que han visto lo que hay al otro lado. Se le aflojaron las manos. Le cayó una lágrima por la sien izquierda, hacia la oreja, y yo se la sequé con el pulgar. Entonces supe que estaba preparada.
Yo solo la acompañé hasta la puerta. Es lo único que hago. No soy más que el que lleva el mensaje.
Ahora descansa. Descansa bajo la luz, a la hora en que las sombras desaparecen.
La encontrará en los campos que hay al este de Newmillerdam, bajo el único espino que sigue en pie. Vaya pronto, se lo ruego. No me gusta que estén solas mucho tiempo.
No estaba firmada.
La dejé sobre la mesa y me quedé mirándola.
Un detalle de una delicadeza infinita. Había mirado la cara de una chica de diecinueve años mientras la mataba y se había fijado en su labio inferior como un pintor se fija en la luz sobre una manzana.
Y después se había sentado a escribírselo a su padre. Con cariño. Con buena letra. Con ella.
Cerré los ojos. No quería. Lo hice igual, como lo hago siempre.
Estás tumbada boca arriba y no puedes mover las manos.
Tienes diecinueve años. Hace una semana tenías una vida que te parecía aburrida.
Ahora hay una cara encima de la tuya, muy cerca, tan cerca que notas su aliento en la frente, y la cara no tiene ninguna prisa.
Te mira. Te mira como no te ha mirado nadie nunca, con una atención entera, sin parpadear, y eso es lo peor, peor que el dolor: que te mira como si fueras lo único que existe en el mundo.
Abres mucho los ojos. Tanto que te duelen.
Y una lágrima se te escapa por la sien izquierda, hacia la oreja, caliente, y un pulgar te la seca. Con cuidado. Con muchísimo cuidado.
Y entonces sabes que estás preparada. Porque te lo dice él.
Abrí los ojos. Tenía el pulgar de la mano derecha apoyado en mi propia sien.