El Cartero Capítulo 2. La urraca #2
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Capítulo 2. La urraca #2

No dijo nada. Frank nunca decía nada. Por eso era el mejor camarero de Leeds.

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Volví a casa andando. Tardé el doble de lo normal.

Cuando llegué empezaba a oscurecer, ese atardecer de octubre en el norte que no es un atardecer, sino una luz que se va gastando hasta que un día te das cuenta de que se ha terminado.

Encendí solo la lámpara de pie. Me serví un bourbon, dos dedos, sin hielo, y me senté en el sillón junto a la ventana con los apuntes de la clase del martes en el regazo y las gafas puestas.

La elección de la víctima. Por qué él. Por qué ella.

Por qué ese día y no otro. Había escrito tres páginas sobre el tema hacía años y solo tenía que repasarlas.

No repasé nada.

Tac.

Al principio pensé que era el radiador. Luego volvió a sonar, más cerca, contra el cristal.

Tac. Tac-tac.

Había una urraca en el alféizar. Grande, gorda de otoño, blanca y negra, con un brillo verde y azul en las alas que la luz de la farola volvía de un color aceitoso, como una mancha de gasolina en un charco.

Estaba picoteando el cristal. No como picotean los pájaros cuando buscan algo. Como quien llama a una puerta.

En Inglaterra dicen que una urraca sola trae pena.

Una para la pena, dos para la alegría. Hay que saludarla para que no te traiga desgracia: buenos días, señora urraca, ¿cómo está su marido?

Mi madre, que había crecido con otros pájaros y otras supersticiones, se reía de eso.

Decía que los ingleses tenían miedo de todo lo que no se podía meter en una taza de té.

No la saludé.

La miré, y ella me miró a mí, con la cabeza ladeada, con un solo ojo, negro y redondo como la cabeza de un alfiler. Y entonces, sin quererlo, mis ojos se apartaron de la ventana y fueron a parar al escritorio. A la carpeta. A la goma suelta que seguía colgando del borde, como una lengua.

Tac.

Parecía una llamada. Lo pensé así, con esa palabra, y me dio vergüenza haberla pensado.

No creía en el destino. Había visto demasiados muertos que lo habían hecho todo bien, que habían cerrado la puerta con llave y mirado a los dos lados antes de cruzar, como para creer que alguien allá arriba repartía las cartas con intención.

Lo que hay son coincidencias. Y gente que las aprovecha.

Me levanté para espantarla.

Las ventanas de guillotina de aquella casa se atascaban como el cajón de mi madre; había que dar un golpe seco con la palma en el marco para que subieran. Lo di. La hoja subió de golpe y el frío entró con la lluvia, y yo agité la mano para echarla.

La urraca no se fue.

Se me echó encima.

Fue un segundo, menos. Un estallido de alas negras contra mi cara, el olor a plumas mojadas, a algo podrido, un chillido como de bisagra oxidada y el pico, duro, abierto, a un centímetro de mi ojo.

Eché la cabeza hacia atrás. Tropecé con el borde de la alfombra.

El vaso salió volando y el bourbon me salpicó la camisa, y caí de espaldas contra el escritorio de mi madre, y el tirador de aquel cajón que se atascaba se me clavó en las costillas como un puño.

Oí cómo se deslizaba la carpeta. Oí cómo caía.

La otra goma se rompió con un chasquido y los papeles se abrieron en el aire como una baraja, y cayeron, y patinaron por el suelo, y se metieron debajo del sofá, y se quedaron quietos sobre la alfombra, junto al charco de bourbon que empezaba a empapar una esquina.

—¡Puto pájaro de los cojones!

Cerré la ventana de un golpe tan fuerte que el cristal vibró.

La urraca se había posado en la barandilla de hierro de la casa de enfrente.

Me miraba. No se movía. Se quedó allí un momento, con la cabeza ladeada, como si esperara algo de mí.

Después abrió las alas y se dejó caer hacia la oscuridad de la calle, y ya no la vi más.

Me quedé de pie, con la respiración rota y la camisa oliendo a destilería. Las gafas se me habían caído. Estaban en el suelo, boca abajo, junto a una fotografía. Las recogí y, sin pensar, me las guardé en el bolsillo de la camisa.

No me las puse.

Me arrodillé para recoger los papeles. Lo hice deprisa, de mala manera, sin mirar, como se recoge la ropa de un tendedero cuando empieza a llover.

Fotocopias. Informes. Fotografías en blanco y negro.

Un recorte de periódico que alguien había pegado con celo a un folio.

Lo cogí por una esquina para apartarlo del charco de bourbon, y el titular me quedó a la altura de los ojos, en letras enormes y negras:

EL CARTERO VUELVE A ESCRIBIR

Y se me heló la sangre.

No es una forma de hablar. Noté el frío nacer en la nuca y bajar por la columna, vértebra a vértebra, como agua de deshielo.

Se me quedaron quietas las manos. Dejé de oír el radiador, la lluvia, la televisión de la señora Pryce al otro lado del suelo.

Durante un momento el mundo entero se quedó en una sola palabra impresa en un papel barato.

No voy a contar todavía por qué. Aquella noche ni siquiera me lo dije a mí mismo. Hay cosas que uno sabe con el cuerpo mucho antes de dejar que le lleguen a la cabeza, y yo llevaba muchos años sin dejar que aquella me llegara.

Solté el recorte. Cogí el folio que había debajo.

Era el inventario de una escena, a máquina, con esa letra cuadrada de las Olivetti de la policía, y mis ojos bajaron por la lista sin que yo se lo pidiera: Ropa de la víctima.

Calzado. Una fotografía instantánea (Polaroid).

Objetos hallados junto al cuerpo: un girasol (Helianthus annuus) , tallo cortado a unos 40 cm, sujeto entre las manos de la víctima, cruzadas sobre el pecho.

Girasol.

Me llevé el índice y el pulgar de la mano derecha al entrecejo.

Era un gesto que tenía desde los veinte años y que media comisaría imitaba a mis espaldas, y yo lo sabía, y nunca me había importado.

Cerré los ojos. Bajé la cabeza. Apreté, despacio, los dos dedos contra la piel arrugada de la frente, como si pudiera sujetar con ellos lo que estaba intentando salir.

—Despacio —me oí decir, en voz muy baja—. Primero mira. Primero mira.

Cuando abrí los ojos, seguía de rodillas en el suelo de mi salón, rodeado de papeles, oliendo a bourbon.

Y tuve, de rodillas en mi propio salón, una certeza absurda, de esas que no se le pueden explicar a nadie, ni a uno mismo: que en algún sitio de aquella ciudad, en aquel mismo momento, alguien sabía que yo acababa de leer esa palabra.

Que lo había estado esperando. Que llevaba mucho tiempo esperándolo, sentado a oscuras, con paciencia, igual que yo había esperado cinco días sin abrir la carpeta.

Me levanté y fui a la ventana. La calle estaba vacía.

Los coches aparcados, la farola naranja, la lluvia, la barandilla de enfrente donde se había posado la urraca.

Nadie. Me quedé mirando mucho rato, con la cara tan cerca del cristal que lo empañaba con el aliento.

No bajé la persiana. No sé por qué. Supongo que bajarla habría sido reconocer que había alguien al otro lado.

Recogí el resto. Todos. Los que estaban debajo del sofá también. Encendí el flexo verde del escritorio de mi madre, me senté en su silla, y empecé.

Eran las seis y veinte de la tarde del domingo 15 de octubre. Cuando volví a levantar la cabeza, era lunes.

⁂

Lo primero que hice fue separar los papeles en dos montones.

Ni siquiera allí, con la camisa empapada de bourbon y el corazón todavía golpeándome contra el esternón, pude evitarlo.

A la izquierda, todo lo que hablaba de los cuerpos: escenas, autopsias, fotografías, inventarios.

A la derecha, todo lo que hablaba de las vidas: nombres, edades, trabajos, novios, madres, la foto de la comunión, la del carné del videoclub.

El montón de la derecha lo puse boca abajo.

Primero el muerto, después la vida. Así había trabajado siempre.

Si lees primero que una chica era camarera y tenía un novio con antecedentes, ya no ves el cuerpo: ves al novio.

Si lees que tomaba pastillas, ves las pastillas.

La vida contamina. El muerto, en cambio, no te miente nunca; solo hay que tener paciencia para escuchar lo que dice.

Leí sin gafas. Tenía que alejar los papeles con el brazo estirado y acercarlos al flexo, como hacía mi padre con el periódico de los domingos, y al cabo de una hora me ardían los ojos. No me las puse. No sé explicarlo mejor: ponérmelas habría sido como sentarme a leer aquello en zapatillas.

Ocho mujeres.

Lorraine Hebden, noviembre de 1991, a las afueras de Bradford.

Kelly Ainsworth, abril de 1992, cerca de Wakefield.

Yasmin Akhtar, septiembre de 1992, Dewsbury.

Gemma Doyle, Tracey Nolan, Marcia Campbell, Samantha Firth, Natalie Brook.

Un nombre cada cuatro, cinco, seis meses, repartidos por West Yorkshire como si alguien hubiera tirado un puñado de chinchetas sobre el mapa.

Y todas eran la misma.

Eso fue lo primero que me golpeó. No los detalles, que vinieron después, sino la repetición.

Leer ocho informes de ocho escenas distintas y tener la sensación de estar leyendo el mismo informe ocho veces, con el nombre cambiado.

Las encontraban siempre al aire libre, en descampados, en el borde de algún páramo, lejos de cualquier carretera.

Siempre junto a un árbol solitario: un fresno, un espino, un roble enano doblado por el viento.

Siempre tumbadas boca arriba, con las piernas juntas y los brazos cruzados sobre el pecho, sujetando un girasol.

En paz. Esa era la palabra que se repetía en las descripciones de los agentes que llegaban primero, gente que había visto de todo y que, sin ponerse de acuerdo, escribía lo mismo: parecía dormida. Parecía en paz.