El Cartero Capítulo 2. La urraca
3%

Capítulo 2. La urraca

Vivía en Burley, en la segunda planta de una casa adosada victoriana que algún especulador de los setenta había troceado en cuatro pisos como quien trocea un pollo.

La escalera olía a moqueta mojada y a la col hervida de la señora Pryce, la viuda del bajo, que cocinaba col cinco días a la semana y los otros dos hablaba con la televisión a gritos, como si el presentador del concurso pudiera oírla.

Las paredes eran tan finas que algunas noches yo sabía la respuesta antes que ella.

El piso era pequeño. Lo había elegido así a propósito.

Las casas grandes se llenan de eco, y el eco es la manera que tiene el silencio de hacerte compañía cuando no la quieres.

Allí no había sitio para el eco: un salón con la cocina metida en un rincón, un dormitorio donde la cama tocaba las dos paredes y un baño con una mancha de humedad en el techo que tenía la forma exacta de Sudamérica.

A veces, tumbado en la bañera, la miraba crecer.

En cinco años se había comido Venezuela.

Esa noche subí los dos tramos de escalera con la gabardina chorreando y la carpeta debajo del brazo.

Encendí la lámpara de pie. Colgué la gabardina detrás de la puerta, donde siguió goteando sobre el felpudo con un ruido de reloj sin prisa.

Y entonces, de pie en mitad del salón, todavía con los zapatos mojados, le di la vuelta a la carpeta y vi el sello.

CONFIDENCIAL. En rojo, un poco torcido, con la tinta corrida en la esquina de la C, como si a quien lo estampó le hubiera temblado el pulso o le hubieran dado un codazo. Debajo, una etiqueta blanca escrita a máquina: WEST YORKSHIRE POLICE. Brigada de Homicidios. Operación Brezo.

Conocía ese sello. Lo había estampado yo mismo cientos de veces, en otra comisaría, en otra década, con una taza de café frío al lado y la radio de la policía chisporroteando en una mesa cercana.

Lo había estampado sobre carpetas de mujeres estranguladas en pisos de Harehills, de niños que nunca volvieron de comprar tabaco para su padre, de hombres a los que sacaron del canal de Leeds-Liverpool hinchados como odres, con los ojos comidos por los peces.

Cada una de esas carpetas había empezado así, con un sello rojo y una etiqueta a máquina, y había terminado conmigo mirando el techo a las cuatro de la mañana.

No sé qué cara puse. Supongo que la de un hombre que encuentra en un cajón una carta de alguien que ya no está. No es tristeza exactamente. Es algo más cansado. Es saber que lo que hay dentro te va a doler y que, aun así, una parte de ti tiene ganas de que le duela.

Crucé el salón y la tiré sobre el escritorio de mi madre.

Era lo único grande que había en el piso.

Un escritorio de caoba con tapa de cuero verde, gastado en el centro por cuarenta años de codos, y un cajón a la derecha que se atascaba si no lo levantabas un poco antes de tirar.

Mi madre lo había comprado de tercera mano en un almacén de Kirkstall Road, en 1961, con el dinero de seis meses limpiando casas ajenas, y lo había subido ella sola hasta un segundo piso de Chapeltown con la ayuda de dos vecinos y una paciencia de santa.

Allí, los domingos por la tarde, escribía sus cartas a Kingston.

Siempre con la misma pluma, siempre en papel azul de avión, siempre con las gafas en la punta de la nariz.

La carpeta cayó sobre el cuero verde con un golpe seco. Una de las gomas se soltó y quedó colgando por el borde, como una lengua.

No la recogí.

⁂

Pasaron cinco días.

El miércoles me levanté a las seis y diez, como todos los días desde hacía treinta años, con el radiador golpeando dentro de la pared igual que alguien que quiere salir.

Me hice un café solo en la cafetera de émbolo, sin azúcar, y me lo bebí de pie junto a la ventana antes de abrir del todo los ojos.

Fuera, la calle de casas adosadas seguía dormida bajo una llovizna fina.

La farola de enfrente todavía estaba encendida, naranja, con un halo de agua alrededor, como un santo pobre.

No miré el escritorio.

Eso es mentira. Lo miré. Lo miré mientras me afeitaba, en el reflejo del espejo, por la puerta entreabierta del baño.

Lo miré mientras me ponía la corbata. Lo miré al salir, con la mano ya en el picaporte.

No toqué la carpeta, pero aprendí exactamente dónde estaba en cada momento, igual que uno sabe dónde está un perro que no conoce en la habitación de al lado.

El jueves di clase. Alguien había cambiado el fluorescente del fondo del aula, y ahora la última fila estaba bañada en una luz blanca, limpia, sin parpadeos.

Me molestó más de lo que debería. La última fila estaba vacía.

Hablé de los periodos de enfriamiento, del tiempo que pasa un asesino entre una víctima y la siguiente, de cómo ese tiempo se va acortando a medida que la necesidad crece, como un drogadicto que necesita cada vez más dosis y cada vez más seguidas.

Lo expliqué bien. Hannah Lowe tomó apuntes en la primera fila.

El chico de la camiseta de Blur no vino.

Y yo, cada vez que la puerta se abría, levantaba la vista.

Por reflejo.

Las tardes las pasaba en el Black Swan, como siempre.

Una pinta de bitter, a veces dos, un whisky si llovía mucho, y llovía mucho.

Volvía a casa andando, ponía un disco, Coltrane o Mingus, o alguno de los viejos discos de ska de mi padre que crujían como una sartén con aceite, y leía en el sillón junto a la ventana hasta que se me cerraban los ojos. Una vida sencilla. Pero completa.

El viernes por la noche me di cuenta de que había dejado de pasar por delante del escritorio. Daba la vuelta por el otro lado de la mesa baja para ir a la cocina. Un rodeo de dos metros. Me quedé un rato de pie, con el vaso en la mano, mirando mis propios pies, avergonzado como un crío.

El sábado la lluvia se secó sobre el cartón. Me fijé al pasar, porque me fijo en todo, aunque no quiera. Las gotas que Owen había dejado caer en la parada se habían convertido en cercos pálidos, con el borde más oscuro, como flores marchitas aplastadas entre las páginas de un libro.

El sargento Hartley no llamó en esos cinco días. No volvió a la universidad. No me esperó en la puerta. Cumplió su palabra, o eso pensé.

Ahora sé que no hacía falta. La carpeta ya estaba dentro de mi casa, y las cosas que entran en una casa acaban siempre por abrirse.

⁂

El domingo amaneció sin luz. No llovía: el cielo se había quedado colgado sobre los tejados como una sábana mojada, tan bajo que parecía que bastaría con estirar el brazo desde la ventana para tocarlo.

A la una fui al Black Swan. Los domingos olía a ternera asada y a salsa de sobre, a cerveza derramada la noche anterior y a los cigarrillos de los hombres que se sentaban en la barra con el periódico de las carreras doblado en cuatro.

La moqueta, de rombos granates, se te pegaba a las suelas.

La tragaperras del rincón parpadeaba sola, sin nadie delante, cantándose su musiquilla a sí misma.

Y detrás de la barra estaba Frank, secando vasos con un trapo que nunca había estado limpio, como llevaba haciendo desde antes de que yo llegara al barrio.

En cinco años le habría oído decir unas doscientas palabras, la mayoría de ellas «lo de siempre».

—Lo de siempre.

Me puso la pinta delante sin preguntar. Encima de la barra, en un estante, entre una botella de Bell’s y un tarro de huevos en vinagre que nadie había pedido jamás, había una radio vieja de carcasa color crema. Siempre estaba encendida. Nadie la escuchaba. Era como la lluvia: estaba ahí.

A las dos dieron las noticias.

No presté atención al principio. Un accidente en la M62, un concejal, algo sobre el precio del carbón. Bebí. Le di la vuelta a un posavasos. Y entonces la locutora cambió de tono, ese medio tono más grave que usan para los muertos, y algo dentro de mí se puso de pie antes que yo.

«…el cuerpo de una mujer joven, hallado ayer por la tarde en una zona boscosa de Otley Chevin.

Según ha podido saber esta emisora, podría tratarse de Emma Lister, de diecinueve años, vecina de Otley, cuya desaparición se denunció el pasado sábado.

Fuentes de la investigación indican que el cuerpo se encontraba junto a un árbol, en una zona alejada de los caminos.

La policía de West Yorkshire no ha querido confirmar si el caso guarda relación con otras muertes registradas en la región desde 1991… »

Diecinueve años.

Junto a un árbol. Alejada de los caminos.

Algo de aquella frase se me quedó dentro, como una espina pequeña que no ves pero que notas cada vez que cierras la mano. No sabría decir qué era. O sí sabría, pero no quise.

Entonces habló un hombre. Una grabación con ruido de fondo, de calle, de coches.

«No vamos a especular. Pedimos a los medios prudencia y respeto hacia la familia en estos momentos tan difíciles.»

Conocía esa voz. Seca, correcta, con aquel acento de Headingley que siempre sonaba recién planchado.

Graham Whitlock. Hacía cinco años que no la oía, y seguía hablando exactamente igual que escribía: a máquina.

Así que era él. El jefe de Owen. El que dirigía la Operación Brezo.

Lo pensé sin rencor, o con un rencor tan viejo que ya se había quedado sin dientes.

Frank alargó la mano y giró el dial, buscando los resultados de las carreras.

—Frank. Déjala.

Me miró. Volvió a girar el dial, pero ya era tarde: la locutora estaba hablando del Leeds United y de la lesión de no sé quién, y después del tiempo, y el tiempo, por supuesto, era lluvia.

Me quedé mirando la pinta. Estaba a la mitad.

La espuma se había deshecho en una costra fina, y unas burbujas diminutas subían todavía desde el fondo, cada vez más despacio, como si se estuvieran ahogando.

Dejé unas monedas en la barra y me levanté.

Frank miró el vaso medio lleno, y luego me miró a mí, y levantó una ceja.

En cinco años nunca me había dejado una cerveza a medias.