El Cartero Capítulo 1. La última fila #2
2%

Capítulo 1. La última fila #2

Sonreí. Fue una sonrisa de verdad, y triste, de esas que se le escapan a uno cuando se cruza por la calle con una antigua novia y comprueba que sigue siendo guapa y que ya no tiene nada que ver con él.

Recogí las gafas de la mesa. No me las puse. Me las guardé en el bolsillo de la camisa, a la altura del corazón, y cogí el maletín.

—Buenas noches, sargento Hartley.

—Señor Grey…

—Llevo cinco años retirado —dije, ya camino de la puerta—. No pierda el tiempo conmigo. Tiene usted cara de tener muy poco.

⁂

No sirvió de nada, claro. Los buenos policías tienen eso: no saben cuándo les han dicho que no.

Le oí recoger sus cosas a toda prisa y salir detrás de mí. Me alcanzó en el pasillo, entre tablones de anuncios cubiertos de pisos compartidos, clases de guitarra y un cartel de un concierto de Pulp, y se puso a mi lado con esas zancadas largas de chico que ha crecido demasiado rápido.

—Solo le pido cinco minutos.

—Ya me ha pedido un minuto en clase y le he regalado tres. Soy muy generoso con el tiempo ajeno.

—Es un caso que…

—Seguro que es un caso interesantísimo. Todos lo son. Esa es la desgracia de su oficio, sargento: nunca le toca a uno un muerto aburrido.

Bajamos las escaleras. En la garita de la entrada, Arthur, el conserje, escuchaba la radio con el volumen muy bajo, una tertulia deportiva de las de medianoche, y levantó la cabeza al vernos.

—¿Ya se va, inspector?

—Profesor, Arthur. Ya solo profesor.

—Para mí siempre será inspector. —Me guiñó un ojo—. ¿Y qué tal la familia?

Era la pregunta de cada martes y de cada jueves, y yo tenía la respuesta de cada martes y de cada jueves.

—Una vida sencilla, Arthur. Pero completa.

Owen me miró de reojo. Semanas después, una noche, con una pinta delante, me confesó que en la brigada había una porra abierta desde hacía casi veinte años sobre si el inspector Grey tenía mujer, hijos o un harén en Harrogate, y que nadie la había cobrado nunca.

Pero aquella noche, en la puerta, solo vi que me miraba como se mira a un hombre que acaba de mentir con mucho oficio.

Fuera, la lluvia nos recibió como una bofetada mojada.

El campus olía a ladrillo empapado, a hojas pudriéndose en las alcantarillas y, desde algún sitio, a patatas fritas con vinagre de una furgoneta que nunca vi.

Las farolas de sodio lo teñían todo de un naranja enfermizo y se repetían, temblando, en cada charco.

A lo lejos, la torre blanca del edificio Parkinson se recortaba contra un cielo del color de un moratón.

Me subí el cuello de la gabardina. Era gris, vieja, y olía a lluvia incluso cuando estaba seca, porque en esta ciudad la lluvia no se va nunca del todo de las cosas.

Owen no tenía paraguas. Yo tampoco. Caminamos hacia Woodhouse Lane bajo el agua, él hablando y yo mirando al frente.

—No le pido que vuelva. Ni que se implique. Solo que lo lea.

—¿Sabe lo que me gusta de Leeds, sargento? Que nunca decepciona. Te promete lluvia, y llueve. Hay muy pocas cosas así de fiables en la vida.

—Señor Grey, por favor…

—Usted es del Leeds. —No era una pregunta. Le asomaba por debajo del anorak un trozo de bufanda blanca, amarilla y azul, deshilachada de tantos inviernos—. ¿Estuvo en Selhurst Park? ¿Vio el gol de Yeboah al Wimbledon?

Fue cruel por mi parte, y funcionó. Durante tres segundos se le iluminó la cara entera, se le olvidó a qué había venido y levantó las manos como si todavía tuviera el balón delante.

—La controla, se la levanta a uno por encima, y desde fuera del área…

Entonces se dio cuenta. Cerró la boca. Me miró con un rencor casi infantil.

—Me está toreando.

—Le estoy dando conversación, que es distinto. Es lo que se hace con los desconocidos que te persiguen bajo la lluvia.

Llegamos a la parada. Había una marquesina con el cristal roto y un banco empapado en el que nadie se sentaba.

Debajo, una estudiante con el pelo teñido de rojo fumaba en silencio, protegiendo el cigarrillo con la mano ahuecada.

El humo me llegó de lado, arrastrado por el viento, y mis dedos empezaron a golpear el muslo por dentro del bolsillo de la gabardina.

Dos dedos. Tap, tap. Tap, tap. Tres años, y mi cuerpo seguía llevando la cuenta de cada cigarrillo que no me fumaba.

Busqué otro chicle. Me lo metí en la boca y apreté los dientes.

Owen se plantó delante de mí, de espaldas a la calle, para obligarme a mirarle.

—No puedo contarle nada aquí. No debería ni estar aquí. —Bajó la voz, aunque la chica del pelo rojo llevaba auriculares y no nos hacía ni caso—. Pero tenemos días. No semanas. Días.

Días.

Conocía esa palabra. La había dicho yo muchas veces: en salas de interrogatorio, en coches parados delante de casas con las luces apagadas, en teléfonos de madrugada.

En homicidios, «días» no es una medida de tiempo.

Es una cuenta atrás. Significa que en algún sitio hay alguien que todavía respira, o que respiraba ayer, y que cada hora que pasa le quita un poco de aire.

Noté algo en el pecho. No era dolor exactamente. Era un peso. Como si alguien me hubiera apoyado la mano abierta en el esternón y empezara, muy despacio, a empujar.

Lo aparté. Llevaba cinco años aprendiendo a apartarlo.

—Tienen una brigada entera, sargento. Inspectores, forenses, ordenadores que cruzan datos. Tienen un jefe, imagino.

—Lo tenemos todo. —Se pasó la mano por el pelo mojado—. Y no tenemos nada. ¿Me entiende? Nada. Llevamos años así.

—¿Y qué le hace pensar que un viejo con gafas les va a arreglar la vida?

Se encogió de hombros. Por primera vez en toda la noche pareció un poco avergonzado.

—En la brigada alguien lo comentó. Que usted daba clases aquí, sobre asesinos en serie. Que qué pena que estuviera retirado. Lo dijo casi en broma. —Tragó saliva—. Y yo pensé que no perdía nada por venir.

—Pues ya ha perdido una noche. Y va a pillar un buen catarro si no se seca pronto.

Los faros del autobús aparecieron al fondo de la calle, dos manchas amarillas deshaciéndose en la cortina de agua. Owen los vio también. Entonces se desabrochó el anorak y sacó una carpeta.

La llevaba pegada al cuerpo, contra el pecho, como quien lleva un pájaro herido. Era de cartón marrón, gruesa, sujeta con dos gomas elásticas. Estaba seca. Seguramente era lo único seco que el sargento Owen Hartley llevaba encima aquella noche. Me la tendió.

—Léala. Solo eso. Si después me dice que no, no vuelvo a molestarle. Se lo juro.

—No.

—Por favor.

—Sargento…

No la retiró. Se quedó allí, con el brazo extendido, y la lluvia empezó a caer sobre el cartón.

Vi cómo las primeras gotas se hundían en él y dejaban manchas oscuras y redondas que se iban abriendo como flores pequeñas.

Owen no se movió. Tenía el pelo pegado a la frente, el agua le corría por la cara y le goteaba de la barbilla, y no se movió.

El autobús se acercaba. La chica del pelo rojo tiró el cigarrillo a un charco, donde se apagó con un siseo.

Las manchas crecían. El cartón se oscurecía por los bordes.

Pensé, y lo recuerdo con una claridad que todavía me avergüenza, que el papel no tenía la culpa de nada.

Que dentro habría fotografías, declaraciones, informes que alguien había pasado a máquina de madrugada, y que no era justo que se mojaran por mi orgullo ni por la cabezonería de un crío. Eso pensé. Que lo hacía por el papel.

Cogí la carpeta.

Owen soltó el aire. No sonrió; todavía no. Pero algo se le aflojó en los hombros, como a un hombre al que acaban de quitarle una mochila de encima, sin saber todavía que me la estaba pasando a mí.

El autobús se detuvo con un bufido de frenos y abrió las puertas. Subí sin despedirme. Pagué. Subí al piso de arriba, como siempre, me senté al fondo, junto a la ventanilla, y limpié con la manga el cristal empañado.

Owen seguía en la parada. No se había movido. Las manos en los bolsillos del anorak, la cabeza un poco ladeada, mirando hacia arriba, hacia mí, a través de la lluvia. El autobús arrancó, y él se fue haciendo pequeño bajo la luz naranja de la marquesina hasta que la curva de la calle se lo tragó.

Dejé la carpeta sobre las rodillas. Las gomas se me clavaban en los dedos.

Pesaba más de lo que debería pesar una carpeta de cartón.

Las carpetas de los muertos siempre pesan más; lo aprendí el primer año y nunca encontré una explicación que no fuera estúpida.

Tenía las gafas en el bolsillo de la camisa. No me las puse. No la abrí.

En el piso de arriba solo íbamos dos. Yo, al fondo, junto a la ventanilla.

Y un hombre sentado en la primera fila, delante del todo, junto al cristal grande que da a la calzada, de espaldas a mí.

Un abrigo oscuro. Una gorra de paño. No leía.

No miraba por la ventana. Estaba quieto, con la cabeza un poco inclinada hacia un lado, como se inclina la gente cuando escucha algo que pasa detrás de ella.

En el cristal empañado, cada vez que pasábamos bajo una farola, se encendía un momento su reflejo, y el mío detrás, al fondo, pequeño, con la carpeta en las rodillas.

Y me pareció, una vez, dos, que en aquel reflejo sus ojos no miraban la calle.

Luego la farola quedaba atrás y en el cristal ya no había nadie.

Se bajó una parada antes que yo. Bajó la escalera despacio, agarrado a la barandilla, sin volverse. Por la ventanilla le vi quedarse en la acera, bajo la lluvia, de espaldas a la calzada, mientras el autobús arrancaba. No levantó la cabeza.

No le vi la cara. No le di importancia. En Leeds, en octubre, a esas horas, los autobuses van llenos de hombres con gorra que no quieren hablar con nadie.

Eso me dije. Me lo he seguido diciendo muchas noches, después.

No la abrí en el autobús. No la abrí al llegar a casa. No la abrí al día siguiente, ni al otro.

Tardé cinco días en abrirla.

Durante esos cinco días, en algún lugar a las afueras de la ciudad, una chica de diecinueve años esperaba a que alguien la encontrara. Y yo llevaba su nombre encima de las rodillas.