El Cartero Capítulo 1. La última fila
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El Cartero

El Cartero

Por Sergio Romero

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Capítulo 1. La última fila

Llovía. En Leeds siempre llueve, pero aquella era una lluvia de las que no caen, sino que se quedan suspendidas en el aire, como si la ciudad respirase agua.

Golpeaba los ventanales con una paciencia de funcionario.

El fluorescente del fondo parpadeaba con un zumbido de insecto moribundo, encendiéndose y apagándose sobre las cabezas de la última fila como un pulso enfermo.

Olía a chaquetas mojadas colgadas en los respaldos, a lana húmeda, al tabaco frío que veinte chavales se habían traído pegado a la ropa después de apurar el último cigarrillo en la escalinata.

Yo llevaba tres años sin fumar. Ese olor seguía oliendo a casa.

—La diferencia —dije, y coloqué otra transparencia sobre el retroproyector— entre el modus operandi y la firma.

—El modus operandi es lo que el asesino necesita hacer para matar y salir indemne.

Cómo entra. Qué arma usa. Cómo se deshace del cuerpo.

Eso cambia, porque aprende. Si la primera víctima grita demasiado, a la segunda la amordaza.

Si un vecino ve su coche, la próxima vez va andando.

El modus operandi es un oficio, y los oficios se perfeccionan.

—Dejé que la frase se asentara—. La firma no.

La firma es lo que hace aunque no le haga ninguna falta.

Lo que sobra. Lo que hace porque, si no lo hiciera, matar no habría tenido sentido.

No me interrumpían. Nunca. Eso hay que reconocérselo.

Venían por el nombre, por lo que habían leído en algún periódico viejo o lo que les había contado un tío suyo que era guardia en Bradford: el inspector Grey, el hombre que mira.

Venían a verme como se va a ver a un león viejo al zoo, con respeto, a una distancia prudente y sin la menor esperanza de que rugiera.

Yo hablaba, y mis palabras subían hasta el techo, se mezclaban con el zumbido del fluorescente y se quedaban allí arriba, flotando, sin bajar a nadie.

Hay una soledad muy concreta en hablar en una habitación llena. Es peor que el silencio de un piso vacío, porque el piso, al menos, no finge que te escucha.

Y aun así sonreía. Me había vuelto muy bueno sonriendo.

Si alguien me lo hubiera preguntado aquella noche, le habría dicho que era feliz, y se lo habría dicho con la misma voz serena con la que explicaba cómo se ata a una persona a una silla para que la cuerda no deje marcas.

Llevaba cinco años diciéndolo. Una vida sencilla, pero completa.

A fuerza de repetirla, la frase había empezado a sonarme verdadera, que es lo más peligroso que le puede pasar a una mentira.

—Imaginad a un hombre que mata a tres mujeres —seguí—.

A la primera la estrangula con un cable.

A la segunda, con las manos. A la tercera, con su propia bufanda.

Tres métodos distintos: el modus operandi cambia.

Pero a las tres les cierra los ojos y les cruza los tobillos.

¿Por qué? —Esperé. Nadie contestó. Nadie contestaba nunca—.

No lo necesita. No le ayuda a escapar. Al contrario: pierde un tiempo precioso en la escena, con el cuerpo todavía caliente, arrodillado, cruzando unos tobillos que ya no sienten nada.

Eso es la firma. Ahí es donde habla. Si queréis saber quién es, no miréis cómo mata. Mirad lo que hace después.

Cogí la tiza y escribí en la pizarra, con la letra pequeña y ordenada que me enseñaron a palmetazos en una escuela de Kingston cuando tenía seis años:

Antes de juzgar a alguien, entiende qué le pasó.

No les dije de quién era la frase. Nunca lo decía.

Fue al volverme hacia la pizarra cuando lo vi, reflejado en el cristal negro del ventanal, por encima de mi propio reflejo.

Primero me vi a mí, claro. Uno siempre se ve primero a sí mismo.

Un hombre alto que había empezado a encorvarse sin pedir permiso, negro, con el pelo muy corto y las sienes ya grises, la barba de tres días plateada en el mentón.

Un traje bueno, de los que me hacía en Briggate cuando todavía tenía a quién impresionar, que ahora brillaba en los codos como el lomo de un caballo viejo.

La corbata floja. Las gafas. Parecía exactamente lo que era: un profesor jubilado que no quería que nadie le preguntase nada.

Y detrás, en la última fila, bajo el fluorescente que se moría, estaba él.

Era mayor que los demás; rondaría la treintena.

Alto, desgarbado, con el pelo castaño revuelto por la lluvia y la cara salpicada de pecas, como si alguien le hubiera sacudido una brocha encima.

Llevaba un anorak azul marino empapado por encima de un traje gris barato, y unas zapatillas de deporte blancas con barro hasta los cordones.

No había tomado un solo apunte en hora y media.

Tenía un bolígrafo en la mano, eso sí, y le había mordido el capuchón hasta dejarlo plano como una moneda.

Y cada vez que la puerta del aula se abría, porque alguien llegaba tarde o salía a mear, giraba la cabeza hacia ella. No por curiosidad. Por reflejo.

Eso no se aprende en la universidad. Se aprende en los pasillos de una comisaría, donde la puerta que se abre puede traerte un café o un cadáver, y nunca sabes cuál de las dos cosas hasta que ya es tarde para elegir.

Supe que era policía antes de que abriera la boca. Lo que tardé mucho más en saber fue todo lo demás.

⁂

A las nueve en punto según mi reloj, y a las nueve y cuatro según el de la pared, cerré la carpeta de las transparencias.

—Para el jueves, capítulos seis y siete. Y quien venga a dormir, que se traiga almohada. Esas sillas son malísimas para las cervicales.

Hubo un par de risas, las justas, y luego el estruendo de siempre: sillas arrastradas sobre el linóleo, cremalleras, mecheros, alguien silbando una de Oasis en el pasillo antes incluso de haber salido.

El chico de la camiseta de Blur se despertó sobresaltado y miró a su alrededor con la cara de quien no sabe en qué década está.

En dos minutos el aula quedó vacía, con ese olor a gente que se acaba de ir.

Casi vacía.

En la primera fila, Hannah Lowe guardaba sus apuntes con el mismo cuidado con el que otros guardan las fotos de familia.

Era una chica pálida, de pelo muy liso y jerséis demasiado grandes, que siempre se sentaba sola y que era la única que me miraba a los ojos cuando hablaba de cadáveres.

No con morbo. Con atención. Hay muy poca gente que sepa mirar así.

—Buenas noches, profesor.

—Buenas noches, señorita Lowe. Abríguese.

Me dedicó una sonrisa rápida, tímida, y se fue. Hannah vuelve a aparecer en esta historia, aunque ella nunca llegó a saberlo. Hay personas que te dan la llave de algo y se marchan sin enterarse de que la llevaban encima.

Apagué el retroproyector. El ventilador siguió girando unos segundos, cada vez más despacio, con un quejido de animal cansado.

Enrollé el cable. Guardé la tiza en su cajita de cartón.

Doblé en cuatro el envoltorio del chicle que llevaba toda la clase mascando, un Wrigley’s de menta que hacía rato que no sabía a nada, y lo metí en el bolsillo de la chaqueta con los demás, que eran ya un pequeño cementerio de cuadraditos de papel plateado.

Hacía todo eso despacio, de espaldas al fondo del aula, porque sabía que él seguía allí, y porque había aprendido hacía mucho que la mejor forma de que alguien hable es no mirarle.

—¿Puede un hombre matar por amor?

Su voz rebotó en las paredes desnudas. Era más joven que su cara, una voz de chaval, con el acento cerrado de Leeds y un temblor muy leve al final, como el de quien se tira a una piscina sin saber si el agua está fría.

No me volví.

—Depende de lo que usted llame amor.

—No hablo de un arrebato. —Oí sus pasos bajando entre las filas, las zapatillas mojadas chirriando contra el suelo—.

No de un marido que pierde la cabeza un sábado por la noche y luego llora en comisaría.

Hablo de alguien que lo hace muchas veces.

Con cuidado. Con… mimo. Como si cada una fuera un regalo.

Como si cada una fuera un regalo.

Me quité las gafas.

No lo decidí. Las manos lo hicieron por su cuenta, igual que se quita uno el sombrero al entrar en una iglesia.

Doblé las patillas y las dejé sobre la mesa, junto a la carpeta, y al hacerlo noté algo que no notaba desde hacía años: un frío pequeño y limpio en la nuca, como una gota de agua que se cuela por el cuello de la camisa.

Lo reconocí enseguida. Era la parte de mí que llevaba cinco años durmiendo. Y acababa de abrir un ojo.

Me volví hacia él. Estaba a tres filas, con el bolígrafo mordido en la mano y el anorak goteando sobre los pupitres.

—Nadie mata por amor —dije—. Se mata por lo que uno cree que el amor le debe.

No se movió.

—El que mata una vez, en caliente, mata a una persona.

Al que mata muchas veces, con cuidado, como dice usted, las víctimas le dan igual.

No está enamorado de ellas. Está enamorado de una historia: una en la que él es el que más ha sufrido, el traicionado, el que lo dio todo y no recibió nada.

Y las mujeres que mata… —busqué la palabra— son actrices.

Las obliga a representar la misma escena una y otra vez, hasta que salga como él cree que tendría que haber salido la primera vez.

—¿Y sale alguna vez?

—Nunca. Por eso no para.

Lo dije sin pensar, como se dicen las cosas que uno lleva demasiado tiempo pensando. Durante un segundo, el fluorescente del fondo dejó de parpadear. Lo recuerdo porque fue el único momento de toda la noche en que el aula estuvo en silencio de verdad.

—¿Cómo se llama?

Tardó en contestar. Vi cómo tragaba saliva.

—Owen. Owen Hartley. —Se cambió el bolígrafo de mano—. Sargento Hartley. Homicidios.

Ahí estaba. Lo sabía desde el reflejo en la ventana, pero oírlo era distinto. Homicidios. La palabra me olió a café de máquina, a ceniceros llenos, al depósito a las seis de la mañana con su luz azulada y aquel silencio de nevera grande. Me olió a veintiséis años de mi vida.