El Cartero de Ballard CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Septiembre llegó con la recuperación firme de Pearl y con un cambio sutil en la relación entre Marlow y Dash, una sensación compartida de que el comentario de Pearl, lanzado casi como una broma desde la cama de convalecencia, había despertado algo que ambos llevaban tiempo pensando sin atreverse a verbalizarlo del todo.

Una tarde de mediados de mes, mientras paseaban junto al lago Union, viendo a los hidroaviones despegar y aterrizar sobre el agua con su zumbido característico, Dash rompió el silencio cómodo entre ellos con una pregunta directa.

—¿Alguna vez piensas en casarte? Quiero decir, en general, no como pregunta con segundas intenciones ahora mismo.

Marlow se rió, reconociendo el intento evidente de disimulo.

—Claro que con segundas intenciones. Pero sí, lo pienso. Sobre todo desde que tu abuela política autoproclamada nos puso fecha límite implícita.

—Pearl tiene una habilidad especial para meterse donde no la llaman.

—Eso es quedarse corto. —Marlow se detuvo junto a la orilla, mirando hacia el agua—.

Sí, pienso en casarme algún día. Crecí viendo el matrimonio de mis padres, que no fue perfecto, tuvieron sus broncas como cualquier pareja, pero era sólido.

Se elegían cada día, incluso en los momentos difíciles.

Eso es lo que quiero, si algún día me caso.

No la boda en sí, sino esa clase de elección constante.

—¿Y crees que podrías encontrar eso conmigo?

—Creo que ya lo he encontrado, Dash. Llevo meses encontrándolo, en realidad, solo que ninguno de los dos lo había dicho en voz alta con esas palabras concretas.

Dash le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos de esa forma que ya le resultaba tan familiar como respirar, y aunque no hubo anillo aquella tarde, ni una declaración formal con rodilla en el suelo, hubo algo igual de importante: la certeza compartida, dicha en voz alta por primera vez sin rodeos ni bromas de por medio, de que el matrimonio ya no era una posibilidad lejana sino un destino que ambos daban por hecho, solo cuestión de tiempo y del momento adecuado.

—Entonces no hace falta que te lo pregunte formalmente todavía —dijo Dash, con una sonrisa que escondía algo más, una promesa silenciosa de lo que vendría—. Pero que sepas que lo voy a hacer. Y cuando lo haga, quiero que sea perfecto, así que dame algo de tiempo para planearlo bien.

—No necesito perfecto. Solo te necesito a ti.

—Aun así. Dame tiempo.