CAPÍTULO 20
A finales de agosto, una crisis familiar inesperada puso a prueba todo lo construido entre ambos de una forma completamente distinta a la del año anterior.
Pearl sufrió una caída en el porche de la casa de Greenwood, fracturándose la cadera, y los días siguientes se convirtieron en una sucesión de hospitales, médicos y decisiones difíciles sobre los cuidados que necesitaría durante la recuperación.
Sunny, abrumada por la situación y por la culpa de no haber estado presente en el momento exacto de la caída, se desmoronó la segunda noche en el hospital, llorando en la sala de espera mientras Marlow intentaba sostenerla sin saber muy bien cómo.
—Debería haber estado más pendiente —repetía Sunny—. Lleva semanas un poco más despistada y no le di importancia.
—Mamá, no podías haberlo evitado. Las caídas pasan, sobre todo a su edad.
Dash, que había llegado al hospital directamente desde la oficina en cuanto recibió el mensaje de Marlow, se ocupó silenciosamente de los detalles prácticos que nadie más tenía cabeza para gestionar: habló con los administradores del hospital sobre el seguro de Pearl, organizó turnos para que alguien estuviera siempre acompañándola, y hasta consiguió, a través de un contacto de su padre, una cita más rápida con un especialista en rehabilitación geriátrica de lo que habría sido posible por los canales normales.
—No tenías que hacer todo esto —le dijo Marlow esa noche, ya en su apartamento, agotada después de tres días casi sin dormir.
—Claro que sí. Es tu familia, Marlow. Eso la convierte en mi prioridad también, no hace falta que lo discutamos cada vez.
—Pero es mucho. Llevas días resolviendo cosas que ni siquiera te he pedido.
—Porque vi que tú estabas demasiado ocupada sosteniendo a tu madre como para pensar en seguros médicos y turnos de hospital. Alguien tenía que ocuparse, y yo podía hacerlo, así que lo hice. No esperaba ningún agradecimiento especial por eso.
Marlow lo miró desde el sofá donde se había dejado caer, con los ojos llorosos de cansancio acumulado, y sintió una oleada de gratitud tan intensa que por un momento no pudo articular palabras.
—Te quiero muchísimo, ¿lo sabes?
—Lo sé. Yo también te quiero, aunque ahora mismo lo que más necesitas es dormir al menos seis horas seguidas.
Pearl, finalmente, salió del hospital diez días después, con una cadera nueva de titanio y un humor que no había perdido un ápice de su agudeza habitual, instalándose temporalmente en la habitación de invitados de Sunny para la rehabilitación, donde recibía las visitas de Dash con la misma exigencia de siempre, pidiéndole que le trajera el tipo concreto de galletas que solo vendían en una panadería específica de Ballard, alegando que las demás «sabían a cartón con azúcar».
—Cuando me recupere del todo —le dijo Pearl a Dash una tarde, mientras él le ajustaba las almohadas con un cuidado que sorprendió a Marlow, que observaba desde la puerta—, quiero bailar en tu boda.
Así que más vale que os deis prisa, porque a mis ochenta y cuatro años no pienso esperar eternamente a que os decidáis.
—Pearl —dijo Marlow, sonrojándose—, nadie ha hablado de bodas.
—Pues deberían. Lo veo en cómo os miráis. No hace falta ser detective para notarlo, aunque tú trabajes de eso a tu manera.