El Cartero de Ballard CAPÍTULO 19
79%

CAPÍTULO 19

El verano llegó a Seattle con esa breve ventana de sol intenso que la ciudad aprovechaba con un entusiasmo casi desesperado, como si todos supieran, en el fondo, que duraría poco antes de que volviera la lluvia habitual de octubre.

Dash, fiel a su decisión, rechazó formalmente el puesto en Boston, y aunque hubo un momento incómodo de adaptación en la oficina, donde algunos compañeros no entendían por qué alguien rechazaría una oportunidad así, Greer, sorprendentemente, fue la primera en apoyarlo.

—Hizo bien —le dijo a Dash una tarde, después de una reunión—.

Yo dejé pasar oportunidades parecidas por razones profesionales hace años, y todavía me pregunto qué habría pasado si hubiera elegido distinto.

No siempre el ascenso es la decisión correcta, aunque en este negocio nadie lo admita en voz alta.

En lugar del traslado, Dash propuso a la junta directiva crear, desde Seattle, un puesto nuevo de supervisión de cumplimiento normativo, una posición directamente relacionada con lo que había descubierto durante la investigación del año anterior, asegurándose de que ningún proveedor pudiera repetir lo que había hecho Foster Mercer sin que nadie lo notara a tiempo.

La junta, todavía agradecida por su papel en evitar un escándalo mayor, aceptó la propuesta sin demasiada resistencia.

Mientras tanto, Marlow había empezado a formar parte, casi sin darse cuenta, de la vida cotidiana de la familia de Dash, igual que él se había integrado en la suya.

Wren la llamaba regularmente desde Portland para pedirle consejo sobre regalos para Dash, alegando que Marlow conocía mejor que nadie sus gustos actuales, y Holt había empezado a invitarla a las cenas familiares sin necesidad de que Dash mediara, tratándola ya como parte fija del paisaje doméstico.

Una tarde de julio, mientras ayudaba a Holt a reparar una valla del jardín trasero, una tarea que Dash había estado postergando durante meses, Marlow encontró al hombre mayor más hablador de lo habitual, quizás por el esfuerzo físico compartido o por la ausencia de Dash, que había ido a comprar más tornillos a la ferretería.

—Mi mujer habría adorado verte aquí —dijo Holt, sin mirarla directamente, concentrado en alinear una tabla de madera—. Tenía un sentido del humor parecido al tuyo. Directo, sin rodeos. Dash se parece más a ella de lo que él mismo cree.

—Lo siento mucho, lo de su esposa. Dash me contó lo rápido que pasó todo.

—Demasiado rápido. Cinco meses entre el diagnóstico y el final.

Una se acostumbra, con el tiempo, a vivir con ese tipo de pérdida, pero nunca termina de sentirse del todo justo.

—Holt clavó otro tornillo con un golpe seco antes de continuar—.

Por eso me alegra ver a Dash así, contigo.

Después de que ella murió, pasó años evitando comprometerse con nada que pudiera perderse.

Trabajos seguros, relaciones cortas, nada que doliera demasiado si se rompía.

Contigo es distinto. Te ha dejado entrar de verdad, y eso, en mi experiencia, no es algo que ese chico haga con facilidad.

Marlow no supo qué responder de inmediato, conmovida por la franqueza poco habitual de Holt, así que simplemente asintió, sosteniendo la tabla mientras él terminaba de fijarla, sintiendo que aquella conversación, breve y sin grandes declaraciones, había sido una de las formas más sinceras de aprobación que había recibido jamás.