CAPÍTULO 18
Las dos semanas siguientes transcurrieron con una tensión contenida que ninguno de los dos sabía cómo nombrar del todo.
Marlow se refugió en su rutina habitual, cronometrando su ruta con la misma precisión de siempre, pero con la mente puesta constantemente en mapas mentales de una ciudad que apenas conocía, calculando distancias y posibilidades que la asustaban más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.
Fue Birdie quien, durante una cena improvisada en su apartamento de Fremont, le obligó a poner en palabras lo que llevaba días dándole vueltas sin compartir con nadie.
—¿Qué es exactamente lo que te asusta? —preguntó Birdie, sirviéndole más vino del que Marlow había pedido—. ¿Boston, o la idea de construir una vida distinta a la que siempre imaginaste?
—No lo sé. Las dos cosas, supongo. Llevo toda la vida en Seattle. Mi familia está aquí, mi trabajo está aquí, hasta mis plantas, que ya es decir poco porque no sé mantener ni una con vida, están acostumbradas a esta humedad concreta.
—Las plantas se pueden mudar, Marlow.
—No estoy hablando solo de las plantas.
Birdie dejó la copa sobre la mesa, mirándola con esa seriedad ocasional que reservaba para los momentos importantes, dejando de lado el humor habitual entre ambas.
—¿Lo quieres?
—Sabes que sí.
—Entonces la pregunta no es si te asusta Boston. La pregunta es si te asusta más perderlo a él por no intentarlo, o construir algo nuevo lejos de lo conocido. Porque las dos cosas dan miedo, cariño, pero solo una de ellas te deja con él al final.
Marlow no respondió de inmediato, dándole vueltas al vino en la copa, pensando en su padre, en cómo él siempre había hablado de la importancia de la estabilidad, de no arriesgar lo seguro por lo incierto, y en cómo esa misma filosofía la había llevado a un trabajo que amaba pero que también, en cierto modo, había elegido por miedo a lo desconocido más que por verdadera vocación.
Dash, por su parte, pasó esas dos semanas investigando en silencio, sin contárselo a Marlow todavía, las posibilidades reales de transferir el correo postal entre estados, las rutas de carteros en Boston, los requisitos de traslado dentro del Servicio Postal, descubriendo con alivio que existía un proceso formal para ello, aunque no garantizado ni inmediato.
La noche antes de la fecha límite para responder a la junta directiva, Dash llegó al apartamento de Marlow con dos cafés que en realidad eran tés, porque ya hacía tiempo que había dejado de fingir que le gustaba el café, y se sentó frente a ella en el sofá con una expresión decidida que ella reconoció de inmediato.
—He decidido rechazar el ascenso —dijo, antes de que ella pudiera preguntar nada.
—Dash...
—Déjame terminar. No lo rechazo por miedo, ni por resentimiento, ni porque crea que es lo correcto sacrificarme por ti.
Lo rechazo porque he pasado dos semanas pensando en qué clase de vida quiero construir, y la respuesta, una y otra vez, ha sido la misma: la quiero contigo, en Seattle, cerca de tu madre y de tu abuela, en este barrio donde conoces el nombre de cada vecino.
Boston me daría un buen puesto. Pero esto, lo que tenemos aquí, no es algo que vaya a encontrar dos veces.
Marlow sintió que se le formaba un nudo en la garganta, esta vez de un tipo completamente distinto al que había sentido en su ruta tantas veces frente a las casas de su barrio.
—No quiero que renuncies a algo importante por mí, Dash. Si de verdad lo querías...
—Lo quería, sí. Pero quiero esto más. Y antes de que digas que no es justo que decida por mí mismo sin contar contigo: ya he pensado en eso también.
He estado investigando si el Servicio Postal tiene rutas disponibles en otros estados, por si en algún momento futuro tú decides que quieres explorar algo distinto, en cualquier dirección, no necesariamente Boston.
Quiero que sepas que estoy dispuesto a construir esto contigo de la forma que sea, no solo en una dirección.
—¿Investigaste mi trabajo sin decírmelo?
—Sí, lo siento, debería habértelo contado antes. Pero quería tener algo concreto que ofrecerte, no solo palabras bonitas sobre el futuro.
Marlow lo besó antes de que pudiera seguir disculpándose, un beso que llevaba dentro todo el alivio de las últimas dos semanas y la certeza renovada de que aquello, fuera cual fuera la forma exacta que tomara, merecía la pena construirlo juntos.