CAPÍTULO 16
La noticia del escándalo en Gilded Bloom Cosmetics salió en la prensa local dos semanas después, bajo titulares que hablaban de fraude interno y de un conservante no autorizado, aunque, para alivio de Dash, ningún artículo mencionaba su nombre directamente, solo se referían a «un empleado de Operaciones cuyas observaciones iniciaron la investigación interna».
Foster Mercer fue despedido y, según se supo más tarde por canales internos, enfrentaba ya una investigación criminal por fraude y distribución no autorizada de sustancias reguladas.
Greer, por su parte, recibió una amonestación formal y la pérdida de ciertas responsabilidades, pero conservó su puesto, y se presentó en el escritorio de Dash una mañana de abril con una disculpa que, según le contó él mismo a Marlow esa noche, fue incómoda pero sincera.
—Dijo que tenía miedo de que la investigación manchara su reputación justo antes del lanzamiento más importante del año, y que tomó una decisión egoísta sin pensar en las consecuencias para la gente que pudiera usar esos productos. Creo que de verdad se arrepiente.
—¿La perdonas?
—No sé si es cuestión de perdonarla. Entiendo el miedo que sintió, aunque no estoy de acuerdo con cómo actuó. Vamos a tener que seguir trabajando juntos, así que prefiero construir algo razonable a partir de ahora en lugar de quedarme atascado en lo que pasó.
La vida, poco a poco, fue recuperando su ritmo habitual: las cenas de los miércoles, los paseos de los sábados, las llamadas a deshora hablando de nada en particular.
Pero algo había cambiado entre ellos durante esos meses de incertidumbre, una solidez nueva que ninguno de los dos habría sabido nombrar con precisión pero que ambos sentían con la misma claridad con que se siente el sol después de semanas de lluvia ininterrumpida.
Una tarde de finales de abril, mientras Marlow terminaba su ruta y se acercaba al edificio de la calle 22 por pura costumbre, aunque ya no hubiera ningún paquete mal dirigido que justificara la parada, encontró a Dash esperándola fuera, con las manos en los bolsillos y una expresión pensativa que ella ya conocía bien.
—¿Todo bien? —preguntó, deteniendo el carrito junto a él.
—Todo bien. Mejor que bien, en realidad. Estaba pensando en algo.
—¿En qué?
—En que llevamos seis meses juntos y todavía no hemos hablado en serio de qué va a pasar después. De si esto sigue siendo «de momento» o si es algo con un plan detrás.
Marlow sintió una punzada de nervios en el estómago, no por miedo a la conversación en sí, sino por la importancia evidente que Dash le estaba dando, ahí mismo, en plena acera, con el carrito de correo todavía entre ellos como una barrera absurda.
—¿Y tú qué quieres que sea?
—Quiero que sea algo con plan —dijo Dash, sin titubear—.
Quiero seguir despertándome a tu lado los fines de semana, quiero seguir aprendiendo a cocinar cosas que no sean risotto, quiero conocer mejor a tu madre y a tu abuela, y quiero que tú sigas conociendo a la mía, aunque solo sea a través de las historias que cuenta mi padre.
Quiero esto en serio, Marlow. No sé exactamente qué forma tiene «en serio» todavía, pero sé que quiero construirla contigo.
Marlow rodeó el carrito, dejándolo abandonado a un lado de la acera por primera vez en seis años de carrera profesional, y lo besó allí mismo, frente al edificio donde todo había empezado con una dirección mal escrita en una etiqueta de envío.
—Yo también quiero esto en serio —dijo, contra sus labios—. Aunque tengas que aprender a encender una chimenea sin fallar dos veces antes de conseguirlo.
—Eso fue un incidente aislado.
—Fue adorable, eso fue lo que fue.