CAPÍTULO 15
La vuelta a Seattle trajo consigo, apenas tres días después, una llamada de Indira Vance que rompió de golpe la calma que la escapada les había dado. Dash respondió desde su escritorio, con la voz de la auditora más tensa de lo habitual.
—Necesito que venga a mi oficina esta tarde.
Hemos confirmado las irregularidades. Foster Mercer ha estado desviando parte del conservante regulado a un comprador externo, un laboratorio de productos no certificados, y sustituyéndolo en la fórmula de las cremas con un compuesto similar pero no aprobado para uso cosmético en las concentraciones que estaban usando.
Ha estado pasando desde hace al menos ocho meses.
—¿Y Greer?
—Greer no estaba implicada directamente, pero sospechaba algo y, en lugar de investigar a fondo, decidió apartarlo a usted del proyecto para evitar que la situación se complicara antes del lanzamiento de primavera, con la idea, equivocada, de resolverlo internamente sin escándalo.
Ha cometido un error de juicio grave, pero no es la responsable principal.
Dash se quedó en silencio un momento, asimilando la magnitud de lo que acababa de escuchar, el alivio de tener confirmación mezclado con una sensación incómoda de vértigo ante lo que vendría después.
—¿Qué pasa ahora?
—La junta directiva ha sido informada esta mañana.
Mercer será despedido de forma inmediata y es probable que se presenten cargos, dado que lo que ha hecho constituye fraude y, potencialmente, pone en riesgo la salud de los consumidores.
La línea de primavera completa va a ser retirada antes del lanzamiento, reformulada y vuelta a probar desde cero.
Va a costarle mucho dinero a la empresa, y es probable que haya consecuencias en la prensa cuando esto se sepa, porque se sabrá, antes o después.
—¿Y mi puesto?
—Su puesto está a salvo. De hecho, la junta quiere reunirse con usted personalmente para agradecerle haber insistido en algo que la mayoría de empleados habría dejado pasar después de ser apartados como usted lo fue.
No suele ser habitual encontrar a alguien dispuesto a sostener una sospecha incómoda durante meses sin beneficio personal directo.
Esa noche, Dash llegó al apartamento de Marlow con una expresión que mezclaba alivio y agotamiento a partes iguales, y ella lo recibió con un abrazo que duró más de lo habitual, sintiendo cómo la tensión que llevaba meses acumulada en sus hombros empezaba, por fin, a aflojarse.
—Se acabó —dijo Dash, con la cara hundida en su pelo—. O al menos, la parte que me tocaba a mí se acabó.
—Estoy tan orgullosa de ti que no sé ni por dónde empezar a decírtelo.
—No hice nada extraordinario. Solo hice preguntas que nadie quería responder.
—Eso es exactamente lo extraordinario, Dash. La mayoría de la gente deja de hacer preguntas en cuanto resulta incómodo seguir haciéndolas.