CAPÍTULO 14
A pesar de la tensión que la investigación había instalado entre ellos como un peso silencioso, marzo trajo también momentos de una normalidad que ambos agradecieron, como si necesitaran esos respiros para sostener todo lo demás.
Uno de esos momentos llegó un sábado por la tarde, cuando Dash propuso una escapada de fin de semana a las Islas San Juan, alegando que necesitaban desconectar del teléfono, de Gilded Bloom y de Indira Vance durante al menos cuarenta y ocho horas.
Alquilaron una pequeña cabaña de madera con vistas al estrecho, a las afueras de Friday Harbor, con una chimenea de leña que Dash insistió en encender él mismo, fallando dos veces antes de conseguirlo, para deleite de Marlow, que se rió de él sin disimulo desde el sofá mientras lo observaba.
—Pensaba que el hombre de los risottos perfectos sabría encender un fuego sin dificultad.
—El fuego y el risotto son disciplinas completamente distintas. No me juzgues.
Pasaron el sábado caminando por la costa rocosa, buscando orcas que nunca aparecieron aunque Marlow juraba haber visto una aleta a lo lejos, probablemente la de un simple tronco flotante, según Dash, que se negaba a admitir que ella pudiera tener razón sin más pruebas.
Cenaron en un pequeño restaurante de pescado del pueblo, compartiendo una botella de vino blanco frío que combinaba bien con el frío del aire marino, y volvieron a la cabaña ya entrada la noche, con las mejillas todavía sonrosadas por el viento.
El fuego, esta vez encendido con éxito desde temprano, llenaba la habitación de una luz anaranjada y cálida que se reflejaba en las paredes de madera oscura.
Marlow se sentó en la alfombra frente a la chimenea, con una manta sobre los hombros, y Dash se acomodó detrás de ella, rodeándola con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.
—Gracias por esto —dijo Marlow, recostándose contra su pecho—. Llevaba semanas sin sentirme tan tranquila.
—Yo también lo necesitaba. A veces se me olvida que existe un mundo fuera de hojas de cálculo y reuniones tensas.
Ella giró la cabeza para mirarlo, y el beso que siguió no tuvo nada de la timidez de los primeros besos del porche de Holt; fue lento, profundo, cargado de la confianza que solo da el tiempo compartido, las manos de Dash deslizándose bajo la manta para encontrar la piel cálida de su cintura.
Se levantaron sin prisa, dejando que el fuego siguiera ardiendo solo en la chimenea, y la cabaña pequeña los acogió en su único dormitorio, donde la ventana dejaba entrar el sonido distante del oleaje rompiendo contra las rocas.
La puerta no llegó a cerrarse del todo esta vez, mecida apenas por la corriente de aire que entraba desde la sala, pero nadie estaba allí para notarlo.
Lo que quedó de la noche perteneció solo a ellos: el roce de las sábanas frías que pronto dejaron de estarlo, las palabras susurradas entre risas bajas y silencios largos, y la certeza compartida, sin necesidad de decirla en voz alta, de que aquello —esa cabaña, ese fuego, esa isla entera rodeada de agua oscura— se había convertido en uno de esos lugares que ambos recordarían durante años como el sitio donde algo importante había terminado de afianzarse entre ellos.
A la mañana siguiente, Marlow despertó primero, con la luz gris del amanecer filtrándose por la ventana y el brazo de Dash todavía cruzado sobre su cintura, y se quedó un buen rato sin moverse, simplemente respirando el silencio de la cabaña y la certeza tranquila de estar exactamente donde quería estar.